Poemas de Cenizar

Por Lucas Peralta

XIII

Fangoso, multiforme, con ecos todavía de su silencio original,
el escenario nos envuelve y nos dicta. Fuimos habituados a él.
Esa fue nuestra estepa. Ahí el terreno baldío y acá la tapia.
Un ángulo del paraíso perdido. Desde donde el peregrino nunca
pudo salir y donde sus caminos se vuelven círculos rotos que
direccionan, siempre, una y otra vez, al deshabitado comienzo.

Hombreado va con los reversos, tanto como lo hace nuestro
verbo. Intenta nombran un comienzo y solo consigue oblicuas
inflexiones al suelo, al polvo, a lo ajado que miran sus pies,
donde la fe vacía traza el siempre ecuánime surco como llaga
sobre la tierra y que hace que hunda los pasos como en los
tiempos aquellos de la antigua siembra.

Una palabra imposible que nadie ejecuta o ese silencio recurrente
que irrumpe ante la llegada a esta tierra yerma. Ahí levantamos
nuestras voces. Heréticas. La letanía del golpeado parlador nos lo
recuerda siempre. Ese fue el lugar para encontrar otro mundo, ahí
volcó sus parlamentos como manto al margen de nuestras soledades
y de ahí sacó todo el material para su diccionario.

La tapia fue su soledad y su silencio; el baldío, un sueño sostenido.
Ahí cobija la transparencia de su copa, la luz apagada del origen,
donde el deseo trasiega lo opaco que surge del reflejo del espejo.
Aquel no fue un lugar sino un encuentro, una experiencia, una
búsqueda en donde nombrar aquella nada que devino en palabras
resulta todavía algo que tenga la posibilidad de nacer.

Tiempo clavado que los gestos y las intenciones visitan, rodean
sus cenizas invisibles y donde ya nada es asombroso al fuego.
En esta tierra pareciera que ya no hay lugar para los signos ni
para los iconos. Lo mismo sucede con el testimonio. Ya no se
sabe qué hacer con ellos. Se nos presentan opacos, algo rotos,
incompletos. Y lo que nos queda es obrar en sus ausencias.

Intemperie. Amparo de nadie. El himno desierto de cada día.
Un punto de partida con estacas es lo que se evoca, la nostalgia de
aquel barro sin tregua, el amargo pan al que no le caben metáforas.
Ahí el terreno baldío y acá la tapia. Imagen y escena que guarda
la memoria y que prefigura aquello que el espejo sentencia y
devuelve como fragmentos: un rincón de Dios, sin testigos.



VII

Y sí. Siempre volvemos a viejos rastros.
Ahí habitamos todo cuanto podemos.
Papeles amarillos, voz de otro y escenario
propicio para gastar a cuenta todo ese alfabeto
desusado, la búsqueda de nómades y traidores;
aquella señal de paso que, para los cazadores,
significa el purgatorio.

Quien allí se haya mojado recordará siempre esos
licores, sus combinaciones. Ya poco nos reanuda.
Nosotros, los de palabras de antes, formamos parte
de la inmedible química que significa mirar, ver, y
decir tras la orfandada voluntad de cenizar; bestias
de vivir, solitarios, indispensables para la simple
constitución de una oración.

Las cosas tal como son. Las voces tal como se
escuchan. Y el humo siempre estuvo presente.
Entonces, ahora, cenizar. Con justa e inmedible
oración no usada. Con lo que de manifiesto designa
todo ese resto de vela que interroga; la lumbre
del dialecto que condena su lugar pertinente de
lectura de los hechos. Antiguos modos; berretines,
cansadas y viejas costumbres.



VIII

Rasando el muro se provee la norma. A poca
distancia, se sedimenta en el tiempo la oquedad
del alfabeto desusado, los enhiestos signos que
el alcohol enhebra en todas las distancias que se
pretenden zurcar; las letras y su siempre férrea
constitución dual que irrumpe en la garganta
terrosa, en la orfandad que penetra como el
fuego impar, en la lengua aplicable a la poesía
que deshizo la siempre misma disimilaridad
sedienta en el tiempo desocultado.
¿De qué es mendiga esta gota? ¿Cuál sus dañerías?

