Por Betiana Palladino
Hace algunos años una amiga me narró una breve historia que me acompañaría para siempre y que suelo utilizar para graficar situaciones que son engorrosas de explicar. Mientras debatíamos sobre la conformación de su familia, ella me dijo: “Mi historia es más o menos así. Vos andá imaginando. Mi mamá y yo estábamos escalando una montaña altísima y antes de llegar a la cima ella se desenganchó a propósito en un acto suicida. Podíamos caer las dos al precipicio, o yo podía cortar la soga y seguir. Bueno, corté la soga, sino caía y me moría con ella”.
Esa metáfora que relataba desde el completo dolor el vínculo con su madre, me hizo reflexionar y entender que no todas las madres (o familias) biológicas aman, acompañan, contienen, abrazan, ayudan a sanar. La gran mayoría sí, pero no todas. Hay madres (o familias) que te arrastran al precipicio o suelen funcionar como pesadas anclas que no permiten la puesta en marcha. En este caso, su mamá siempre la había maltratado a un nivel que le había destrozado la autoestima y por momentos las esperanzas. Ella maternó, años después, desde el lugar opuesto al que lo había hecho su progenitora gracias a un trabajo interno sostenido en el tiempo. Las palabras familia y madre o padre, van de la mano y se asocian casi de manera automática. Son como caras de una misma moneda. No obstante revierten una heterogeneidad increíble.
Esta reflexión sobre la madre de mi amiga que parece algo lúgubre, es para mí todo lo contrario. Busca desarmar ese ideal de madre (o familia) que solemos construir, para abrazar a la idea de que madre (o familia) pueden ser aquellas personas que son refugio, independientemente del lazo sanguíneo.
Familia es en mí universo, sinónimo de lugar seguro. Es donde cerrás la puerta de la calle y te sentís a salvo. Donde podés mostrar tu alma sin miedo a ser juzgado. Donde desarmas el uniforme, te quedás descalza, das vuelta la mochila, y te desacartonás. Pero este sitio a veces viene desde los orígenes y a veces no. En ocasiones son familias de amigos, familias políticas, familias nuevas, familias laborales, familias internacionales, familias virtuales, familias ensambladas las que sostienen y no tienen nada que ver con la procedencia.
No hay un ideal de familia. No hay un solo tipo de familia. Generalmente son imperfectas en el buen sentido de la palabra. En ocasiones mutan, se enlazan, se acoplan. Mientras los lazos de amor sano y solidaridad estén tendidos, todo lo demás se vuelve secundario y moldeable. Le pregunté a mi entorno más cercano con qué palabra describirían a FAMILIA, y las respuestas fueron: identidad, sostén, amor, comunicación, lugar seguro, paz, desarrollo, contención, lealtad, aguante, unión, incondicionalidad, fuerza, sistema, realidad, entre varias repeticiones.
Mamá (y utilizo esta figura porque es con la que me identifico) puede ser la persona progenitora, una abuela, una tía, una vecina, una amiga, la mamá adoptiva, la mamá sustituta, la mamá del corazón, la mamá de mi amiga. Tampoco existen mamás perfectas o imperfectas. Y cuestionar los mandatos sociales es evolucionar y re pensar.
Hace poco saqué un libro donde reflexiono sobre la maternidad y la importancia del respeto de las trayectorias individuales. Estamos acostumbrados a cumplir o recibir mandatos estereotipados que se alejan de los trayectos y experiencias puntuales. Nos atraviesa la historia, nuestras generaciones pasadas, las condiciones materiales, la sociedad, la cultura, la vida misma. Y en estos tiempos, de tanta vorágine, es necesario repensarnos y repensar el rol tanto de la maternidad como el de la familia.
Celebro la puesta en palabra de estas temáticas, porque nos ayudan a construir comunidad. Una nueva comunidad. Basada en el respeto. Siento que las mujeres debemos abrazarnos más y ayudarnos; y en ese camino está la comprensión de que acompañar no tiene absolutamente nada que ver con imponer. Ya no funciona el “porque soy tu madre”. Estamos inmersos en nuevas coyunturas y es de vital importancia trazar nuevos andares.

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