La Sagrada Familia

Ilustración: Melina Belén Morales
Técnica: Collage analógico

Por Pablo Gatti

Tema recurrente para la reflexión en los tiempos que corren, la familia como estructura, sistema de relaciones e ícono devaluado de aspiraciones personales, siempre vuelve. Es de alguna manera inevitable dado el carácter social de nuestra existencia. Precisamente, una caracterización recurrente décadas atrás era que la familia constituía la «célula básica de la sociedad», argumento que parece casi incontestable pero que encierra una definición organicista donde vendríamos a ser un átomo. Da, además, una idea de eternidad y permanencia, ya que las células al realizar la mitosis (forma más habitual de la reproducción celular) producen otras iguales.

Tranquilizador, casi hasta lo sagrado.

Pero una observación más pormenorizada nos muestra los límites de una analogía que, teniendo algún sustento atendible, carece de la plasticidad y complejidad necesarias para mirar un fenómeno social con la profundidad que merece.

Nuestro punto de llegada es un hoy con familias multiformes, con una crisis de estándares y un modelo de familia burguesa que aún sobrevuela como promesa no cumplida y que, a esta altura, es claro que así continuará. 

El problema esencial del modelo burgués, es que necesita una economía como la que ya casi nadie disfruta: está disociado de la realidad material que lo constituye. Este plano de la realidad, el económico (y otros asociados también, como el tecnológico) evolucionan con presteza, adoptan los cambios con facilidad y entusiasmo; totalmente distinto es el plano de lo social, lo institucional, todo allí es más resistido, la sociedad se resiste. Aquellos cambios suelen prometer progreso; estos últimos, incertidumbres hasta de índole íntima. Por lo tanto, siguiendo a Trotski, el ajuste del desfase entre niveles de realidad adquiere forma de crisis y eventual revolución.

Creo que dicha revolución está en curso. No es, por supuesto, una revolución de índole político institucional. Es por definición una revolución que opera, asaz silenciosa, en el plano de lo sociocultural y tiene la complejidad de alterar múltiples niveles de las relaciones y de la vida íntima de las personas, sus autopercepciones, roles y vínculos. No se enuncia, no porta una ideología definida, pero avanza. 

Quizás el fenómeno más cercano y emparentado es la revolución femenina, esta sí con un carácter más definido y avanzado hacia lo político, pero también portadora de múltiples reivindicaciones no relacionadas, al menos directa o necesariamente, con la familia. (ej: Ni una menos). Sin embargo, su sujeto es un colectivo oprimido, en primer lugar, en el modelo tradicional de familia.

Dicho modelo burgués de familia, consolidado a nivel de masas en la etapa del estado de bienestar (posguerra mundial hasta los años 70), donde la clase obrera se transforma o aspira a hacerlo en clase media, presentaba lógicas difíciles de contestar en el contexto de la época. Un mundo donde un salario como ingreso familiar alcanzaba para vivir dignamente en relación a las aspiraciones del momento, además de múltiples formas de salario indirecto, traslapado sobre una sociedad que ya devenía machista, estructuró un primer momento consolidado de ese modelo familiar, al menos como aspiración. Sin embargo, la crisis del welfare state va a esmerilar los beneficios secundarios de una situación opresiva, cuando paralelamente décadas de bonanza (las mejores de la historia humana) generaban un crecimiento y complejización de las aspiraciones femeninas (y sociales en general). La tensión se vuelve entonces, inevitable. Será el neoliberalismo que semimundializa su desarrollo a partir de los años 90, luego de la caída del socialismo, el que salde de momento la situación generando una regresión en las relaciones entre géneros bajo una supuesta pátina de libertad, que es en realidad libremercado.  Las relaciones interpersonales pegan un brutal salto hacia atrás: la forma mercancía se inmiscuye en ellas, las relaciones entre personas profundizan la caracterización de Marx y se vuelven cada vez más relaciones entre cosas, cosificando incluso a las personas mismas. Ocurre lo que con brillantez Eric Hobsbawn intuyó en una de sus obras, sobre fines de siglo: el capitalismo estaba comenzando a descomponer su más importante base de sustento, el modelo burgués de familia. Ya que dicha regresión relacional de ninguna manera restituye las condiciones materiales de bonanza del pasado próximo, se crea una tensión que puede ser parte de las causas del nacimiento de la nueva ola feminista. No extraña, entonces, que este combo de realidades en retrogradación social imponga un recrudecimiento de la crisis familiar. Se masifica el rechazo a su expresión más institucional (el matrimonio), se diversifican formas y vínculos, campea también una ola de individualismo en las argumentaciones y acciones que cuestionan a la familia y otras tantas formas de vincularse. Todo, en un marco general de precariedad e inestabilidad crecientes, que se suma al permanente cuestionamiento a los valores y modelos del pasado. No parece haber un escenario que proponga un nuevo modelo, más bien es una generalización del no modelo. 

Cabe cerrar estas reflexiones con preguntas sobre el presente y el futuro, quizá balbuceando algún intento de respuesta. Ya que de ninguna manera la intención es valorar el retorno a pasados imposibles, sería deseable que las respuestas  a esbozar se asomen al futuro.

¿La tríada capitalismo neoliberal-individualismo-disolución de los modelos de familia, admite variantes o es una unidad de partes solidificadas?

¿Hasta qué punto se relaciona con o explica el serio problema demográfico que se avecina producto de la baja de la natalidad?

¿Cómo influiría esa nueva realidad en la valoración, o resignificación del concepto familia?

¿Es un significante que tenderá a extinguirse, o a llenarse de nuevos significados?

Como pregunta que incluye un intento de politización general del problema: ¿Podemos construir alternativas al capitalismo sin construir comunidad? ¿Podemos construir comunidad sin encontrar formas de familia, espacios de mutuo reconocimiento, amor y cuidado, pero también de formas de autoridad y necesaria limitación de las libertades? 

Por supuesto tengo mis respuestas e intuiciones provisorias, pero prefiero enriquecer el presente texto proponiendo un ejercicio: romper la cuarta pared y la lógica escritor-lector, y continuar luego de recibir aportes, si les parece basados en las preguntas planteadas. 

Dejo mis datos de contacto:

Pablo Gatti

Profesor en Historia UNCo

pablo1611688@gmail.com

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