Transparece, y aquella luz no usada sirve al
bebedor para letrear aquello que en el jardín
arruinado se ofrece para señalar la experiencia
anterior. Todo se perdió y todo recomienza.
Siempre así. Indiviso así. Astillado y de obscuro
temblor. Con forma de palabras, como aquella
vez de la ardiente redundancia arcaica e insanable
del primer modo escrito, como los tropiezos del
lenguaje, como todo aquello que las cenizas juntan
para decir, como todo aquello que cenizar hace falta.

Temulento, el alfabeto del golpeado parlador
Redime sus incongruencias, salpica suplicas;
orada, en tenue luz, la siempre primaria palabra
que actúa. El hundimiento permitido será aquella
etapa a recordar; lo chiquito del día, la primera
estructuración donde aquel acto de habla
desempeñó su siempre cauta y callada definición;
su estéril intento, su siempre firme intención de
decir. Conversación muda ante la inminencia de
los ojos secos, expectantes.
¿A quién atisbas con tu sordera que me oye, con tu
mudez que me asorda?


Áspera extensión, velas gastadas, y el peregrino
que siempre regresa sobre sus pasos. Acota su deseo,
sueña en silencio (y calla). Avanza por donde toda
carencia manifiesta su propósito.
En señal de oscuridad, en hojas de piedra y sal, en los
ancianos caminos se juegan los abecedarios astillados
y de opaco espanto.
En el espacio del osario una plegaria que se quiebra,
una oración que se derrumba. En los alfabetos bajo el
polvo ajado de la revelación donde la palabra se vuelve
cosa que obra.
Polvo al polvo lo que permanece, incluso después de la fe.



X

Bajo la ceniza conjurada sin lágrimas, efímera,
donde se reflejan las máscaras y el silencio,
donde se habla del viejo diluvio aún no nacido,
naufraga la palabra en este destejedor mar de
lenguas. En el despertar de las plegarias, nuestra
genuina fe a la deriva. Ya no hay más cielo, solo
un espacio descendido junto al polvo y destinado
a aquella oración llorada que rompe y aliviana
todo pronunciamiento a punto de decirse.

Aquellos lerdos fantasmas que hostigan las
sombras rancias de la lluvia, se empecinan en
seguir diciendo “no”, en nutrir de alquitrán la
voluntad y el verbo donde merodear el repliegue.
Dos oraciones, tres; sombras que el fuego de los
párpados remeda e irrumpen en rezos ajenos,
pálidos, mojados por gotas caídas desde antes,
ajadas, y huérfanas. Malogramos e hicimos
insalubre la imagen del refugio.

Barro en el vientre, polvo desleído que cayó
como piedra o noche, como andrajos orantes,
como mudo cantico, como cirios penitentes,
como brusca cicuta derramada, como aquella
rota rama de olivo.

Arrancado por fin el lienzo que, como sudario,
diseca y diezma el fuego afónico y casi sin vida
(ni visiones), la acción en la página será sonido
antiguo; una pluma a mitad de su noche fecunda;
la tapia, desolada, eterna, de cara al tiempo.
Entonces, ofrendar como cuando arden viejas velas,
como cuando tomamos las rotas palabras que, en
la borrasca, deja la revelación. Aún continua así
el acto. Poco de lo de antes ha cambiado.

En el altar, en la oración, en el muro, el
desafío aúna sus intenciones. Por los ojos
vallados brotan las pasiones que vienen a
lisiar el deseo. El bautismo, seco; y la oratoria,
rota. Tal las cenizas que cuestan barrer.
Nada queda. Barro, rostro, sangre y fe. Nada queda.



XVII

Ya no ampara aquel ícono, ya no basta. Se redujo
solo a un nombre, a una intensión. Y su simple
presencia cuestiona aquellas palabras que, según
entendían, eran para siempre. Ahora lo que ellas
significan serán otro escenario propicio y ajeno
en disputa. Huellas apenas divisadas; trozos de
algo que muestra; un rezo que, de afónico, viene a
acoplar aquellos murmullos ajenos a toda última fe.

Se abandonó la tarea de los profetas que tan solo
pueden predicar lo asido de los escombros. Hay
veces que se ven como sombras de sueños, como
sonidos lejanos producto de aquel eco vacío en que
se convirtió la historia. Ya es escaso lo que los aúna.
Ciertas hilachas en sus gargantas y poco más. Y así,
con la labor roída, encumbran lo que queda de sus
restos y guardan lo poco que les queda de presencia.

