Por Paula Labeur
Hace ya dos años que un grupo de mujeres se reúne en La Roffo, una biblioteca popular del barrio de Villa del Parque en un club de escritura que lleva por nombre “¿Quién es yo? Escritura autoficcional y no tanto”. Múltiples discusiones se han suscitado alrededor de eso que vamos entendiendo martes a martes de manera quincenal como zambullirse en los recuerdos de una vida para encontrar los relatos que den cuenta de ellos así como han sido guardados en la memoria y así como podemos contarlos para compartirlos. “Esto pasó de verdad”, dice alguien cuando leemos un párrafo; “esto lo inventé” acota cuando seguimos con el texto.” ¿En serio te dijeron eso?” pregunta alguien, sorprendida. “Lo cambié un poquito”, responde quien supuestamente escuchó la frase inesperada mientras el relato termina de armarse con un final que guarda con la verdad una relación leve que juega con la textura huidiza de la memoria y la búsqueda de un efecto que vuelva querible el relato.
De lo que quería hablar es de un día de marzo de 1975 cuando estábamos en la casa de Martita, que era una amiga de mi mamá. Eran esos tiempos en los que los vecinos se conocían todos. No sólo los de tu propia cuadra sino los de la otra y la otra. Se paraba a conversar con ellos un rato y se seguía con el día. Un poco porque se vivía menos de prisa, otro poco porque éramos menos desconfiados y mucho porque mi mamá hablaba hasta con las piedras. ¡Las veces que hemos salido a buscarla para saber si íbamos a comer!
Son las consignas de escritura las que van guiando la búsqueda y la resolución de las escenas, anécdotas, situaciones que vuelven a la memoria pescadas por ese desafío. Las consignas, como pretexto, parten de un texto breve o de un fragmento de autores argentines que opera como modelo de una estrategia narrativa, de la imitación de un estilo “a la manera de” o ponen en escena hechos que desencadenan otros asociadas e invitan a escribir a unas participantes que quizás, por primera vez, se lanzan a la aventura de recuperar en escritos autobiográficos recortes de una vida.
La cocina es una herencia familiar. Tanto mi abuela materna como mi mamá lo hacían muy bien. Pero la que se llevaba todos los premios era mi abuela paterna, Isolina, que además lo hacía para mucha gente. Recuerdo que cuando mirábamos “Buenas tardes, mucho gusto” discutía con Doña Petrona porque usaba demasiados huevos en alguna receta y que ella la haría con menos. Y era verdad. Creo que ese era uno de sus juegos preferidos: desafiar las reglas de las recetas de tan afamada cocinera por la más realista versión de un ama de casa que tenía que cuidar el presupuesto. El otro, sorprender a cada uno de nosotros con algo rico que parecía estar esperándonos especialmente. “Andá a la heladera que hay algo para vos” era su frase habitual.
Ocupaciones raras: tómese un rato para rarificar una ocupación personal o familiar habitual porque la presenta al modo de Julio Cortázar en “Instrucciones para subir una escalera”. Apuntes para un personaje: A la manera de Mauro Libertella en Ricardo Piglia a la intemperie escriba diez apuntes sobre un único personaje de su autobiografía (que puede ser usted misma). Al abrigo del mundo: Después de leer “Al abrigo” de Juan José Saer, cuente ese momento en el que descubrió algo escondido al abrigo del mundo y sus consecuencias inmediatas. Qué cosa es el universo: Después de analizar con detenimiento los sistemas clasificatorios de Wilkins, del enciclopedista chino y del Instituto Bibliográfico de Bruselas presentados por Jorge Luis Borges en “El idioma analítico de John Wilkins” establezca uno que le permita dar cuenta de géneros y especies que conforman el orden clasificatorio de alguna de las habitaciones de su casa (actual o de otra época).Una escena para ser vista: A la manera de Esteban Echeverría en “El matadero” describa una reunión familiar desde una perspectiva a la distancia y llena de animación.
