La insociable sociabilidad felina

Domesticación sin sumisión, discapacidad y adaptación en el parentesco multiespecie

Por Verónica Antonelli y Marina Melantoni

Introducción: la expansión interespecie de la familia

El animal nos mira, nos concierne

y nosotros estamos desnudos ante él.

Y pensar comienza quizás ahí.

J. Derrida – El animal que (luego) estoy siguiendo.1

Primero, una observación: es difícil ignorar cómo las transformaciones contemporáneas de la vida doméstica están erosionando la definición clásica de familia como unidad exclusivamente humana. Para empezar, en los últimos años, el concepto de familia viene mutando debido a la visibilización de la heterogeneidad de sus modalidades.2 Hoy día, la creciente relevancia que se les otorga a los llamados animales de compañía evidencia que el hogar se configura en realidad como un espacio relacional donde múltiples especies participamos en la producción de vínculos, afectos y rutinas. Justamente, es la noción de familia multiespecie la que revela este fenómeno, porque desplaza el foco de la reproducción biológica hacia las prácticas de cuidado y convivencia.

¿Quién no recuerda las agudas elucubraciones de Jacques Derrida al respecto? En El animal que (luego) estoy siguiendo, famosa conferencia del año 2008, relata el encuentro con su gato apenas ha salido de la ducha, y reflexiona:

A menudo me pregunto, para ver, quién soy; y quién soy en el momento en que, sorprendido desnudo, en silencio, por la mirada de un animal, por ejemplo, los ojos de un gato, tengo dificultad, sí, dificultad en superar una incomodidad. / Es como si yo sintiera vergüenza, entonces, desnudo delante del gato, pero también sintiera vergüenza de tener vergüenza.3

No es casual que Derrida venga a nuestra mente, pues describe una situación en la que cualquiera que convive o convivió con otro animal se ha encontrado alguna vez. Sin embargo, el protagonista no es cualquier otro animal, el gato no es cualquier conviviente. El del gato doméstico es un caso particularmente revelador por su marcada ambivalencia entre autonomía y proximidad afectiva, característica que lo convierte en un modelo privilegiado para examinar la forma en que se negocian las fronteras entre la naturaleza y la cultura, incluso dentro del propio hogar. 

Genealogías teóricas de la familia multiespecie

Consideramos que el parentesco no es una categoría rígida basada en lo consanguíneo: es una actividad. En efecto, los estudios actuales respecto del parentesco4 refuerzan la idea de que los lazos familiares se producen a través de prácticas cotidianas de atención y cohabitación. Estas perspectivas subrayan el carácter relacional del parentesco, forzando una reformulación de la definición misma del concepto de “familia”, una reformulación que se origina en la inclusión de animales de otras especies como participantes activos en las redes vinculares.

En paralelo, los esfuerzos sostenidos de los Estudios Críticos Animales por descentralizar al ser humano y arrancarlo de la cima de la escala jerárquica de la vida, al proponer que los demás animales influyen en nuestra organización social, invitan a pensar que la domesticación -entendida en este sentido- es en realidad un proceso de coevolución en el que comportamientos y entornos se moldean recíprocamente. Esto revela cómo la ética opera sobre la frontera humano-animal, lo que nuevamente nos trae las palabras de Derrida a la mente, cuando observa que

El animal está ahí antes que yo, ahí a mi lado, ahí delante de mí -de mí, que estoy si(gui)endo tras él-. Y así pues, también, puesto que está antes que yo, helo aquí detrás de mí. Me rodea. Y desde este ser-ahí-delante-de-mí se puede dejar mirar, sin duda, pero -la filosofía lo olvida quizás, ella sería incluso este olvido calculado- también puede mirarme. Tiene su punto de vista sobre mí. El punto de vista del otro absoluto y esta alteridad absoluta del vecino o del prójimo nunca me habrá dado tanto que pensar como en los momentos en que me veo desnudo bajo la mirada de un gato.5

Sin lugar a dudas, la reflexión filosófica sobre la animalidad ha problematizado -y, por fortuna, continúa problematizando- las jerarquías entre especies recién mencionadas. En esta línea identificamos de qué manera Derrida subraya la dimensión ética del encuentro: puntualmente, en lo que concierne a la vulnerabilidad, la responsabilidad y la autocrítica. Siguiendo sus pasos, nos dedicaremos a continuación a reflexionar sobre nuestros convivientes, los gatos.