Como cubiertos, todos, por el manto del silencio
y el olvido, el polvo alcanzó a tapar sus caminos.
Siempre alivia cierto estrago, alcanza para evocar
lo mismo siempre necesario. Recomenzar, una y
otra vez. Antiguas y nuevas tumbas encierran los
rostros, lo mismo sucede con el cenizal de quien
queda y retorna con los labios cansados, los pies
desnudos y la boca seca, inconclusa, aplazada.

No hay reino: sólo el harapo, silencioso, el enigma
de ceniza
que vino a empapar a esta tierra y a todo
su desastre. Vladímir Ilich Uliánov encastrado en
mi penúltima voluntad de silencio; en la ausencia
profunda, en los fieles momentos perdurables de
los rezagados de la historia. Vuelve a hacer estallar
los íconos, límpiate de aquello que ciertos profetas
olvidaron. Y empieza, nuevamente, a nacer o morir.



IX

A sorbos, a gritos, desandando una huella innoble,
los negadores, hundidos en la herrumbre que, a
lonjazos sacros e intensos, afirma el amparo roto
de la lengua, atestiguan para comenzar de nuevo.
Monótonos, con el corazón arado, con el alma
antigua, continúan, una y otra vez, en la meridiana
y tenaz tarea que los tiene acostumbrado.

Quien escribe salmos con guijarros, con escombros
y silencio sobrepasa la osadía de apostar su mísero
y tan solo último tesoro: ciertas piedras, el polvo,
trozos de un rezo, la duda, el vacío. Todos encuentran,
sí, ésta su última palabra. Heridora, desposeída,
simétricamente insanable. Todos y él con sucia boca.
Sepulcro abierto es su garganta; veneno de áspides
hay debajo de sus labios
y ya no basta la geometría
del principio ni la soledad alzada y sus raíces de
espaldas a la tierra.

Algo o mucho comparten. Se afianzan a la tierra
que tiembla y, solo cuando quiere el mundo,
engendran y afirman las palabras de otro momento.
Pero aún lejos de aquel olor singular de la ceremonia.
Cada día, para siempre, el estoico luto los sobrevive
y esbozan, tierno, un pudor junto a sus rezos.
Tan mesurado aquel, como éste injusto.
Tan marcados de sabiduría, de márgenes de infecunda fe.
¿Qué nos queda de sus ateridos proverbios?
Esperanzas, aquel pozo donde habita la dulce luz gritada.

Y ahí, en esa zona, como en todas partes, los cansa la
sola soledad. Habitan y se hunden en el temor de quien
suspira frente al madero y su repugnancia, en esa gota
deshabitada, en el silencio atroz de la pared, y en el
despojado territorio que hace que continúe todo cerrado.
Ese silencio se grafica en todo aquel balbuceo
recíproco y se torna más tremendo que aquella
vieja y fiel división primaria. Estigmas.
Heridas que no existen. O solo imágenes.
Fe aún no nacida, impedida al comenzar y no
brotada del brindis en la seca vigilia.

Piedra y sal atadas a la espalda del peregrino.
Sus pies se apresuran para derramar sangre;
quebranto y desventura hay en sus caminos
,
junto a palabras como salmos innobles.
Sin embargo, discurre sí sus caminos, un día
y todos. Cuando suena el golpe, cuando
redobla el hierro, cuando se acaba con la flor
ajena, aun cuando su frente se hiere de marcas
y sortilegios. Llega a la pared con su silencio,
donde tenebrosas huellas dictan su destino todo
frecuente, sucio del mundo se reconoce en la
trama de la intemperie. Pies malditos, boca seca,
las piedras y la rota cruz.

Árida maleza. Plural. Sacralidades que rozan
siempre el verso llagado del mismo proverbio.
Pronuncian, ingieren, transitan. Y continúan
buscando. Ya no hay más tierra que una lengua
ciega en donde las sombras de aquella oración
insanable, acaricia e inunda la imagen vacía que
tanto persiguen. Eso semejan ser.

Castigados por el tiempo eternizan la búsqueda
de respuestas; hostigados por la luz, mordisquean
la verdad del sol ciego que los atrapa y que los
vuelve siempre al punto de partida.
Buscan respuestas junto a los espejos.
Analogías que ayudan a definir sus vidas, los ecos,
sus sombras frente a la tapia. Estas fueron sus historias.
Cenizas que deja la sentencia; exhausta a la oración.

[Poemas publicados recientemente en el libro del autor Cenizar (2025). Buenos Aires: Barnacle.]

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