Cuando era chica, el olor de la salsa de tomate ideal para mojar el pancito se colaba por debajo de la puerta de mi habitación como sinónimo de domingo. Provenía de la cocina de mi tía que se levantaba muy temprano y la hacía a fuego lento durante horas. Digo la cocina de mi tía porque la casa donde crecí, atípicamente, tenía dos cocinas: una, de mi mamá y otra, de mi tía.
En esa casa convivíamos mis padres, mi hermana y yo, pero también mi tía Elena y mi tío Tito, los hermanos solteros de mi papá, aunque muchos pensaban que formaban un matrimonio. Durante los días de semana con los distintos horarios de trabajo y estudios cada cual cocinaba y comía en su cocina. Pero los domingos compartíamos la mesa grande del comedor y si mi papá no organizaba un asado, eran de ravioles.
En realidad todo empezaba el sábado a la noche con la pizza casera que mamá preparaba para todos; cuando terminaba la cena empezaba la operación ravioles, con el ritual de siempre del que los hombres no participaban.
Tres fotos: Después de leer «Álbum de fotografías» en la tercera entrega de Boquitas pintadas organice, a la manera de Manuel Puig, su propio álbum de tres fotografías que sostengan algún hilo entre las tres. Tipología familiar: A la manera de Domingo Faustino Sarmiento en el Facundo, organice a esos tipos locales, curiosos y originales que suelen habitar las reuniones familiares. En el planeta Tierra: Después de leer “El aprendiz de brujo” de Rodrigo Fresán, elija un hecho significativo de la historia reciente. ¿Qué estaba haciendo usted cuando eso sucedió? Algo en que ocupar las manos: A la manera de Virginia Higa en El hechizo del verano cuente esa actividad que hace cuando quiere ocupar las manos. En la intimidad de la conciencia: Al modo de César Aira en El Tilo describa alguno de esos juegos que juega en la intimidad de la conciencia. No se olvide de que, como dice Aira, en estos casos describir es explicar.
Desde que recuerdo, siempre tuve una cercanía muy especial con el mundo del cine. No sólo porque a mis padres les encantaba ver y comentar las distintas expresiones de un arte que por aquellos años sumaba adelantos técnicos a gran velocidad, sino porque mi papá se había comprado una filmadora Pathè y dos proyectores de 9 y 16 mm. Y fue así cómo quedaron inmortalizados mis primeros pasos, caminando por la terraza de casa abrazada a mi muñeca y sonriendo a la cámara.
La televisión era por entonces la loca fantasía de un futuro muy lejano. El pasatiempo de papá convocaba a la familia y los amigos a casa, a ver cine. La mayoría de las películas las compraba en un local del microcentro, eran en blanco y negro y mudas. Estaban las que provocaron nuestras risas, con protagonistas como Charles Chaplin, Harold Lloyd, Beaucitron, el dibujo animado “El Rey Petiso” y tantas otras. También estaban aquellas inquietantes como Miguel Strogoff, que nos hacía pensar que la maldad era imparable, aunque finalmente ¡y para alivio de todos!, siempre se imponía el bien y el perverso Iván Ogareff recibía el merecido castigo. Por supuesto no faltaba el romanticismo, con una Cenicienta maravillosa, que nos invitaba a soñar y por suerte duraba mucho: ¡dos carretes de celuloide!
Era muy gracioso escuchar a mi padre haciendo las veces de sonidista y, cuando su técnica se iba perfeccionando, nos maravillaba con las imágenes coloreadas con un dispositivo circular en el que colocaba celuloide pintado frente a la lente del proyector.
El resto de las películas eran filmadas por papá y testimonio de felices momentos compartidos en familia. Paseos, actos escolares, vacaciones y cumpleaños eran revividos con enorme emoción. Hoy los proyectores adornan el living de las casas de mis hijos. Las películas se fueron perdiendo porque, lamentablemente, la vida fue pasando con todos sus matices y el celuloide también envejeció y se resecó.

