Por Fer Simonetti

En 1863, como consecuencia del caos urbano provocado por la revolución industrial, se inauguró el Metropolitan Railway, primer subte del mundo en Londres. Casi medio siglo después, Budapest abrió el primer subte continental (1896) y París el primero del siglo XX (1900). La ciudad de Nueva York inauguró el primer subte de América en 1904 y, en 1912, un joven poeta estadounidense tomó el metro de París. Se deslumbró tanto que escribió un poema. Al principio tenía treinta versos, pero Pound no buscaba una anécdota sino una imagen: transmitir la pura percepción, una imagen mental que uniera dos planos, lo humano y lo natural.
En 1913 Buenos Aires inauguró la Línea A, que unía Plaza de Mayo con Once, convirtiéndose en el primer subterráneo de América Latina. Ese mismo año Ezra Pound dio con la forma final de su poema In a Station of the Metro:
“The apparition of these faces in the crowd;
Petals on a wet, black bough
La aparición de estos rostros en la multitud;
Pétalos sobre una húmeda rama negra.”

Pound se tomó un subte en París y quedó tan impactado que tuvo que escribirlo. Trabajó en el destilado de sus primeros versos hasta lograr uno de los textos más breves del movimiento imaginista, y quizá un haiku occidental. Dos imágenes yuxtapuestas -lo humano y la naturaleza- se funden en una sola. Pound quiso capturar el instante: una foto de esos rostros perfectos, hermosos, veloces, luminosos. Para él, una imagen es “aquello que presenta un complejo intelectual y emocional en un instante”.
Más de medio siglo después, un poeta latinoamericano viaja a Nueva York y también toma el subte. Al igual que Pound, escribe. Monja en el subway, Ciego en el subway y En el río del subway. Lo que en Pound fue imagen pura, belleza, velocidad y luz, en Enrique Lihn es desencanto, pesadez, ironía, tedio, oscuridad.
Leamos En el río del subway:
“Nunca se ve la misma cara dos veces
en el río del subway.
Millones de rostros planctónicos que se hunden en el centelleo de la oscuridad
o cristalizan al contacto de la luz fría
de la publicidad,
a un extremo y otro de lo desconocido.”

Lihn también trabaja con imágenes y yuxtapone lo humano con la naturaleza, aunque su tono es más narrativo, y su poema, más largo, menos evocativo que el de Pound.
En Pound, el subte era pura novedad y promesa: la modernidad como posibilidad de un futuro mejor. En Lihn, en cambio, el subte es un espacio de alienación, soledad, ruido, anonimato y desplazamiento. No hay epifanía sino desencanto. El subte es un infierno mecánico. Entre ambos poemas pasa casi todo el siglo: de la confianza en el progreso a la sospecha, el desencanto y el vacío.
Oberdan Rocamora (Turco Asís) publicó en 1978, en el diario Clarín, Blues de la línea B, una crónica en carne propia de un viaje en subte. Asís narra con precisión y pinta una escena porteña cotidiana:
“Adentro flota un espeso aire de alientos. Sólo habrá lugar si entra un comisario con un látigo o un perro, un forzudo prepotente, o una mujer que esté soberbiamente condecorada por la naturaleza.
Aunque no mintamos, la naturaleza nada tiene que hacer aquí: esto es la contrapartida del árbol, el subsuelo de la flor, la venganza impiadosa que nos reserva el lejano mar.”

Aunque se trate de una crónica, también aquí aparece la tensión entre humanidad y naturaleza. Donde Pound veía belleza y Lihn vacío, Asís escucha música: una voz que sobrevive a fuerza de ironía.
Pound desciende para ver.
Lihn desciende para perder la vista.
Asís desciende para escuchar el murmullo del pueblo.
Los tres viajan en el mismo subte, separados por décadas, pero conectados por un mismo movimiento: descender al inconsciente colectivo urbano para encontrar sentido, o tal vez, perderlo.

Nuestro viaje en subte -y a través del tiempo- llega a su fin. Jacques Jouet, poeta francés del grupo Oulipo, propuso a finales del siglo pasado un ejercicio llamado poema del metro. Consiste en componer un poema durante el trayecto, siguiendo una regla precisa: el número de versos debe ser igual al número de estaciones menos una. Cada verso se escribe mentalmente entre dos estaciones y se transcribe sólo cuando el tren se detiene. La última línea se escribe al llegar a destino.
Y ustedes, lectores hipócritas, mis semejantes, mis hermanos, ¿escribirían un poema en su próximo viaje?
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