Breve historia relacional de la domesticación felina

De modo resumido, la domesticación del gato se sitúa en los primeros contextos agrícolas del Cercano Oriente, donde la acumulación de granos generó nichos ecológicos favorables para pequeños felinos cazadores de roedores. De modo singular, la estrecha proximidad entre humanxs y gatos surgió de la obtención de beneficios mutuos, hecho que, como adelantamos, ha llevado a describir el proceso como una suerte de auto-domesticación o domesticación recíproca entre especies. Lo cierto es que la historia refuerza la idea de que el vínculo con los felinos se caracteriza más por la negociación y la coexistencia que por la subordinación. 

¿Acaso alguien podría negar, conviviendo con un gato, que el último es el verdadero amo de la casa, que exige más que solicita, que muchas veces parecería considerar que somos propiedad suya, que nos expresa clara e insistentemente sus necesidades y sus opiniones, de múltiples maneras, tanto acerca de lo que le agrada como de lo que no? En fin, que “entiende todo pero hace lo que quiere”, aunque en ese entender todo, también nos entiende, a veces mejor que nadie.

El pelaje como archivo biocultural

El pelaje de los gatos constituye un punto de entrada privilegiado para analizar la cuestión de la domesticación felina, porque articula dimensiones biológicas, sensoriales y simbólicas. La amplia diversidad de colores, patrones y longitudes de pelo refleja procesos de selección asociados tanto a la convivencia con humanxs como a preferencias estéticas. Esta variabilidad contrasta con la relativa uniformidad del pelaje de los felinos salvajes y evidencia la plasticidad fenotípica de la especie en contextos domésticos. Sin ir más lejos, algunos estudios sugieren que cambios en la pigmentación y la textura pueden correlacionarse con modificaciones conductuales vinculadas a la sociabilidad, lo que se suele denominar “síndrome de la domesticación”.6 Aunque debatida, esta hipótesis nos insta a pensar la domesticación como un proceso que integra cuerpo y conducta.

Y es en este sentido que la sensorialidad y el afecto cobran relevancia, porque el pelaje funciona como interfaz sensorial fundamental: actividades como acariciar, cepillar y cuidar el pelo materializan el vínculo interespecie y convierten al tacto en un lenguaje de reconocimiento y protección cotidianas.

Prácticas de parentesco humano-felino

La incorporación del gato a la familia se expresa en múltiples prácticas que van desde la asignación de un nombre e identidad biográfica, hasta la participación en rutinas domésticas, pasando por los cuidados médicos complejos e incluso los rituales de duelo. Por ejemplo, conservar las cenizas de los fallecidos o tener una veterinaria de cabecera con la que sabemos que se sienten a gusto y son comprendidos, pasando por los premios alimentarios, los permisos (de meterse dentro del placard y dormir sobre nuestra ropa, de rascar alguna puerta a las cuatro de la mañana, de llamarnos a los maullidos pelados para que salgamos al balcón a disfrutar del sol en su compañía) y toda cumplimentación de algún capricho gatuno imaginable. 

Estas prácticas evidencian que el parentesco se construye mediante la configuración de formas de filiación electiva donde el felino es reconocido, básicamente, como sujeto social.

Cuidado, discapacidad y ética interespecie

Pero nuestro deseo es dedicarle especial atención a una realidad concreta: la de la presencia de gatos con discapacidades físicas o sensoriales, porque revela de manera especialmente potente el carácter vincular de la familia multiespecie.

Desde el punto de vista relacional, la discapacidad no se limita al cuerpo de animal alguno, no es algo que esté en el cuerpo, sino que emerge de la interacción con el entorno. Adaptaciones espaciales, tecnologías de asistencia y reorganización de rutinas revelan cómo el hogar se transforma entonces para sostener o mejorar la vida del gato. Esto significa que el cuidado de un gato discapacitado resulta sin duda más demandante, dado que muchas veces implica prácticas como alimentación asistida, fisioterapia o tratamientos prolongados, intensificando la dimensión parental del vínculo y reforzando su centralidad en la familia. De manera que tales escenarios muestran que la dependencia no es una excepción sino una condición transversal de la vida doméstica, y que la convivencia con un animal con necesidades especiales puede ampliar la comprensión ética de la interdependencia.

