Ojalá me equivoque

Por Fernando Vicente

El otro día estaba cortando el pasto en mi casa. No sin un dejo de dolor, porque lo había dejado crecer un poco de más y se había formado una suerte de pradera de tréboles, un mini bosque que, si acercabas un poco el ojo, era un bosque en serio. Con esos arbolitos de tres hojas y otros más que, con los colores de sus flores –amarillo violeta, blanco, naranja, rojo—, atraían un sinnúmero de insectos (gigantes) que revoloteaban extasiados posándose de flor en flor. 

Mi conciencia conservadora, sin dudas exagerada, ya me había decidido a no plantar ningún tipo de césped sino a dejar que se desarrollara al azar todo tipo de vegetación, sea prolija o no desde mi punto de vista. Pese a todo, mi instinto humano emprolijador, curioso y temeroso de las alimañas, pudo más y terminé con mi faena. Eso sí, tratando de darle tiempo a las abejitas de rajar antes de pasar la máquina infernal (todos sabemos que a los humanos, pese a que nos mantenemos a distancia prudencial, nos resultan más simpáticas las abejas que las cucarachas porque nos dan la miel). 

He visto y por lo tanto sé que las plantitas y sus flores vuelven a crecer y eso en cierto modo me tranquiliza pero el genocidio vegetal llevado a cabo me hizo preguntarme por qué los humanos nos empeñamos en destruir. Si realmente somos una especie inteligente, ¿por qué seguimos coleccionando sin límite papelitos de colores con el signo $ aunque esto signifique el exterminio de ecosistemas enteros? Y hasta nuestra propia suerte, porque sabemos perfectamente que la minería sustentable es un oxímoron. Y que en Argentina las leyes como la de Glaciares –que quienes gobiernan actualmente quieren derogar— son muy restrictivas porque no se cumplen –al igual que hay muchos impuestos porque hay demasiada evasión—. Y si, por ejemplo, no se cumple esta ley quienes vamos a quedarnos sin agua potable a cambio de collarcitos, cables y dádivas para los funcionarios somos nosotros mismos. 

No es un mundo grato el que nos toca y el que, aparentemente, vamos a legarle a nuestros hijos. Quizá nunca lo haya sido pero hoy la gente elige más que nunca a desquiciados, ignorantes y desaprensivos para que decidan nuestro destino. Ya no son sólo Putin, Maduro o Xi Jinping, que para mantenerse en el poder presiden dictaduras. Ahora se vota en elecciones ¿libres? a Bolsonaro, se reelige a Trump o a Netanyahu y se vota por duplicado a Milei.

Argentina parecía haber quedado lejos de toda esa locura. Pero las últimas intervenciones de EE.UU. destruyendo a bombazos barcazas en aguas internacionales sin más excusa de que quienes mueren en esas embarcaciones son narcotraficantes –información tan verificable como el arsenal nuclear en el Irak de Hussein— más las amenazas de una invasión a Venezuela deberían ponernos en alerta. Ante un eventual cambio de humor en las elecciones argentinas de 2027, si los nuevos gobernantes no reincidieran en alinearse con los deseos de la potencia del norte, ¿qué le impediría a un próximo presidente norteamericano informar al mundo que piensa bombardear Buenos Aires con la excusa de que tenemos escondido a un Bin Laden en un PH de Almagro?

Los años setenta podrían llegar a ser un poroto ante esta amenaza. 

Ojalá me equivoque y el bosque con insectos gigantes sólo sea en realidad una pradera de tréboles.

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