La conmoción

Por Juan Ángel Mondino y Ezequiel Pinacchio

(Los autores nos comparten una selección de sus intercambios por correo electrónico mientras iban siendo padres, al mismo tiempo, por primera vez.)

Sobre-vivir

Cuando nació el hijo, la hija, supimos algo que hasta entonces no podíamos saber: si un día fuera necesario, daremos nuestra vida por ellos. Y saber eso, sin dudas, lo cambia todo. Es probable que antes, alguna vez, hayamos especulado con la posibilidad de morir por algo o por alguien. Pero cuando ellos nacieron quedó claro que ya no se trataba de una opción. Porque una certeza conmovió para siempre el ser y el tiempo y la nada. Porque entonces se hizo patente la posibilidad de pensar que dar la vida es, en lo más profundo, todo lo contrario de morir. 

Te propongo, amigo, que pensemos juntos esta conmoción, en las interminables derivas cotidianas y trascendentes que depara esta incomparable experiencia que tenemos en común: ser padres, o mejor ser papis hoy.  

Ruptura

Una experiencia de ruptura. Aquella conmoción, la de cuando nació el hijo, la hija, inaugura ese saber que mencionás. Con esa certeza, que es a la vez conmoción, se inaugura una modalidad actual y latente: todo se puede romper, porque todo se ha roto. Y eso, como decís, en los escandalosos planos de lo cotidiano y de lo trascendente. Mi nombre se ha roto, por más que se recomponga cada vez; pero también se ha roto el espacio que veníamos ocupando en cada espacio (por más lejano que el hijo, la hija, esté). El estremecimiento de la mirada de la hija, del hijo, no nos deja opción entre la apertura infinita y la clausura total. La opción, quizás, es la entrega cotidiana, trascendente, a la simultaneidad de ambos posibles. Sigo teniendo el recuerdo de aquellos primeros días, en los que la mirada aturdía, pero no podía más que seguir, imantado, escuchando, totalmente clausurado y abierto, conmovido. 

Me alegra, amigo, este convite, porque de aquella conmoción, de ésta conmoción al pensarlo, no puedo ser indiferente.

Mundos

¿Qué se abre cuando llegan nuestros hijos? