FRANCISCA

Por Verónica Liporacci

Ilustración: Wendy Liporacci

Técnica: liner sobre papel con sombreado en lápiz

Capítulo I.

I.

Francisca tenía un nombre que no le pertenecía.

Vivía en la casa de sus amos. Había nacido ahí mismo y la habían bautizado con el nombre de su dueño.

No tenía nada propio.

No era diferente de la mayoría de las mujeres negras que caminaban de día y de noche por las calles de Buenos Aires.

Lo único que tenía Francisca eran pequeños espacios de tiempo en el día a día. Los minutos en los que el sol le hacía abrir los ojos antes que a las otras esclavas de la casa… esos eran espacios muy breves de tiempo en los que era libre, sin órdenes que cumplir. 

Y despierta, soñaba.

A veces imaginaba que se despertaba en una habitación como la de la hija menor del amo… en esa imagen había una cama con un pequeño dosel y las sábanas eran de algodón blanco, bordadas con flores rosas. Otras veces imaginaba que aquel día llegaba una carta desde alguna ciudad de lejos y que ella la leía a Don Francisco en la biblioteca de la casa, entre aquellos libros de tapas verdes y rojas que su dueño tenía en las estanterías de madera.

De todo eso, lo único que era verdad era que en la casa había una habitación que la hija menor del amo tenía para ella sola, y una biblioteca para el uso exclusivo de Don Francisco.

Francisca no tenía cama ni sabía leer. Y solo tenía permiso para entrar en la biblioteca para limpiar o encender el fuego de la chimenea, al lado de la que Don Francisco tenía el sillón en el que se quedaba leyendo casi todas las noches.

Los días eran iguales los unos a los otros. Había que levantarse cuando salía el sol para hacer las tareas domésticas de la casa, y después algún recado afuera como ir al mercado.

Pero antes de que el día empezase siempre igual a sí mismo, tenía ese pequeño tiempo para ella; un tiempo hecho a su medida porque dormía debajo de la rendija de la ventana, donde nadie quería tenderse a dormir. En ese lugar una se despertaba apenas salía el sol, así que no había sido difícil para Francisca quedarse con ese pequeño espacio y con ese pequeño tiempo que la dejaba estar quieta y en silencio en el suelo…  sola con sus sueños despiertos.

 II.

Cuando las camas de las habitaciones ya tenían sábanas limpias y los pisos habían sido fregados, Francisca almorzaba en la cocina.

Ese viernes de noviembre la cocinera le sirvió una ración de carne seca con un pedazo de pan, que Francisca partió a la mitad para guardar una de las partes en el bolsillo delantero de su vestido.

A primera hora de la mañana Don Francisco le había encargado que después del mediodía fuera a la plaza para vender algo. Iba a tener que pasar casi toda la tarde fuera, pero no encontró las palabras para pedir algo más de comida a la cocinera.

Cuando terminó de almorzar echó un ojo por la puerta entreabierta de la cocina. El día estaba soleado y hacía mucho calor; ella ya había transpirado cuando había trapeado los pisos, y tenía el vestido húmedo y la trenza del pelo enmarañada. Con la cabeza apoyada en el marco de la puerta pensó que en la calle el calor iba a ser peor. Todavía no era lo mismo que soportar el sol de enero, pero con el paso de los días iba a ser cada vez más asfixiante pasar tiempo en las calles hechas de tierra y polvo. 

Ese día Don Francisco le había ordenado que por la tarde se fuera de la casa al mercado de la plaza para vender una capa negra por el precio de cuatro reales.  Ella pensó que eso iba a ser difícil porque cuatro reales era mucho por aquella capa desvaída, pero no respondió nada a su amo cuando este puso el precio. Aquel hombre necesitaba dinero. Francisca pensó que, si no, no vendería algo de la vieja ropa de su hijo Santiago que había fallecido hacía solo unos pocos meses. 

Francisca conocía a algunos esclavos que no vivían en las casas de sus amos, pero que estaban obligados a trabajar para pagar a sus dueños una cantidad de reales al día o al mes. Cuatro reales era una suma que podían conseguir en un día, pero solo si trabajan de sol a sol. ¿Valía lo mismo eso que una capa vieja y desteñida? Francisca se había preguntado esto cuando su amo le había hecho el encargo, pero la pregunta había desaparecido de su mente cuando don Francisco le había dado la espalda indicando que ya no tenía nada más que decirle y ella se había ido de la biblioteca cerrando las puertas tras de sí.

