Por Carolina Meijome Torres
Podés leerlas de corrido. El criterio es sólo el orden alfabético. Si quisieras jugar, podés elegir una palabra o imagen por algún motivo o porque sí y leer el relato que lo acompaña. Ojalá te haga recordar algo, o pensar algo o sentir algo.

Astrología
Estoy en el quirófano. Es la cesárea del nacimiento de mi hijo. Lo recibimos y le dimos la bienvenida. Nos conocimos y estuvo un buen rato sobre mi pecho, apenas nacido. Después, el pediatra lo llevó junto a su papá a pesar y revisar. Una vez pasado todo eso, y pasados el miedo de la emergencia, la emoción, la euforia, la alegría y la felicidad, esta última extrema, me quedé un rato sobre la camilla sintiendo, o mejor dicho, percibiendo lo que no sentía de mi cuerpo. De repente no siento las piernas. No siento, ni puedo mover -para nada-, ni las piernas ni el piso pélvico. Es un montón.
Lo que sí siento, es que una de mis piernas se cae. La obstetra la ataja y la coloca suavemente de nuevo sobre la camilla. No siento el golpe, pero después encuentro la cascarita de la lastimadura. Aunque no lo siento, igual se lastima. Eso es un riesgo de anestesiarse. No sentís nada, pero pasa igual. Y te lastima igual.
Trato de distraerme y de pensar en otra cosa, porque si me quedo en la sensación de lo que no siento, me perturba. Me habían explicado paso a paso la cesárea, el telón que bajaría para ver el nacimiento de Amadeo y que luego volvería a subir para que puedan suturar, capa a capa, el tejido que habían cortado. Me explicaron como la anestesia haría que no sienta dolor, pero que igual iba a sentir los movimientos. Me siento contenida y cuidada. A la obstetra y la partera las conozco hace meses, me acompañaron y conversamos durante el embarazo. Me preguntaron cada encuentro si tenía alguna duda y me dijeron todo lo que necesitaba escuchar. El anestesista y la enfermera también se presentan antes de empezar la cirugía. Siento que todo está bien.
Descubro, de refilón, que en la lámpara del quirófano podría ver el reflejo de mi abdomen. Elijo no mirar. También miro para otro lado cuando me sacan sangre y cierro los ojos en las películas cuando hay escenas sangrientas. Intento concentrarme en respirar. Puedo sentir el diafragma y su ir y venir, y este movimiento ha sido mi refugio en otros momentos de tensión. De repente siento un tironeo en el abdomen. Pregunto: ¿Todo bien? y la obstetra me dice que sí, que está viendo que esté todo bien con los ovarios. Luego de unos segundos pregunta, ¿Amadeo de qué signo es? Es de Libra, contesto. ¿Y vos de qué signo sos? Le pregunta a la enfermera. De Escorpio, del tercer decanato, ella contesta. El anestesista no cuenta de que signo es, pero empieza a explicarnos de qué van los decanatos. ¿Y la mamá de qué signo es? Continúa la obstetra. De Piscis, respondo. Cierto, dice, ¡Otra pececita! En conversaciones anteriores ya había compartido su signo conmigo.
Me doy cuenta de la intención de distraerme. No lo logran. Durante la charla, sigo sintiendo la manipulación en mis tejidos anestesiados. Igual sonrío, porque me da ternura el intento.

Asumir
Mi hijo tiene seis meses. Se llama Amadeo y es precioso. Es muy hermoso. Cuando sonríe, todo brilla más. Tiene una mirada dulce y le encanta estar upa. Sobre todo si el upa es caminando o bailando. Le gusta que le canten, lo miren a los ojos y le hablen. Es muy divertido estar con él. Lo pone contento salir a pasear. Y tiene síndrome de Down.
La noticia de su diagnóstico llegó durante el embarazo, en la semana 11. Por cuestiones cardíacas y de bajo peso, nuestra obstetra nos indicó una interconsulta con un obstetra de alto riesgo. Fuimos a verlo. Se emocionó mucho y con los ojos llenos de lágrimas nos dijo que él también era celeste rabioso. Asumió que porque no abortamos, éramos celestes. O sea, que estamos en contra del aborto. Asumió mal. Estamos muy a favor de decidir. Muy a favor del aborto legal, seguro y gratuito. Amadeo no nació porque estamos en contra del aborto. Nació porque es un hijo deseado, esperado y amado. Si algunos médicos cambiaran la acción de asumir por la de preguntar y escuchar, sabrían más de sus pacientes.