De modo que las historias familiares sobre gatos discapacitados suelen enfatizar narrativas de resiliencia y especificidad, integrando la discapacidad como parte del ritmo de un hogar, así como de la identidad del animal, y consolidando su estatus como miembro pleno del grupo. 

Economía moral y material del cuidado

Pero la familia multiespecie demanda que existan circuitos específicos de recursos y decisiones: alimentación especial, atención veterinaria y adecuaciones del hogar revelan cómo el cuidado animal forma parte de economías afectivas y materiales que muchas veces reflejan desigualdades sociales y económicas. Al analizar estas dimensiones, deseamos situar el vínculo humano-felino dentro de condiciones concretas y evitar visiones idealizadas. Porque también existen tensiones y ambivalencias: a pesar de la profundidad afectiva de los vínculos, persisten asimetrías estructurales fundadas en que lxs humanxs controlamos la reproducción, la movilidad y las condiciones de vida del gato. Algo que también sucede, en mayor o menor medida, con integrantes humanxs de la familia que poseen discapacidades.

Sin embargo, el caso del felino es particular, porque muestra que la domesticación no elimina el conflicto, sino que lo inscribe en formas cotidianas de negociación donde autonomía y dependencia coexisten. Lejos de querer romantizar mediante un reduccionismo y colocar en una misma bolsa un sinfín de situaciones heterogéneas con sus particularidades, nos interesa pensar la forma en que a nosotrxs, humanxs, nos transforma la convivencia con un gato discapacitado dentro de la familia. Pero, ¿a qué nos referimos exactamente cuando hablamos de “familia”?

Responsabilidad más allá de la especie

Observamos que la responsabilidad sobre el cuidado de los llamados animales de compañía nos pone frente a una pregunta problemática en cuanto a la humanidad que nos caracteriza como “seres racionales”, cuando tenemos que tomar ciertas decisiones respecto de su salud, sus capacidades y lo que les conviene. Decisiones que muchas veces forman parte del ámbito de las convenciones prácticas, generadas a partir del hábito: así como existe un lugar de la casa para comer o dormir, también hay rutinas terapéuticas a las que se debe acostumbrar a un gato discapacitado. 

El vínculo de protección y responsabilidad que es necesario construir para lograr una confianza “parental” nos pone frente a una doble cuestión del orden ético-práctico: en primer lugar, ¿cómo establecemos que una rutina es beneficiosa para su salud? En segundo lugar, es importante considerar que se trata de una convención donde no median palabras y sobre la que es necesario tener siempre presente que no será recíproca; que a fines prácticos nunca podrá serlo y, en ese sentido, el vínculo establecido siempre nos posicionará jerárquicamente, tomando decisiones, estableciendo rutinas (a menudo haciendo lo que otro animal jamás haría), fijando sus períodos vitales, administrándoles fármacon.7 Las condiciones de vida de un gato enfermo nos sitúan ante la pregunta sobre el límite entre la responsabilidad de la acción humana y la decisión vital del felino, donde lo que está en juego siempre es el cuerpo de alguien que no se expresa con palabras. En ese sentido, considerar sus intereses y necesidades como si se tratara de un adulto (y no necesariamente un infante) que puede decidir sobre su corporalidad, es una postura ética: deseamos cuidar aunque a veces no sepamos cómo hacerlo de manera respetuosa.

Pero incluso antes de pensar sobre esta cuestión, deberíamos preguntarnos por el lazo que establecemos con ellos a fuerza de haber roto desde siempre sus parentescos biológicos. Porque, en realidad, los gatos, así como los perros y otros animales “de compañía”, tuvieron una familia propia previamente y, desde el momento en que comenzaron a convivir con nosotrxs, la perdieron. Aunque muchas veces somos quienes rescatamos, mantenemos con vida y brindamos un hogar, también muchas veces somos quienes, a razón de diversas circunstancias y por múltiples factores, los separamos de sus pares, incluso para preservarlos de un entorno que es cada vez más hostil con ellos (como con todos los demás animales) pero -no lo olvidemos- también a causa de nuestras acciones. En este sentido, siguiendo a Donna Haraway8, podríamos entonces preguntarnos, no cómo es que llegamos a esta situación de domesticación que está lejos de ser justa, sino qué hacemos con la responsabilidad que nos toca asumir en la asimetría en la que nos encontramos. Porque desde aquella decisión originaria, las posteriores decisiones (y posibles desidias) sobre sus vidas son efectuadas por nosotrxs, los animales humanos.