Algunas veces se había preguntado si ella hubiese podido tener ese tipo de vida que tenían los esclavos que no vivían con sus amos… no vivir en la casa de don Francisco y no tener que escuchar los gritos de las tres hijas de su amo ordenándole qué hacer al mismo tiempo… había muchas cosas que hubiese querido cambiar de su vida ahí; pero no se conocía de otra forma. Nunca había tenido que buscar un lugar en dónde dormir o en donde comer, ni pensar en si iba a conseguir para fin de mes el dinero que debería pagar a su amo por su trabajo fuera de la casa. ¿Qué hubiese hecho? ¿De qué hubiese trabajado? Era más fácil para los hombres porque podían hacer trabajos más pesados que eran mejor pagos. 

Así que cuando pensaba en eso, en general terminaba por responderse a sí misma que así como estaba era mejor. Tenía en donde dormir, y allí estaba obligada a limpiar y fregar pisos la mayor parte del tiempo. Y muchas tardes tenía que salir de la casa a vender. 

Y así era como eran las cosas.

Era durante esas tardes cuando salía a las calles de la ciudad.

Muchas veces iba hasta la plaza mayor, que ocupaba toda la tierra que había entre el fuerte de la ciudad y el Cabildo, y era en donde estaba el mercado más grande de toda Buenos Aires. Entre las carretas de los vendedores de carne y los tablones de madera llenos de ponchos de tonos rojos y marrones, había una enorme cantidad de cosas a la venta que iban desde pescados todavía moviéndose en cubetas llenas del agua amarronada del río, hasta un par de zapatos o unas cuantas tachuelas.

Entre medio de los gritos que nombraban lo que se vendía y a qué precio… entre medio del olor de la carne, el pescado y el barro de la plaza… entre todo tipo de gentes vendiendo… Francisca era una más.

Había otras esclavas como ella.

Había también muchos hombres de color. Había pequeños de seis años y ancianos de unos cincuenta a los que ya les costaba mover artículos pesados… Todo aquel que pudiese contar bien las monedas era utilizado por su amo para vender en la plaza y en los alrededores.

Ese era el lugar en donde Francisca había conocido a la mayor parte de las mujeres y los hombres que vivían fuera de su casa. Pero solo hablaba con quienes sabía que eran esclavas o esclavos. Tenía prohibido hablar con gentes libres, a menos que fuesen compradores.

Una tarde le había pedido la indicación de una calle a un hombre que estaba sentado en el sucio piso de la plaza. Estaba justo al lado de ella, pero como Francisca estaba parada solo podía ver las manos de aquel hombre que parecía estar vendiendo unos pequeños ovillos de lanas de diferentes colores… todos dispuestos en frente de él en un taburete pequeño de madera. Pero cuando el hombre levantó la vista para responderle ella vio que se había confundido… sus manos estaban negras por el polvo y el barro de la plaza que se le pegaba en ellas, pero era blanco. O no blanco blanco, pero no era negro. Era un pardo que trató de darle las buenas tardes, pero para cuando había terminado la oración Francisca ya no estaba para escucharlo. No podía dejar que la vieran hablando con alguien que no era como ella. Si alguien la veía y le contaba a Don Francisco o a su esposa estos la castigarían por su mal comportamiento. Ella pensaba que eso era injusto, más que nada porque había cantidad de hombres y mujeres que eran libres y que también estaban vendiendo en la plaza, y muchas veces los mismos productos que ella y otros esclavos y esclavas; pero, como fuese, tenía que poder reconocer las diferencias. Y el color de una persona no era algo que no se pudiese ver.

Y era el color lo que le permitía también observar a las gentes en las calles y pensar quién podía tener interés y dinero para comprar aquello que tenía que vender. Un pardo como el de aquel día no lo hubiese hecho, mucho menos un esclavo.

Esa tarde de viernes fue difícil encontrar comprador incluso entre los blancos que fue cruzándose en el camino.  

Primero había estado algo así como una hora en la plaza del fuerte sin haber podido vender aquella tela negra con forma de capa, y después se había ido caminando por una de las calles que se iban hacía el norte. Caminaba por la calle San Martín cuando observó que en la vereda opuesta había un hombre blanco que tenía una camisa casi igual de blanca que él y un chaleco marrón abotonado desde la cadera hasta el vientre. Parecía haberse detenido a leer una hoja que había sacado del bolsillo del chaleco. Estaba en la esquina de la calle Santa Lucía y, como iba en dirección opuesta a ella, Francisca pensó que quizás estaba yendo al correo a enviar una carta. Era la imagen de un hombre que podía gastar unas cuantas monedas sin pensarlo tanto.

Sin embargo, este anónimo comprador no quiso pagar los cuatro reales que se pedían por la mercancía, aunque le ofreció a Francisca la mitad del precio. Dijo que la capa le serviría porque era usada, pero no estaba rota ni remendada; podía usarla cuando tuviese que hacer su viaje semanal a Colonia del Sacramento… ahí no era necesario ir de etiqueta, pero sí hacía frío por las noches en la ribera, y la semana anterior se le había enganchado su capa de viaje en uno de los hierros de la reja de la puerta del embarcadero, y ésta capa podía suplantarla.