Los encuentros han ido forjando una rutina. Raquel, Patricia, tres Silvias, dos Gracielas, Beatriz, Gladys, Elba y Ana Emilia envían sus escritos por mail o mensajes de Whatsapp o fotos que convertimos a texto según sea el estado tecnológico de cada una. Compaginados en un único documento de Word, leo en voz alta y comentamos. Esos comentarios hablan de los textos, pero hablan también de experiencias asociadas que de pronto son compartidas: una época, un barrio, unas infancias lejanas en el tiempo que se actualizan en la charla, adolescencias y aquello que ocurrió hace un par de semanas. La charla avanza como un rizoma hasta que volvemos al siguiente relato. Anotamos sugerencias, nos prometemos revisar los textos después, quizás. El tiempo hará los suyo con nuevas miradas sobre la narración de unos recuerdos que se acomodan a un yo que sigue preguntándose quién es.
Me acuerdo de las películas de Boris Karloff que veíamos con tía Norma.
Me acuerdo de las pilas de audífonos usadas que servían para marcar los puntos en los juegos de cartas.
Me acuerdo de la Knitax de mi mamá y de la gomina York que usaba mi papá.
Quince minutos antes de finalizar alguien lanza siempre la misma pregunta: “¿y qué hay que hacer para la próxima?”. La nueva consigna se ve seguida indefectiblemente de una queja gozosa que habla de lo imposible. Bufar un poco y reírse de sí sabiendo que en quince días algo va a aparecer para resolver esa restricción ineludible que abre las puertas de la memoria personal y familiar como en los anteriores quince días de dos años de trabajo en conjunto.
Crema, chocolate, vainilla, frutilla, dulce de leche, limón, banana, mascarpone, tramontana, frambuesa, pistacho, granizado, frutos rojos…podría seguir nombrando cientos de variedades de helados que existen en la actualidad.
Cuando yo era chica en Zárate, mi ciudad natal, había una sola heladería, Tomea, donde podías tomarte un vasito de crema y chocolate, los únicos gustos que había. Algunas tardes de verano era una fiesta ir hasta la calle Justa Lima, sentarnos en un banco de plaza que tenían en la puerta y disfrutar de ese vasito.
En algunas tardes de verano vamos hoy con mi mamá a tomar un helado a una heladería muy linda de Devoto, nos ubicamos en una mesa afuera. Ella espera sentada y yo voy a comprar los helados. Antes le preguntaba: “¿Qué gusto querés, Luján?”. Ya no le pregunto más porque sé la respuesta: crema y chocolate.

Cada año de encuentros finaliza con una presentación pública. Abrimos el club a les amigues y las familias. Para la primera elegimos un texto de cada una de las participantes resultante de una consigna de escritura diferente debidamente revisado para la ocasión. Amor, aventuras, situaciones absurdas: una mezcla temática leída en una performance de dos actrices en el escenario del salón principal de la biblioteca. Para la segunda, “10 relatos con piano”, elegimos aquellos textos que algo tuvieran que ver con la música. La actuación de las lectoras se vio acompañada por una pianista. No es lo mismo leer en el club cada martes que ser leída por una actriz en un escenario. No es lo mismo leernos entre nos que leer para un público. No es lo mismo la intimidad alrededor de una mesa que un salón lleno de gente.
Chingolo era una vanguardista del arte. Se recibió de profesora de música y amaba serlo. El piano era su pasión. Estudió quién sabe dónde teatro y declamación, pero fue sobre todo una espléndida autodidacta. Viajaba a Buenos Aires, veía las obras y las replicaba en el pueblo copiando la escenografía, luces, trajes y todo lo que implica ponerlas en un escenario. Un día fui convocada, como muchas chicas y chicos, para montar la zarzuela Las Leandras en 3 actos. Chingolo seleccionó el plantel, armó el elenco. Consiguió las voces de los principales, luego el coro y las parejas y los pasos de baile que aprender. Ahí entraba yo. Me tocó Juan Carlos Gogorza de compañero. Éramos más de 12 parejas. Llevó más de un año de ensayos por la noche de lunes a viernes, aprender letras y pasos de baile, perder el miedo a exponernos al público: todo nos enseñó.