Para nuestra cultura capacitista, en el cachorro humano habita una vulnerabilidad de la que nos “emancipamos” al llegar a la edad adulta, pero no podemos decir que ocurra lo mismo con los demás animales. Entonces llegamos a una encrucijada: ¿qué parentesco construimos con ellxs? ¿Es lo mismo adoptar que comprar un animal de compañía? ¿Podemos decir que les garantizamos un destino digno al hacerlo? ¿Sólo los animales de compañía tienen familia? ¿Los animales que habitan los zoológicos no tienen familia y estructura social? ¿Y los animales de criadero? Y los nacidos y criados en laboratorios, ¿podrán acaso considerar a lxs científicxs que trabajan con ellos su familia? ¿Qué sería necesario añadir a la definición de “familia” que desde el comienzo de nuestra indagación venimos analizando, para considerar que lo son? Las vacas, ¿tienen “hijos” a lxs que paren? ¿Y las cerdas? ¿Qué hace falta para entender un vínculo como filial? En fin, ¿qué es la familia para lxs animales humanxs? ¿Será lo mismo para cada uno de nosotrxs? 

Parentesco interespecie

Donna Haraway propone caracterizar al animal de compañía a partir de un término que surge durante la posguerra civil estadounidense, un cruce entre “la experiencia tecnocientífica y las prácticas tardoindustriales de cuidado de mascotas”9. En pocas palabras, se trata del animal que no nos comeremos (ni nos comerá). Y consideramos que esta delimitación del concepto nos enfrenta con la pregunta fundamental: indagando sobre qué animales podrían ser considerados “mascotas”, qué animales son “de consumo”, qué animales “de laboratorio”, llegamos a tener que considerar qué es, para nosotrxs lxs humanxs en general, un animal. Porque no deseamos resignarnos a pensar que la especie es, desde hace mucho, la categorización material a la que cada una de las vidas singulares está sometida, sino que nos preguntamos cómo actuar frente a la responsabilidad que tenemos ante cada una de esas vidas. ¿Son parte de nuestra familia? ¿Por qué algunos miembros de ciertas especies pueden volverse parientes y a otros, en cambio, los convertimos en alimento, prendas de vestir, los sometemos a que nos entretengan o experimentamos con ellos? ¿Quién llora las muertes de esos otros animales? ¿Son acaso capaces de morir o es un “privilegio” de las especies de compañía? ¿De quién depende que la vaca esclavizada en una granja industrial muera? ¿Del frigorífico, del matarife, del mercado, del consumidor, de quién la considera ya como un cadáver? ¿Un corte de carne es un trozo de cadáver? Definitivamente. Aquí no hay ambigüedad.

Nos interesa pensar qué sentido pueden tener estas preguntas en un país como Argentina hoy (y siempre), donde casi la mitad de la población vive por debajo de la línea de pobreza, y pensar qué comer o de dónde proviene la comida parece ser una posibilidad de cada vez menos gente. Pero debemos resaltar que el alimento destinado a los animales que se utilizan para producción intensiva está tomando cada vez más territorios en nuestro país: sin ir más lejos, el de los monocultivos es uno de los mercados que más dependencia genera para las economías regionales y que más arrasa con la fertilidad de la tierra, la salud de las poblaciones y la supervivencia de los ecosistemas. Quizás la pregunta más urgente para quienes todavía podemos preguntarnos por lo que comemos sea de dónde proviene exactamente, es decir, qué intereses fortalece, qué producción fomenta, qué economías sustenta, qué poderes naturaliza. 

Conclusiones: hacia una convivencia interespecie que enriquece nuestras vidas

Para concluir, sostenemos que el análisis de la domesticación felina nos ha permitido entender el concepto de la familia multiespecie como una configuración social donde la vida cotidiana se organiza a partir de relaciones de interdependencia. En concreto, a través del cuidado de gatos con discapacidad, estas relaciones, lejos de resultar negativas (incluso con sus momentos de angustia y agobio, que también existen), nos permiten descubrir cómo la condición de domesticidad funciona como una infraestructura de sostén vital basada en la vulnerabilidad compartida. En otras palabras, nos permite descubrirnos en nuestro parentesco responsable, amoroso y horizontal, dejando en evidencia la materialidad sensorial del vínculo que establecemos cada vez que pasamos los dedos por un suave pelaje, único y singular.