Le dijo a Francisca que era evidente que la capa era usada y que incluso en algunos pueblos de la campiña podía llegar a encontrar una en mejor estado, aunque no fuesen los mismos materiales. La cosa era para qué servía la capa, no de qué estaba hecha. Eso dijo.

Francisca se quedó pensando unos minutos en eso… ¿De qué estaba hecha la capa? Si para su amo esa tela era lo que hacía que la capa tuviese el precio de cuatro reales no podía rebajar el precio. Pero si este hombre que tenía delante tenía razón, si el precio se ponía por lo que servía algo… eso era otra cosa. Nunca había pensado en eso… y se preguntó por qué.

Por unos pocos segundos pensó en cuál era el precio de ella.

¿Por qué pensó en eso en ese exacto instante? No sabía, no tenía tiempo para saber. 

El hombre insistió en que era probable que ella no se topase con otro comprador. 

La voz masculina se había hecho lejana por un instante, pero Francisca volvió a escuchar al hombre. Tenía que decidir. No debería haber sido difícil porque el precio estaba pautado por Don Francisco y eso tenía que ser todo lo que Francisca necesitaba de información para hacer bien la venta. Pero esa mañana había visto en los ojos de su amo que, aunque le dolía vender la capa y le costaba deshacerse de esta, necesitaba dinero. Casi ni había mirado los retazos negros cuando se los había puesto en las manos a Francisca. La muerte de su hijo aún se sentía en toda la casa y sus padres no habían tocado nada de su habitación. 

Todo había quedado en el mismo lugar hasta esos últimos días en los que la esposa del amo junto con Manuela, su hija mayor, habían empezado a poner en algunos baúles parte de las pertenencias de Santiago. Y algunas de esas cosas eran las que le habían estado dando para vender esa semana. ¿Qué hacer entonces con la capa?

Con los ojos un poco perdidos en el negro desteñido de la tela, Francisca dijo a aquel hombre que se la vendía. No lo vio a los ojos cuando él se la sacó de las manos y le puso dos reales en la palma derecha, que había quedado extendida porque Francisca había hecho un inaudible ademán como para volver a agarrar la capa. 

III.

El 4 de diciembre, tan solo unos días después de aquella venta callejera, Francisca volvió a caminar por las calles de Buenos Aires; pero esta vez no andaba en busca de un comprador desconocido, sino que sus pasos la llevaban hacia el barrio de la Catedral. Atravesó casi toda la ciudad, desde la casa, en la calle Santa Catalina, hasta la Plaza mayor en donde estaba el Cabildo. En algún lugar de aquel edificio estaba el alcalde Riglos; y ella estaba decidida a denunciar ante él a sus amos.

Necesitaba que la escuchara y que le creyese. Si era así, ese hombre tenía el poder de escribir un papel que ella no iba a poder leer, pero que le otorgaría permiso para buscar a alguien dispuesto a comprarla como esclava. Si ella encontraba a alguien, el papel de venta escrito por Riglos iba a obligar a Don Francisco a venderla.

Francisca había pensado en cómo sería el señor Riglos. En su imaginación era un hombre blanco con camisa más blanca que él y con un chaleco marrón abotonado. Lo había imaginado alto y de cabellos oscuros, pero sin barba. En un rostro que no debía de tener ninguna cicatriz Francisca veía desde su mente las facciones de un hombre al que tenía un poco de miedo. ¿Cómo iba a mirarla cuando ella hablase mal de otro hombre blanco?

Aun así, preguntó por él a los guardias que estaban en la puerta de entrada.

Francisca nunca había estado ahí. Aunque había pasado muchas veces caminando por la calle, y por la misma galería del Cabildo algunas veces en las que llovía a montones, nunca había estado ahí parada. Y no sabía si la iban a dejar pasar por las puertas que ahora estaban cerradas.

Había un par de mulatos que estaban blanqueando el edificio y la pintura cubría algo de sus brazos y caras haciéndolos en parte blancos y en parte negros. Se agitaban en movimientos cadenciosos y transpiraban al calor de diciembre.

Ella transpiraba lo mismo, pero trató de tener la cabeza en alto cuando preguntó a los guardias si podía pasar a hablar con el señor Riglos.

Uno de los soldados no quitó la vista de la plaza, pero el otro la miró y le preguntó cuál era el asunto que tenía con el alcalde. Francisca no estuvo segura de cómo contestar esa pregunta a un hombre blanco que estaba armado. Solo pronunció las palabras “papel de venta”. Y el guardia abrió la puerta quitando el barral que la tenía trancada. La miró sin mirarla mucho, pero sí le dijo que tenía que subir la escalera al primer piso… que ahí preguntase por el alcalde. Eso era buena cosa, pensó Francisca, porque sabía que en la parte de abajo del Cabildo estaban los calabozos y uno de sus miedos era que la encerrasen allí y mandasen a buscar a su amo para devolverla a su casa.