Hijes, nietes, maridos, hermanes, amigues, vecines, algunos visitantes frecuentes de la biblioteca conformaron un público numeroso que reía donde quienes habían escrito los textos esperaban que rieran, decían “aaah” donde el texto lo requería, exclamaban “uuuuh” cuando se veía venir el desastre. La lectura oral acompañada de un piano, una práctica un poco anacrónica, novedosa para todes les participantes del encuentro, hizo su magia para transformar a las diez señoras del club de los martes en autoras. Una sorpresa para ellas mismas y una sorpresa aún mayor para las distintas generaciones de las familias que aplaudieron y vieron que eran aplaudidas sus madres y abuelas cuando las historias familiares, quizás escuchadas más de una vez, encontraban un nuevo marco. Público, presencial, comunitario.
Solíamos pasar Navidad en la casa de mis abuelos maternos en José Ingenieros. Mi abuelo no quería ir a otro lado porque, aunque cerraba la fiambrería, si los vecinos le tocaban el timbre él los atendía igual. En una ocasión Octavio, su hermano menor, le pidió reunirnos en su casa, en José C Paz para poder pasarla también con la madre de ambos. Ante su negativa, le deslizó que tal vez el año siguiente podría no estar viva. Entonces mi abuelo aceptó.
En un momento alguien hizo la gran pregunta:
-¿Cómo vamos a viajar todos hasta allá?
En aquella época José C. Paz era el campo y nosotros éramos unos cuantos; mi papá y mi mamá, nosotros tres, mis abuelos Antonio y Antonia, los tíos Mario y Alba con mis dos primas, tía Teresita, que tenía cuatro años más que yo, el tío Juan y mi bisabuela.
Mi abuelo le pidió el camión prestado a un compadre, pero estaba descompuesto, el tío Mario tenía una chatita pero era chica para tanta gente. Finalmente mi papá apareció con la gran solución: el dueño del colectivo que manejaba que además era su amigo le prestaba el «coche» para pasar Navidad.
El 24 de diciembre pasado el mediodía mi madre preparó las valijas, como si nos fuéramos de vacaciones, después, fuimos a buscar a nuestros parientes. En la puerta de la casa de mis abuelos nos esperaban todos juntos y preparados para viajar. Partimos: Los chicos armábamos un gran barullo, saltábamos cantando «vamos en colectivo, vamos en colectivo» mientras los grandes trataban de charlar y mi padre, con su santa paciencia, de concentrarse en el tránsito.
-Io voglio mangiare- dijo la nonnina
-Pero, nonna, si usted tomó la leche antes de salir- contestó mamá en castellano
-No, lo voglio mangiare! – volvió a decir
Y asi, entre quejas de la bisabuela y nuestro coro de» vamos en colectivo», llegamos a José C Paz donde nos esperaba el resto de la familia que nos saludaba agitando las manos desde que doblamos la esquina. Los grandes entraron a la casa. Última de todos iba la nonnina diciendo «io voglio mangiare»
En el futuro hay un libro. Un libro de cada una de las participantes. Será una novela collage que organizará de a fragmentos una vida mirada desde el presente de la escritura. Esos “quién es cada uno de los yo” en un catálogo de novelas fragmentarias irá develando historias personales y familiares al modo de la memoria de un mundo que ya no existe, ese que puede encontrarse solo en el recuerdo de estas autoras constituidas en una especie de cronistas ficcionales: ¿te acordás de las páginas amarillas, de los clasificados, de las puertas giratorias, de las galerías, de la colección Robin Hood, del clack del selector de canales, del teléfono fijo en la casa de los vecinos, de los juegos en la vereda, de las estufas a kerosén, de los disquetes, de la tele en blanco y negro, de la 386, de la sábana-pantalla en el patio, de la pileta de lona, de los muritos de las casas sin rejas, de los abuelos en casa, del teléfono medido, de las funciones de dos películas en los cines de barrio, de la Marilú?

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