De este modo, lejos de ser una mera ampliación metafórica del concepto de “familia”, la convivencia humano-felina señala una transformación profunda: la emergencia de lazos centrados en la protección, la co-presencia y la negociación continua entre formas de vida heterogéneas (formas de vida, como todas, que merecen respeto absoluto a su integridad). Una transformación verdaderamente profunda porque, a fin de cuentas, no seríamos las que somos sin nuestros gatos, que jamás se someterán a humanx algunx, logrando, por este motivo, que seamos mucho más que lo que seríamos sin ellos.

NOTAS

1. Derrida, J. (2008). El animal que (luego) estoy siguiendo (C. de Peretti, Trad.). Trotta. P. 45.

2. “Familias: la mía, la tuya, la de los demás”, de Graciela Repún y Elena Hadida (con ilustraciones de Viviana Garófoli) es un libro infantil publicado por Planeta Infantil en el año 2000 que recorre, a través de las vivencias y juegos de dos niñxs llamados Marina y Julián, la diversidad de los modelos familiares. A partir de situaciones cotidianas y símbolos lúdicos, muestra distintas conformaciones (nucleares, extensas, monoparentales, adoptivas, con xadres separados, etcétera) y subraya que lo esencial de una familia es el cariño, la cooperación y la convivencia entre sus integrantes.

3. Derrida, J. Op. Cit. P. 18.

4. En su obra del año 2000, “Cultures of Relatedness: New Approaches to the Study of Kinship” (Cambridge University Press), Janet Carsten propone el concepto de relatedness, que entiende al parentesco como construido a través de prácticas sociales cotidianas y relaciones vividas, más allá de la biología. En su artículo de 1995, “The Substance of Kinship and the Heat of the Hearth: Feeding, Personhood, and Relatedness among Malays in Pulau Langkawi”, la autora muestra cómo prácticas como alimentar, convivir y compartir la casa producen parentesco. Otras referencias relevantes son “Kinning: The Creation of Life Trajectories in Transnational Adoptive Families” (Journal of the Royal Anthropological Institute, 2003), de Signe Howell. Aquí, el concepto de “kinning” describe el proceso mediante el cual las relaciones se convierten en parentesco a través de prácticas sociales y afectivas. Y el de Kath Weston, “Families We Choose: Lesbians, Gays, Kinship” (Columbia University Press, 1991), -en que muestra cómo los vínculos familiares se dan mediante cuidado y convivencia, incluso sin lazos biológicos.

5. Derrida, J. (2008). Op. Cit. P. 26.

6. El concepto de “síndrome de la domesticación” puede rastrearse hasta los escritos de Charles Darwin. Puede verse, en este sentido: “The Variation of Animals and Plants under Domestication”, de John Murray (Londres, 1868). Sin embargo, fue popularizado por el genetista ruso Dmitry Belyaev, famoso por su experimento con zorros rojos en la Unión Soviética, cuyas conclusiones son las siguientes: cuando seleccionamos animales por docilidad o mansedumbre, muchas especies desarrollan rasgos similares, tanto de comportamiento (menos agresividad hacia humanxs, mayor sociabilidad, más tolerancia al contacto, conductas juveniles prolongadas como jugar o buscar atención), como rasgos físicos (orejas caídas, colas enrolladas, manchas blancas en el pelaje, hocicos más cortos, dientes más pequeños, cerebro ligeramente más pequeño); pasa con perros, gatos, chanchos y conejos. La hipótesis actual viene de la mano de la biología: muchxs científicxs creen que el síndrome está relacionado con cambios en las células de la cresta neural, que influyen en la pigmentación, el desarrollo facial, el sistema nervioso y las glándulas suprarrenales (que regulan el estrés y la agresividad): cambios mínimos en estas células podrían explicar por qué muchos rasgos aparecen al mismo tiempo.

7. El término griego fármacon (phármakon) alude a una potencia ambivalente, irreductible a una identidad fija. Etimológicamente, habita la tensión entre el remedio y el veneno, sugiriendo que la eficacia de una sustancia o de una técnica no reside en una esencia benigna o maligna, sino en su dosificación, su temporalidad y su inserción en un cuerpo (biológico o social).

8. Donna Haraway (2019). Seguir con el problema. Ed. Consoni. Buenos Aires. P. 25.

9. Donna Haraway (2016). Manifiesto para especies de compañía. Ed. Sans Soleil. Bilbao. P. 28.

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