Muchas veces había visto a los presos que estaban en el Cabildo. Algunas de las celdas del sótano tenían ventanas que daban al suelo de la calle de Las Torres. Por entre los barrotes los presos extendían los brazos pidiendo comida a quienes iban libres de a pie.

 “Libres de a pie”, pensó Francisca. 

En el Cabildo estaban encerrados esclavos enviados por sus amos como castigo, pero también todo tipo de gentes con diferentes delitos que pesaban en sus pies encadenados. Cuando pensó en eso sintió que era extraño que ella fuese más libre que aquellos hombres que no eran esclavos, y a quienes muy pocos les daban algo de comer o de beber. Para el Cabildo eran un gasto, y para los vecinos y vecinas de la ciudad algo que más bien debería de haber estado escondido bajo la tierra. Incluso los esclavos y las esclavas que andaban por ahí evitaban pasar por al lado de esos brazos que pedían un poco de algo. Aire, pan, agua… Nadie quería ver, ni oler, ni escuchar. Era por eso que el virrey había decidido que uno de los cambios que iba a hacer en la ciudad era cerrar esas ventanas y gastar en unos cuantos cocineros que alimentasen a quienes habitaban en los calabozos. Era mejor eso que verlos, olerlos y escucharlos. También planificaba empedrar al menos algunas de las calles del centro de la ciudad. Había demasiado polvo y barro en Buenos Aires.

Francisca, que solía estar llena de polvo y con los pies embarrados, no pensaba que eso fuese malo. Cuando subió las escaleras hasta el primer piso del Cabildo y dejó parte de sus pisadas marcadas en los escalones, pensó en lo extraño que era lo que iba a hacer. Para darse fuerzas recordó la tarde del 24 de noviembre y cómo, cuando había vuelto a la casa de sus amos, la señora no le había aceptado el dinero de la venta y le había reclamado que le entregase el valor de los cuatro reales que se suponía valía la capa. Como castigo la habían azotado hasta dejarle la espalda en carne viva, y le habían negado la comida por tres días de seguido dejándola encadenada en el sótano. Solo después de eso la habían hecho volver a sus quehaceres cotidianos.

Antes de llegar al último escalón Francisca se repitió que ya no podía seguir viviendo como lo había hecho los últimos días. Tenía que suplicar al alcalde que obligase a su amo a emitir un papel de venta.

Y ahí estaba.                                        

Hasta hacía poco tiempo no sabía que algo como el papel de venta existía; pero unos dos meses atrás había tenido que ir a lavar la ropa de la familia de Don Francisco al río porque Felipa, una esclava más corpulenta que ella y que solía hacer esa tarea, había caído en una gripe que la había dejado unos días en la cama.

Escuchando hablar en el río a otras esclavas, Francisca se había enterado de que existía en la ciudad la posibilidad de cambiar de amo. Las primeras veces que lo había oído había pensado que era una mentira…  que eran historias que algunas de esas negras que odiaban a sus dueños habían inventado, y que las contaban cuando pensaban que nadie las podía escuchar entre los chapuzones en el agua y el ruido de la ropa fregada. Pero no escuchó esto una o dos veces, sino tan frecuentemente como el agua que pasaba por debajo de los vestidos de todas esas esclavas. Y Francisca terminó por creer que aquello del papel de venta era verdad.

Y eso la había hecho pensar. ¿Ella podía cambiar de dueño… de casa?

Francisca había nacido en la tercera casa de la calle Santa Catalina hacía 19 años y no tenía familia. La esclava que la había parido había muerto en el parto, y del padre nada había en su memoria. No tenía padre ni madre. Nada.

Tenía el mismo nombre que su amo, el dueño de la casa en la que había nacido. Y era su esclava.

Y pensó cada vez más en todo esto durante los días de la última semana de noviembre, después del castigo que había recibido de Don Francisco y su esposa.

Por aquellos días Francisca fue varias veces a la ribera del río.

Solo por la mañana podía encontrar en las orillas el horizonte negro que se formaba con los cuerpos de las mujeres agachadas sobre las piedras del río. El ruido que hacían cuando hablaban era más fuerte que el de las pequeñas olas que rompían entre sus piernas mientras fregaban la ropa. Y como eso era lo que hacían todas, Francisca había buscado un lugar cualquiera en el que lavar. Rápido se dio cuenta de que si no quería entrometerse con ninguna de esas mujeres tenía que quedarse en algún lugar en el que lavar fuese más complicado… donde hubiese menos rocas, donde rompiese menos el agua; porque ellas se peleaban por las piedras y el agua. Así que lavaba más entrada en el río en donde las rocas ya no salían tanto al exterior. Eso hacía que tardase mucho tiempo con cada camisa, pantalón y medias, y que su vestido terminase empapado.