Barriga
Durante el embarazo me pasó algo que no me sucedía desde la adolescencia, que es sentirme a disgusto con mi cuerpo. Esto no emergió internamente, sino que fué sembrado por comentarios externos. Mejor dicho, fue sembrado por comentarios externos en mi infancia y en la actualidad rescatado de los confines por un comentario desafortunado. Algunas de las cosas que escuché fueron:
4 meses de embarazo, familiar: “Qué barriga que echaste”.
5 meses de embarazo. compañero de trabajo: “Ahhh estás embarazada, felicidades. Antes de saberlo pensé: cuánto engordó esta chica”.
8 meses, familiar: “Ay no te puedo ver así, vos que eras tan flaquita”.
4 meses de vida de Amadeo, familiar: “Quedaste más ancha después de Amadeo”.
En este punto del relato suele venir el rebate:
“Pero si vos te querés a vos misma, los comentarios no te afectarían. Tenés que trabajar tu autoestima”.
Como si no fuésemos seres sociales, quienes construyen su autoestima, valoración, opiniones, sentires y pensamientos vincularmente. La mella del individualismo caló tanto que se pretende una autosuficiencia que además de ingenua, irreal o ilusoria, me parece asquerosa.
Menos mal que además de las personas opinadoras compulsivas, existen las sensibles. Y menos mal que estoy rodeada mayormente de ellas. Con estos otros relatos, vínculos y espacios de pertenencia afloraron también sensaciones, percepciones, sentimientos y pensamientos agradables, placenteros, de disfrute y suma gratitud por mi cuerpo, su belleza y su potente vitalidad. Menos mal, sino me hubiera distraído con zonceras y me perdía de la magia increible.

Destino
Mi hijo no vino a enseñarme ni a mostrarme nada. Lo absuelvo por completo de esa responsabilidad. Amadeo vino a vivir su vida.
Eso no quiere decir que con su llegada no se hayan sacudido y puesto en cuestión todos los cimientos de mi existencia. Pero la responsabilidad de atender eso, corre por mi cuenta.

Herida
Quizás algo común a los vínculos familiares sea la herida. Pienso en un sentido de familia ampliado, no sólo en la familia sanguínea. Padre, madre, hermana, pareja, amigas, amigos. Quizás cierta intimidad y profundidad se alcanza luego de herir y ser herida. En eso y en quedarse. Cierto es, que después de algunas heridas, es mejor cerrar el vínculo. Irse, porque no hay reparación posible y se torna peligroso. Pero, si la herida da para quedarse, y la disposición de reparar y encontrarse es amplia y mutua, el grosor de la experiencia compartida es tal que se goza de una confianza potenciada. Como cuando te lastimas la piel y el tejido se encarga de generar tejido nuevo. Ahí, en la cicatriz, está el dolor que existió, sí, pero también está la magia de reparar y regenerar, de hacer piel nueva.

Muertos
Luego de ser madre, me he imaginado a cada uno de mis muertos conociendo a Amadeo.
Papi, haciéndole canciones, claro. Y contándole cuentos. Imagino sus ojos riendo al verle la sonrisa a Amadeo.
La tía enseñando todos los juegos de cartas que existen, pero más, enseñando a no hacer trampa, porque sino la cosa se pone seria. Y porque aunque pierdas, toca la torta más rica del mundo.
La abuela, midiendo en su cuerpo los camisones para dormir que le hizo, y de paso, entrenándolo en el juego de las estatuas, porque sino, pinchan los alfileres.
Pibito, con los ojitos perrunos más dulces del mundo, enseñando de amor incondicional.
Mami, haciéndole upa. Esta escena es quizás la que más me duele. Quizás por la cercanía en el tiempo, quizás porque recién siendo madre comprendo algunas cosas nuestras. Y me conmueven.

Romantizar
Soy una persona romántica. Por eso he notado que hace un tiempo no está para nada de moda serlo. De repente, no sé cuando, romantizar se volvió del todo negativo. Comparto que muchas veces lo es. Pero lo romántico y el amor romántico no me parece algo para descartar del todo. Algunas afirmaciones exageradas y sumamente melosas son necesarias para expresar una sensación en un momento dado. Por supuesto que si las tomamos de manera literal son del todo inadecuadas. Como dice una canción: “Si un día parase el calor de tu mirada. Ese día moriría”. Y si, leída literalmente es un bajón. Pero quizás las expresiones románticas no son para leerlas tan literal y racionalmente. Quizás intentan expresar con el límite del lenguaje una textura de lo que sentimos o percibimos. Algo que desborda las palabras para todos lados.
En contra de toda moda, sigo a favor de lo romántico. Si no, no podría expresar tal cuál siento ahora la experiencia de maternar. Muy romantizada la situación de mi parte, estoy sumida en un hechizo que poco me importa cuán sensato es. Sí. Tengo sueño. Y también tengo que inventar algo nuevo cada día. Como por ejemplo un malabar para hacer pis y hacer upa a la vez. De todos modos, siento tal felicidad, que cuando en la madrugada mi hijo me sonríe, ya está todo.
No te digo que me sienta en Disney porque quizás eso es algo extraordinario, con luces y una exageración de colores y orquestas. A mi la felicidad que me pasa, es mucho más simple y cotidiana. Más común. Eso me alegra, porque las felicidades espectaculares suceden una vez y quedan por ahí, en algún recuerdo. En cambio, las cotidianas. las llevamos en los huesos.

