Por Lucas Adur
i.
Hace casi exactamente un año, el 7 de abril de 2025, nació mi hija, Mora Luz.
Uno de mis temores, antes de su nacimiento (después, todo cambia) era: ¿voy a poder seguir leyendo?
Sé que suena estúpido, que hay cosas más importantes, pero eso me inquietaba. Les preguntaba a mis amigos con hijos: ¿y podés leer?
ii.
Hay un artículo de Raymond Carver –que leí hace mucho tiempo, en una revista en papel y que no puedo volver encontrar– que se llama, si la memoria no me engaña “Literatura con hijos”. Era una paginita donde el autor norteamericano exponía con contundencia su posición: en su caso, la opción por las formas breves –cuentos y poemas– no respondía, en primer lugar, a una decisión estética sino a un condicionamiento muy concreto. Tenía hijos y el tiempo que le quedaba para escribir era muy limitado. Por las noches, cuando los niños dormían, podía robarle horas al sueño para intentar un relato o algunos versos, pero le era imposible embarcarse en una aventura mayor, en asumir el compromiso que requiere, por ejemplo, una novela.
La idea me interesó. Como explicación es un poco ridícula, por supuesto (existen, conozco algunxs, novelistas que tienen hijos). Pero la pregunta de fondo sigue siendo sugerente: ¿hasta qué punto la paternidad condiciona, material, pero también simbólicamente, nuestras relaciones con la literatura?
ii.
El problema más evidente, como sitúa muy bien Carver, es el tiempo. La lectura requiere un tiempo de aislamiento que parece tensionar con la idea de familia, de paternidad. Y, sin embargo, el año pasado leí 97 libros, 36 más que en 2024. Así que no, el problema no fue exactamente ese. La paternidad y la lectura son compatibles. La lectura cambia radicalmente, pero no se vuelve imposible. Donde hay voluntad, no falta camino.
iii.
Una parte de los cambios se dieron en los soportes: ¿qué se puede leer con un bebé en brazos? ¿con un bebé durmiendo encima tuyo? (La paternidad y la lectura involucran la materialidad del cuerpo: posiciones, formas, pesos, texturas). Libros chiquitos, de formato muy pequeño: el primero, en la clínica, una edición de El héroe, de Lee Child; el último hasta ahora, una monografía de Stefan Zweig sobre Stendhal, una edición viejita, preciosa, que entra en una mano. También, claro, Kindle, que no solo se puede leer con una mano sino, milagro inesperado, en la oscuridad, sin perturbar el sueño de los justos. El celular, a veces, sí.
Pero también empecé a explorar un nuevo formato: los audiolibros. Los audiolibros permiten estar “leyendo” casi todo el tiempo: cuando camino por la calle, cuando ando en bicicleta, cuando lavo los platos. Dicho de otro modo: momentos en los que antes no podía leer se convierten en tiempo de lectura. Esto tiene que ver, claro, con la sensación de que ya no hay tiempo que perder, que todas las cosas que hay que hacer, hay que hacerlas ahora, cuando se puede, cuando la bebé lo permite. Sin embargo, no debería cargar las tintas aquí con respecto a la paternidad: es algo previo, mi insoportable ética protestante de que no se puede perder el tiempo, de que los inexorables minutos vacíos hay que llenarlos, por ejemplo, con lectura. El audiolibro acompaña y potencia esa obsesión: leer todo el tiempo. Neurosis, claro: intento de negar las pérdidas, los límites, la castración; querer ser padre y seguir teniendo tiempo para ese vicio impune, solitario, la lectura.
iv.
El primer libro que leí como padre fue Diario de Alaska, de mi amiga Lara Segade (2025), aunque en realidad leí su manuscrito (es un decir), en el Kindle, cuando todavía se llamaba Diario de la vida nueva. Es un libro sobre lo que significó para Lara el nacimiento de su hijo, Lucio, que sucedió casi simultáneamente con la enfermedad de su madre, María Elena. Esto es lo que escribí en mi diario de lecturas, cuando lo terminé, 11 días después del nacimiento de Mora:
Este es –según la lógica, aunque no estrictamente según la cronología– el primer libro que leí siendo padre. Es decir: el que hubiera leído de otra forma hace dos semanas. Es algo sobre lo que el propio Diario reflexiona: cómo la experiencia de la maternidad cambia la manera de leer. Mi lectura está, también, muy condicionada: por mi propia experiencia, porque quiero a Lara, porque conozco a casi toda la gente que aparece en el libro. Dicho esto: creo que Diario de Alaska me hubiera conmovido igual, aunque yo fuera una persona completamente distinta; digamos, un surfer australiano sin ningún vínculo con Lara ni ninguna experiencia de familia. Creo que es un libro hermoso, inteligente, triste y tierno. A veces con una ligera fricción entre lo lírico y lo prosaico pero quizás -buscado o no- es un efecto también de lo que es la maternidad: entre lo ordinario y lo extraordinario.