Al ver su imagen cansada y desvaída, un pequeño grupo de tres mujeres se le había acercado para explicarle cómo debía lavar la ropa. Habían visto que la corriente casi se le llevaba un pantalón, y que fregaba tan fuerte debajo del agua del río que las ropas se le iban a romper. Hablando con ellas se enteró de que una conocía a Felipa, y después de contarles que aquella estaba enferma no le costó quedar en el medio de la conversación. 

Una de ellas, Dolores, les contó que hacía unos días que estaban esperando con su esposo Álvaro que les llegase alguna contestación del alcalde del cabildo. Un tal señor Riglos. Francisca no sabía qué era un alcalde, y por aquellos días supo que era un juez que trabajaba en la municipalidad.

La mujer estaba nerviosa porque su esposo había solicitado a Riglos que éste obligase a su amo a venderlo a la dueña de ella para que los dos pudiesen vivir bajo el mismo techo como la ley cristiana mandaba. O al menos algo así entendió Francisca.

Casi siendo diciembre, Dolores había llegado al río con una sonrisa y la buena noticia de que aquel señor Riglos había mandado la orden de que el amo de su esposo escribiese en un papel el precio que ese hombre tenía. Ese era el papel de venta. Álvaro había conseguido que en el Cabildo lo midiesen y examinasen para saber cuál era su estado de salud y qué cosas sabía hacer. Después de eso le habían escrito en el papel cuál era su precio y tenía, desde ese minuto, ocho días para conseguir venderse a alguien más. No iba a ser libre. Pero era libre de venderse a otro porque ese señor Riglos le había dicho que sí podía.

Y Álvaro ya había ido aquella mañana a la casa de la dueña de Dolores para pedirle que lo comprase. Porque él no quería venderse a cualquiera. Él quería estar con su esposa. Por eso, aunque su papel de venta decía que valía 341 pesos, no le pidió el dinero a Doña Enriqueta… solo que hiciera como que lo compraba. Solo tenía que firmar en el Cabildo, y eso sería todo.

Francisca ya se había preguntado antes cuál era el precio de ella misma… como si fuese una capa negra o un par de zapatos. Pero eso le había parecido raro porque nunca se había pensado como un vestido sino como una mujer. Aún cuando sus ropas estuviesen viejas y remendadas ella no era solo eso. Era la mujer que trabajaba para Don Francisco, y para Santiago, y para Manuela. Era la mujer que todos los domingos caminaba seis cuadras hasta la Iglesia del Socorro para ir a misa cristiana. Esta era la mujer que era. Esclava, sí. Pero nunca se había pensado a sí misma como una cosa.

Y, sin embargo, empezó a sentir que para otros lo era… algo que podía venderse y comprarse.

De eso nunca había oído nada en la casa de Don Francisco; pero pensó que no era extraño porque ellos la habían tenido desde que había nacido, igual que a Felipa. Y Bernarda, la esclava más vieja, era mucho mayor que ellas dos… parecía que siempre había estado ahí.

Pero esa imagen quieta ahora empezaba a moverse en la mente de Francisca. ¿Y si a Bernarda la habían comprado? Bernarda prácticamente nunca hablaba más que para gritarles qué era lo que tenían que hacer. ¿Había tenido esposo? ¿Hijos? ¿Y si Don Francisco había vendido a los hijos de esa mujer? Estas preguntas y tantas más se movían en la cabeza de Francisca, se mezclaban unas con otras como los oscuros rulos de su pelo, y hacían y deshacían historias en las que había una mujer llamada Bernarda… una mujer que había hecho cosas que Francisca solo podía imaginar. Una mujer que había hecho cosas que no solo eran lavar y fregar.

El movimiento del agua que llegaba a la costa no era el único que existía en la ciudad de Buenos Aires. De eso Francisca se daba cuenta a sus 19 años… ella también podía moverse.

Nunca había tenido cadenas en las manos o en los pies, pero aún así sintió que hasta esos días nunca había notado que de hecho sí las tenía. Y sintió tan fuerte el dolor como fuerte habían sido los latigazos que Don Francisco le había mandado a dar el sábado que había seguido a lo que había hecho con la capa.

Y sintió que no podía quedarse quieta.

El 4 de diciembre del año del señor de 1777 sus pies inevitablemente embarrados marcaron sus pisadas en el pasillo del primer piso del Cabildo, y se sentó a esperar fuera del despacho de Riglos.

Capítulo II.

I.