Temporalidad
Nunca jamás había imaginado ser mamá. Jugaba de niña a serlo, sí. Aunque no era el juego más elegido con mi hermana ni mis amigas. Mucho más jugábamos a ser sirenas con las fundas de almohada, forrandonos las piernas para tener una cola de pez. O a las cartas con la tía. O a los juegos de mesa. O a la soga. O a andar en bici. O, de mis preferidos, el piso es lava, saltando de cama en cama y trepadas a la puerta para recorrer el cuarto de círculo que podía transportarnos. Los juegos de todes o los inventados, como pelea de pies que ante un grito nos reunía con mi hermana en algún cuarto de la casa para unir nuestras plantas descalzas y medirnos en fuerza.
Si imaginaba el futuro, era siendo veterinaria entre perritos o entrenando gimnastas para hacer piruetas voladoras. No mamá. Durante los ‘veintis’ y ‘treintis’ ni de cerca. Estaba ocupada y me parecía una locura dedicar mucho tiempo de mi vida a otro ser humano. Me suscitaba una sensación de atrapamiento. No hace tanto, esa disposición interna cambió. De repente era claro que tenía ganas de criar, de estar ahí y de acompañar. Sigo ocupada, pero aprendí la habilidad de hacer lugar. Dejé de repetir que no tengo tiempo, para observar que el tiempo es vasto y existe un márgen de decisión para contar con él. Ahora, no me abruma la demanda enorme de acompañar a mi hijo, de dar la mano en la construcción de la autonomía y el despliegue de sí. Por supuesto que sí me da miedo, pánico, terror, ansiedad, inseguridad -también alegría, gratitud, entusiasmo-…pero esos ya son temas del futuro.

Tocar
Cuando nació Amadeo, nos dió mucha felicidad que nuestra familia y amigxs lo conocieran. También descubrimos que a él le gusta mucho estar con personas. Estar upa y ser abrazado por la abuela, las tías y tíos que además de amarlo, traen consigo el gesto de cuidado. De lavarse las manos antes de agarrarlo, de reprogramar la visita si se congestionan y de estar atentxs a cuando es suficiente y Amadeo expresa, a su modo bebé, el deseo de volver con mamá, con papá o de estar un ratito libre en el piso.
Sin embargo, paseando en la calle, tuve que practicar en voz alta la frase “no se tocan los bebés”. Nunca había imaginado que personas desconocidas, o sea, que no me conocen y que no las conozco, se acercarían a mi hijo bebé, extenderían su mano y lo tocarían. Las primeras dos veces no me salió la voz. No se si fué la sorpresa o el shock. Entendí lo que había sucedido una vez que lxs desconocidxs, sonrientes, siguieron camino. La tercera vez tampoco me salió la voz pero rotando sobre mi eje aguardiané a mi hijo con el cuerpo. La desconocida esta vez me tocó a mi. Acariciando mi frente. Como si una vez que se propuso tocar, si o si tuviera que hacerlo. Después de encontrarme con que pasan estas cosas, dedique un tiempo a practicar. En casa, frente al espejo o caminando o sentada empecé a decir en voz alta: “no se tocan los bebés”, “no se tocan los bebés”, “no se tocan los bebés”. Ahora, cuando alguien se acerca mucho, puedo decirlo. Incluso me doy cuenta de la incomodidad y el alerta que se genera en la otra persona.
De esta manera evito que una cantidad considerable de desconocidxs toquen a mi hijo. No solamente porque no conozco que hacen esas personas con sus manos, si se tocan la cara y no se acuerdan y después tocan la mano de mi hijo. Mano que luego, Amadeo, se va a estar chupando un buen rato (los mocos, parte de la gran inteligencia de defensa de nuestro cuerpo, son un temón en un bebito. Cambian el sueño, el ánimo, la respiración…). También porque estoy decidida a enseñarle a mi hijo que nadie puede tocarlo sin permiso. Que eso no se hace y que sólo porque te dan ganas de tocar, no es suficiente para hacerlo. Estoy decidida a enseñarle que no se toca sin permiso aunque la otra persona se incomode o se alerte con el límite. Aunque la otra persona se enoje o se altere. Se entristezca o se aleje. Estoy decidida a enseñarle que los abrazos, el upa, el contacto físico y los besos vienen con el gesto atento del cuidado. Con el interés en su estar y su consentimiento permanente. Y sé, que para enseñarle algo, tengo que hacerlo. Cotidianamente. No basta con mencionarlo alguna vez, dentro de unos años.

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