Diario de Alaska está sembrado de lecturas. Me reconozco en algunas de ellas -al fin y al cabo, con Lara compartimos nuestros años de formación-, otras las ignoraba minuciosamente. Pero, sobre todo, me reconozco en el acto de leer, en que nada lo detiene, en que la lectura es nuestra forma de procesar la vida y el mundo (conozco muy pocas personas que tengan con la literatura una relación parecida a la mía, y Lara es de esas pocas). Lo que el diario plasma en ese trabajo con las citas es algo que sugiere más que declarar: que la experiencia de la maternidad es a la vez, y de un modo muy intenso, única y universal. Por eso puede reconocerse en otras voces que la dicen, por eso necesita escribirla con su voz. Por eso, en la sección bellísima donde Lara quiere conectar, unir (sin solapar) la escritura de su madre sobre ella y la de ella sobre Lucio el juego es de acercamiento y distancia, de repetición y diferencia. El yo de la autora del diario está todo el tiempo incorporando a otros (a otras) sin diluir su singularidad. Me resultó muy lindo y muy potente eso; quizás porque uno de mis mayores miedos (y deseos, aunque suene paradójico) con la paternidad es perder un poco de narcisismo, pero sin dejar de ser yo.
v.
El modo de leer cambia, entonces, no solo en términos materiales (y cuantitativos), sino también simbólicos: posiciones, identificaciones, resonancias.
De repente, la violencia, incluso la ficcional (vista o leída), comienza a afectarme cada vez más. Estar constantemente expuesto a la pequeñez, la fragilidad absoluta, la inocencia de una bebé (de mi bebé, de nuestra bebé) es una suerte de extrañamiento de esta verdad evidente: todos fuimos, alguna vez, así de chiquitos. Entonces, cuando leo cómo unos matones intentan cercar y lastimar a Reacher (y son, por supuesto, ellos quienes terminan lastimados) me pregunto, ¿cómo se llega desde la infancia a eso? ¿alguna vez el ser apacible que duerme en mis brazos será víctima o agente de violencia? ¿Cómo se endurecen y se transforman los cuerpos, las almas?
Hay un poema de Bukowski, que pregunta casi literalmente eso. Un poema que siempre me había gustado, pero que nunca había leído con esta intensidad, no hasta contemplar a mi hija durmiendo:
No has vivido
hasta no haber estado en una
pensión de mala muerte
con nada más que una
bombita de luz
y 56 hombres
apretujados
en catres
y todo el mundo
roncando a la vez
y algunos de esos
ronquidos
tan
profundos y
tan bastos e
increíbles…
[…] Parece como si
se te partiera la cabeza
entre esos
sonidos
de muerte.
Y los
olores entremezclándose:
medias sucias y
rígidas y
calzoncillos
con orines y
excremento
y por encima de todo eso un aire que
circula lentamente
muy parecido
al que emana de los
cubos de basura
destapados.
Y esos
cuerpos
en la oscuridad
gordos
y flacos
y encorvados
unos
sin piernas
sin brazos
otros
sin cerebro
y lo peor de
todo: la total
ausencia de
esperanza
les envuelve
les cubre
totalmente.
No se puede
soportar.
Te levantas
sales
caminas por
las calles
subes y bajas
veredas
pasas edificios
doblas la
esquina
y vuelves
a subir
la misma calle
pensando
todos esos hombres
fueron niños
una vez
¿qué
les ha pasado?
¿y qué me
ha pasado
a mí?
(¿Qué le pasará a ella?)
vi.
Leo (en realidad, escucho) varias novelas de Stephen King. It, El resplandor, Cementerio de animales. Me impresiona mucho la violencia contra los niños que parece atravesarlas: el padrastro que mata al pequeño Dorsey de un martillazo en la cabeza –sin necesidad de ningún Pennywise–; Jack Torrance, borracho, rompiendo el brazo de Danny después de que este manchara con cerveza el manuscrito de la obra que estaba escribiendo –quizás el núcleo traumático central de El resplandor–; el terrible accidente que le cuesta la vida a Gage Creed en Cementerio de animales, narrado con una minuciosidad casi cruel –no tanto por el gore, sino por la desazón del padre, que estuvo a punto de alcanzarlo, de evitar el camión asesino: ese casi no lo deja seguir con su vida–. ¿Es algo azaroso o es un énfasis de mi propia lectura? En Pi, la peli de Aronofsky, dice que si buscás algo lo encontrás a lo largo de toda la creación (¿acaso leo, buscando, temiendo el sufrimiento de niños?).
Sin embargo, quizás no sea solo una casualidad o un énfasis. Un niño que sufre o muere quizás sea la escena más horrorosa que podemos imaginar, una especie de condensación de todos los temores comunitarios e individuales (y, desde luego, para eso no es preciso ser padre). Releo, también en estos días, Los hermanos Karamazov. Allí, el argumento de Iván contra la armonía divina del mundo es, justamente, el sufrimiento de los niños. Da tres ejemplos, históricos, uno más escalofriante que el otro, y dice que la muerte de uno solo de esos niños basta para desarticular cualquier teodicea, para abjurar de Dios y de su Creación, para “respetuosamente”, devolverle la entrada.