Don Pedro de Cevallos había llegado a Buenos Aires el 15 de octubre. Su majestad Carlos III lo había nombrado virrey y capitán general del Virreinato del Río de la Plata, y Buenos Aires era la capital. Una vez más, Don Pedro había cruzado el río de la plata. Ya se sentía un poco viejo para todo aquello, y el mal que la malaria le había hecho hacía ya tantos años todavía lo aquejaba. El médico le había dicho que, aunque ya no tuviese la infección, parte de sus huesos ya habían sido dañados y eso solo empeoraría con los años. La humedad que había en donde había vivido todas esas últimas décadas causaba un fuerte dolor a Don Pedro, más que nada los días en los que el tiempo estaba pronto a llover.

La noche en que había llegado a Buenos Aires corría una brisa fresca y no había nubes que le pronosticasen mal tiempo. Pero él sabía que aquel lugar era húmedo y que el verano no tardaba en llegar. Cuando entró en el fuerte de la ciudad pensó en que cuando se acostase rezaría para que la gracia de su majestad le enviase de nuevo a España.

Pero los dolores y el cansancio de Don Pedro eran suyos y de nadie más. Solo en privado hacía alguna mueca de dolor o se quejaba de cómo la humedad era ya parte de sus huesos.

Ante los ojos de Buenos Aires era el virrey, incansable en sus modos.

Todos los días se levantaba al alba. Ahora comía menos que antes porque ya no tenía el mismo apetito, y después de un pequeño desayuno de café con dos o tres pastelitos que tomaba en su habitación, ya iba a su despacho a revisar los quehaceres del día.

La cantidad de trabajo que Buenos Aires le demandaba era constante.

La ciudad había cambiado desde la última vez que la había pisado. Las calles del centro estaban más bulliciosas. Más gentes iban y venían por la plaza, y hablaban más alto que antes.

El fuerte ya se había terminado de construir, y desde el balcón principal Cevallos podía ver el cabildo de Buenos Aires. Ahí, los regentes de la ciudad habían escrito las ordenanzas que la normaban y eran ellos quienes dictaban justicia en nombre del rey.

El nombramiento de un virrey, aun cuando éste fuese Cevallos a quien ya conocían, no había sido una buena noticia para la mayoría de los vecinos que hasta hacía un mes habían tenido en sus manos el gobierno de la ciudad. Algunos, particularmente los que tenían grandes fortunas hechas por el comercio ilegal con las colonias de Portugal, tenían dudas y miedos que no tardaron en llegar a oídos de Cevallos.

Pero no eran solo los vecinos de Buenos Aires los que habían depositado sus ojos en el virrey.

Desde que llegó, Cevallos comenzó a recibir una gran cantidad de escritos de parte de todo tipo de gentes. Denuncias de robo de propiedad, denuncias de daños en peleas nocturnas, solicitudes de esclavos y esclavas que pedían que el virrey, como representante de su majestad y de dios, les hiciese justicia.

Tantos fueron los documentos con denuncias que tuvo en su escritorio ya en el mes de noviembre, que Cevallos empezó a delinear un método para que ninguno de aquellos quedase en un cajón.

Lo que tenía que informar a quienes habitaban en Buenos Aires era que el Cabildo era todavía la casa de justicia de la ciudad. Sí, él tenía el poder de intervenir, pero no interrumpiría el curso normal de las cosas tal como había sido hasta antes de que él arribase.

En muchos de los primeros casos que evaluó decretó que el expediente recibido pasase a manos del alcalde de primer voto –esto es, a la justicia de primera instancia del Cabildo– para que fuese éste el que se ocupase de investigar si eran ciertos los hechos denunciados y actuase en consecuencia. Esto hizo que, poco a poco, quienes habían pensado que el virrey podía ser más piadoso que los regentes del Cabildo, volviesen a recurrir a éstos con casi la misma frecuencia que antes.

II.

Francisca, que se había enterado de todos los casos rechazados por el virrey Cevallos, había ido directamente en busca del alcalde.

La habían tenido horas esperándolo; ella no sabía cuántas porque no sabía contar el paso del tiempo, pero sí sabía del cansancio, y había visto por la ventana cómo el sol iba cayendo…  haciendo cada vez más sombrío el patio interno del edificio. 

Cuando pudo pasar a hablar con Riglos vio que se había equivocado, no era el hombre que había imaginado. Estaba encorvado sobre su escritorio y había tantos papeles en la parte superior de éste que estaban puestos en hileras a cada uno de los costados. Esto dejaba un espacio para ver el rostro del alcalde. Era blanco, sí. Era un hombre, sí. Esto no podía ser de otra forma. Pero era viejo y parecía realmente exhausto; estaba transpirado y se había aflojado el botón del cuello de la camisa de algodón que llevaba puesta, sin que hubiera indicios de un chaleco o de un saco más formal. Tenía las manos manchadas de tinta, y seguía escribiendo mientras ella entró y se quedó parada enfrente del escritorio. 

