Un dúplex en tu guantera

Por Gabriel Hernández

1. Melancolía, la tristeza de lo que permanece inalterable, lo que queda atornillado al filo de una época. Eso es Mar del Tuyú.

2. Alquilás un dúplex barato, en mayo, tres días. Queda cerca del lugar al que querés ir. Los dúplex, el parripollo, el alquiler de videojuegos, las canchas de fútbol, el dirigible de La Serenísima. Todos inventos de los ‘90. Un dúplex en Mar del Tuyú, parecido a los que tenía Néstor en Carapachay. Néstor, el mejor amigo de tu viejo. Tu padrino; el alemán; el que había comprado duplex’s y vivía de rentas; el que viajaba a Orlando (Florida) todos los años en los ‘90; el que te traía peluches carísimos de Disney; el que te regaló tu primer libro; el que te enseñó a manejar auto; el que te prestaba su 4×4 para ir a los boliches. El que estuvo preso tres años por pegarle a su ex mujer. Con un martillo. 

3. La peatonal de Mar del Tuyú, vacía. El local de fichines al que ibas de chiquito con tu abuelo, ahora cerrado, más bien, tapiado. Pispeás entre las maderas: Pac-Man, Daytona, Street Fighter. Los mismos juegos, en la misma esquina del local, con los mismos azulejos en la pared, con las mismas cerámicas marrones en el piso. Enfrente, el mismo bar con cuatro mesas de pool. Una vieja detrás del mostrador, fumando, mirando la nada. Todas las mesas con una bola amarillenta en el medio, como un huevo podrido sobre un tapiz verde,  deshilachado. En ese bar probaste la cerveza por primera vez. Con tu abuelo.

4. Cuando eras chiquito la peatonal te parecía más grande. Esperabas todas las noches para ir con tu abuelo al local de fichines. Las cosas en un balneario como Mar del Tuyú no parecen cambiar. Y si cambian, nadie quiere darse cuenta.

5. No querés ir a lo que viniste. Mejor subís al auto, viajás. Escuchás vibraciones en la guantera. Una, dos. Varias más. No les das importancia. Tomás la calle 2, rumbo a Costa del Este. Un kilómetro  de viaje y, después, la calle se transforma en un camino de arena. Llegás. Cafeterías de autor, restaurantes con cocina también de autor. Camionetas, 4×4’s, estacionadas, “aires de chetos reprimidos con doble apellido”, pensás. Recorrés el pueblo. Chalets, casas, chalets. Ni un solo dúplex. 

6. Tu viejo no lo vio más a Néstor. Dicen que el alemán se fue a vivir a un páramo en la Patagonia que se llama “Cajón de Ginebra Grande”. Lo googleaste. Tiene cuarenta y dos habitantes y un almacén. ¿Qué infierno tan grande habitan algunos que necesitan vivir en lugares tan tranquilos?

7. Costa del Este. Una 4×4 pasa a gran velocidad, al lado tuyo. Levanta un charco de barro y te empapa. “¡La concha oligarca de tu madre!”, le gritás. Intentás limpiarte con un pañuelo de papel. No podés. Creés que Costa del Este es un balneario en el que quisieras descansar unos días, pero que no podés pagar. Entonces, decidís volver a Mar del Tuyú. Subís al auto. La guantera vibra. Una, dos, tres. Cuatro veces, de forma intermitente. Llegás al dúplex. Girás la llave de la puerta, prendés la luz. Mirás alrededor. Estás seguro de que algo en el duplex cambió y no podés describir qué.

8. Tomás coraje. Caminás tres cuadras y doblás en la calle 89. Ahí está. El dúplex de tus abuelos. En realidad, era de tu abuelo, “él lo había comprado, mi abuela solo limpiaba, cocinaba, barría”, pensás. La casa está derruida, tapiada. Una gran cadena oxidada cruza la reja de la entrada.

Caminar todas las mañanas con tu abuelo y comprar el diario en el puesto de la calle 59 era una rutina hermosa. Él te enseñó a pescar en el muelle de Mar del Tuyú. Tu abuela, siempre se quedaba en el dúplex. Solo una vez ella fue a pasear con ustedes. Caminaron cuatro cuadras, te sacó una foto con tu abuelo en la puerta de los fichines. Después, tu abuelo la echó. Ella volvió a la casa.

9. Tu abuelo murió hace diez años. Tu abuela se está muriendo. Parece que siempre tuvo problemas de cadera. Ella está perdiendo la memoria para cosas muy cotidianas, pero de forma increíble recuerda cosas lejanas. Hace poco la visitaste y te contó que, durante muchos años, tu abuelo salía de trabajar los viernes y volvía a casa los domingos por la tarde. Y que se “ponía malo” si ella no tenía lista la pava con los mates para recibirlo. También te dijo que lo que más le dolía a ella no eran los hebillazos en la espalda. Le dolía no saber a dónde se iba su marido.

10. ¿Es posible querer a alguien que no sea un ideal? ¿Podés amar a alguien que no es ejemplo de nada? ¿Recordar y sentir una nostalgia calcárea por tu abuelo disculpa el daño que causó? Lo seguís extrañando. También, te gustaría llamar a Néstor, a ver cómo anda. 

11. Tu abuela no quiere contar nada sobre el dúplex de Mar del Tuyú. Una vez le insististe. “En esa casa pasaron… cosas”. Solo eso.

12. Viernes a la tarde. Subís al auto. Respirás. Abrís la guantera. Sacás el celular. Veintidós llamadas perdidas de tu ex pareja. Otras tantas, de tu abogado. Esta mañana era la mediación. Volvés a dejar el celular. Necesitás conectar con otros aires.

13. En Mar del Tuyú las cosas nunca cambian. Tres mil residentes evitando que la repetición de la vida no los pase por encima. Agarrás la ruta 11. En la entrada a la Ciudad de Buenos Aires, tenés que aminorar la marcha. Frenás. Un piquete. Te mordés la lengua. Las horas pasan. Lo soltás: “Negros de mierda, como me gustaría pasarlos por encima”.

[Cuento publicado en el libro del autor de reciente aparición, Lo que flota no es el cuerpo (2026). Buenos Aires: Caburé.]

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