Sartre sintetizará después: lo único que puede excusar a Dios por el sufrimiento de un solo niño es que Dios no exista.
vii.
Leí también La carretera, la adaptación al cómic de la novela de Cormac Mc Carthy que hizo Manu Larcenet. Una obra maestra, oscurísima, en la que un padre y un hijo recorren un mundo post-apocalíptico. Un mundo muy cruel que me recordó a otra lectura, otro cómic, que siempre me perturbó, Skreemer, de Peter Milligan, Brett Ewins y Steve Dillon.
Estamos en otro mundo postapocalíptico, un Estados Unidos después de “la caída”. Ya no hay un gobierno centralizado sino una serie de autoproclamados presidentes, que son, en realidad, líderes de bandas mafiosas que controlan lo poco que ha quedado: comida, agua, alcohol (en este mundo, se puede matar por un poquito de whisky). Estos presidentes tienen sus propias milicias, a las que muchos jóvenes se unen, porque es casi la única manera de acceder a ciertos lujos, a cierto bienestar. El protagonista es Veto Skreemer, uno de los asesinos que trabajan para estos presidentes, una suerte de capitán, que irá acumulando cada vez más poder. Trabaja para uno de los peores y más depravados presidentes, una suerte de Calígula, que secuestra y mata niños en medio de grandes orgías.
El contrapunto está dado por la familia Finnegan. Charles, el padre, intenta abrirse camino en ese mundo corrupto sin corromperse. Constantemente les transmite a sus hijos que siempre hay una alternativa, que no se metan en las bandas, que no se dejen caer tan bajo. Entonces, un día, su hijo y su hija adolescentes desaparecen. Charles los busca desesperadamente. Los encuentra en poder de Skreemer. Los tiene encerrados a los dos en una jaula. Los van a obligar a tener relaciones entre ellos, para diversión del público. Entonces irrumpe Charles, el padre.
Está desesperado. Ofrece su vida por la de sus hijos. Skreemer le dice que no. Le dice que él les repetía a sus hijos que siempre hay otra opción. Entonces, le ofrece una opción. Al lado de sus hijos, también enjaulados, hay otros dos niños del barrio. La única manera de que no mueran sus hijos, le dice Skreemer, es que él, Charles, mate a esos otros chicos. Charles se niega: está dispuesto a morir él, a cortarse el cuello frente a todos. No, dice Skreemer, esa no es una alternativa. Si hace eso, él va a matar y torturar a todos los niños. Tiene una opción: sus hijos o los hijos de otro.
Le da un cuchillo.
Charles regresa su casa con sus hijos, con su consciencia y sus manos ensangrentadas. Ellos ya no pueden mirarlo a la cara. No pueden aceptar lo que hizo, lo que tuvo que hacer. Él tampoco. Abandona el hogar ese mismo día y pasará décadas deambulando por la calle como un loco, hasta encontrar la redención. Pero eso es otra historia.
Esta escena, como dije, me perturbó muy hondamente. ¿Y si ser padre es eso?
Estar dispuesto a matar. No titubear. Hacer lo que hay que hacer. Lo que sea necesario para salvar a los tuyos. Los límites cambian, se corren.
Tus hijos tienen que importar, que importarte, más que los de otros. (Hay una novela de Nick Hornby y un capítulo de House que discuten, menos escabrosamente, esa misma cuestión). ¿Yo podía hacer eso, quería, estaba dispuesto a convertirme en eso?
La carretera, como decía, me devolvió a ese lugar, a esas preguntas. Pero quizás esta historia (o mi lectura, ya con Mora como una realidad viva) me alumbraba otras respuestas.
En algún lugar, Lacan dice que la función paterna es una carretera. Un camino sinuoso que alguien siembra —o inventa— para que el niño pueda atravesar la selva espesa de lo real. Ese es el legado del padre a su hijo: un horizonte, una dirección y un camino. La carretera empieza en un mundo sombrío y parece volverse cada vez más oscura, como si descendiera a los infiernos. Pero, hasta en esa oscuridad, hay una forma de amor paternal: un legado. Una dirección y una huella por donde seguir caminando, incluso en ausencia del padre.
Quizás es eso: mostrar que siempre hay un camino. No siempre se puede elegir, pero se puede seguir caminando.
La lectura es acaso un legado. No una herencia, un legado: una manera creativa de leer el pasado.
“Ser padre es prometer un mundo”, leo en una novela de Miguel Vitagliano.
Sí.
viii.
A los ocho meses, Mora rasguña los libros intentando agarrar lo que ve ahí: gatos, piratas, jardineros, palabras. No se contenta con mirar, quiere intervenir con todo el cuerpo. Rasgar el papel, morderlo, llevarse algo, dejar sus marcas. La miro y pienso: está aprendiendo lo que significa leer.

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