Cuando Riglos firmó el papel en el que había estado haciendo anotaciones, lo agarró con su mano derecha y extendió el brazo… un hombre bajito que estaba sentado a su lado tomó el documento y le puso un sello lacrado. Después, Riglos levantó la vista. Eran los ojos de un hombre cansado, pero miró a Francisca con atención. “Otra esclava”-dijo el hombre que estaba sentado al lado del alcalde, y Francisca bajó la cabeza y buscó algo que mirar en el piso de aquella habitación… otra cosa que no fuesen ojos de hombres blancos.

Riglos continuó mirándola, y comentó en voz alta que ya terminaba el día y que aquel era el último caso. Después habló a Francisca en forma directa. Le dijo que se sentase para que pudieran tomarle la declaración, y empezó por tomar sus datos. Lo primero era de quién era esclava. Lo segundo, en dónde estaba la casa.

Lo tercero, el por qué acudía Francisca al Cabildo para solicitar la emisión del papel de venta.

Francisca dudó, y hubo unos segundos de silencio. 

Riglos le dijo con voz impaciente que levantase la cabeza y hablase porque no había mucho tiempo. Pero Francisca tenía miedo… sentía que el corazón se movía muy fuerte dentro de su pecho. ¿Y si hubiese sido mejor quedarse en su casa? Ahí ya sabía qué podía esperar. En este lugar en el que estaba ahora, no. 

Pero atada a ese pensamiento se figuró en su mente otra idea: aquel lugar que había pensado como su casa no lo era en realidad.

Entonces las palabras empezaron a salir del cuerpo de Francisca, y Riglos le indicó al escribano que tomase nota. Mientras Francisca hablaba miraba ya a Riglos, ya al otro de los hombres. ¿Estaría el segundo escribiendo una a una sus palabras? No levantaba la vista para observarla, pero la mujer que había en ella llegó a preguntarse si no la estaría dibujando. ¿O anotaría solo una parte de lo que ella estaba narrando?

Riglos solo tenía las manos entrecruzadas debajo de su cabeza, lo que hacía que se notase menos su papada. Y la miraba, sí. Pero si la escuchaba o no, eso Francisca no podía intuirlo.

Unos quince minutos pasaron hasta que Riglos la interrumpió. Había permitido que hablase por mucho tiempo, en parte porque le había parecido atractiva y en parte porque se estaba quedando dormido. Pero Tomás, el escribano, le había dado una pequeña patada en los pies por debajo de la mesa y lo había sacado de su ensimismamiento.

—Sevicia —, dijo Riglos al escribano. 

Éste era el delito que debía ir anotado en el margen del documento. Le explicó a Francisca que en el expediente constaría que iba a indagar si en efecto la habían castigado de forma incorrecta porque no estaba permitido disciplinar con más de cuarenta azotes a nadie. La justicia debía tener evidencias de que Francisca hubiese sido maltratada de esa o de otras formas por su dueño. Solo si eso realmente había pasado, el alcalde emitiría el papel de venta con el precio de Francisca.

Riglos se levantó y le hizo una seña con el brazo extendido a Francisca para que también se parase. El expediente ya estaba redactado y ahora había que esperar a que la justicia dictaminase una sentencia.

Después de enunciar estas palabras de rutina el alcalde tomó el chaleco que estaba colgado en su silla. Pero Francisca todavía estaba sentada. Había pensado que cuando terminase de hablar Riglos tomaría uno de esos tantos papeles que estaban sobre el escritorio y le escribiría su papel de venta. Pero no. Tenía que probar que la habían castigado.

—Eso es todo —dijo Riglos, y dio la vuelta a su escritorio para correr la silla en la que la mujer estaba sentada. Le puso una mano en el hombro y con la otra apuntó a la puerta. —Nos comunicaremos cuando haya un dictamen —dijo el alcalde en voz baja, pero con un tono seco y a corta distancia de los oídos de la mujer. 

Eso era todo por aquel día para Riglos. Él tenía que volver a su casa, lo mismo que ella.

Pero Francisca no entendía qué pasaba.

Se levantó y salió caminando despacio del despacho, casi como lo hubiese hecho alguien que estaba ciego… tocando los bordes de la silla primero y de la puerta después. Los pies le temblaban y tardó un tiempo eterno en bajar las escaleras.

¿Cómo iba a probar que la habían castigado con más de la cantidad de los azotes permitidos? ¿Cómo iban ellos a buscar pruebas si ni siquiera habían solicitado que un médico observase su espalda? 

Confundida y un poco mareada Francisca salió del Cabildo. ¿Qué iba a hacer? Había pensado que iba a salir con su papel de venta, pero tenía un fuerte dolor de estómago y náuseas. Se sintió ingenua, y eso le dolió más. Era una mujer negra y esclava. Iba a tener que repetírselo a sí misma. Y no sabía por cuánto tiempo.

III.

Algo se rompió ese día.

Francisca no había imaginado para sí misma una vida como la de las hijas de Don Francisco, en la que pasase el día haciendo bordados en una salita dispuesta solo para eso. Pero tener una cama, comida tres veces al día y que no la azotasen al punto de que su espalda nunca cerrara del todo las heridas… eso sí que lo había imaginado.

Y cuando aquel cuatro de diciembre había salido del cabildo lo había hecho con esas imágenes rotas, y con los ojos llenos de lágrimas. Con la cabeza baja había caminado lento por las mismas calles que hacía unas horas la habían sentido pasar con pies más firmes. El miedo y el enojo eran uno solo en su cuerpo, y se fue del barrio de la Catedral sin poder pensar más que en que había algo roto dentro de ella.

Atrás iba quedando la figura del cabildo.

Y más atrás la del fuerte de la ciudad, un lugar al que nunca había entrado.

El fuerte de la ciudad de Buenos Aires tenía un foso que lo rodeaba, y un puente que lo conectaba con la Plaza Mayor; y en cada una de las esquinas, se levantaba una torre desde la cual la fortaleza se imponía sobre el río por un lado, y sobre la ciudad por el otro… Pasar por el gran portón de hierro de ese puente no era cosa que una esclava como Francisca pudiese hacer.

Ya había escuchado que el virrey Don Pedro de Cevallos delegaba en el cabildo los casos como el de ella. Era perder el tiempo pararse frente a esas puertas de hierro.

Y dejó que sus pies la arrastrasen de nuevo a la única casa que conocía.

Dejó que Buenos Aires la tragase.  

Sintió el dolor cuando ese monstruo blanco la quebró. Y pensó en sí Bernarda o Felipa habrían sentido alguna vez algo así. 

Cuando se preguntó por qué pensó en ellas mientras caminaba levantó la mirada del suelo, y vio que en la vereda de enfrente había una mujer tan negra como Felipa y Bernarda. De un hombro le colgaba un odre de vino o aguardiente que le doblaba la espalda, y en cada mano tenía una cubeta llena de agua. Por unos segundos se le pasó la idea de ir a ayudarla, pero cómo. No tenía ninguna fuerza. Detrás de la mujer venían dos más caminando, cada una llevaba arriba de la cabeza un canasto de mimbre lleno de ropa de blancos. Iban para el lado del río, y pasaron por al lado de la otra sin detenerse. Francisca las vio hablar entre ellas, y algo escuchó sobre que las manchas de vino no salían fácil de las camisas blancas. Pero las vio, y ese comentario había sido solo un ruido que habían hecho para tapar dolores propios. Eso vio Francisca en sus ojos. Y se imaginó a una de ellas gritando en el río mientras lavaba aquella ropa.

Siguió caminando y pensó en que ese era el lugar en el que había vivido toda una vida. Era una ciudad en la que había esclavos y esclavas, por todos lados y marcados por el color de la piel. Los veía y las veía todos los días, en su casa, en la plaza, en las calles. Se vendían y compraban en el puerto por cientos. Llegaban en barcos a las orillas del puerto del Río de la Plata y ahí mismo eran vendidos. Lo mismo que esos barcos traían tabaco o pieles del ganado salvaje de la Banda Oriental, traían hombres y mujeres cuyo viaje quizás había empezado del otro lado del océano. 

Esa era la realidad. 

Tener poder sobre la vida de algún otro era común en esta Buenos Aires; y ese poder venía del dinero. Algunas viudas y algunos maestros artesanos compraban pequeñas cantidades de esta mercancía con forma de hombres y mujeres. Otros, con más dinero, compraban en cantidades más grandes. 

Eso no era algo en lo que había pensado Francisca cuando había ido al Cabildo, pero era joven y no conocía del mundo más que la casa de sus amos y unas 20 cuadras a la redonda.

Si las historias que había escuchado sobre aquellos papeles de venta eran verdad era algo que ahora dudaba.

Estaba enojada por haber creído. 

No pensaba que fuese mentira que se pudiese pedir ese papel. En el cabildo no se lo habían desmentido. Estaba enojada por haber pensado que iba a poder tener uno entre sus manos y que iba a poder hacer algo con eso. ¿Cómo había pensado que iba a ser una de las pocas que consiguiesen eso? Si todas las calles y casas tenían esclavas negras trabajando en ellas. ¿Cómo había imaginado eso si la realidad era otra?

Siguió caminando y trató de enjuagarse las lágrimas cuando entró por la puerta de atrás de la casa de Don Francisco.

Solo Bernarda la vio porque estaba en el patio barriendo el último polvo de la tarde, y no dijo nada. No rompió el silencio de la casa, y dejó que Francisca fuese sola para el sótano… ahí llorar era un poco más fácil.

[Cuento publicado en el libro de la autora de reciente aparición, La libertad en tiempos de esclavitud (2025). Buenos Aires: Caburé.]

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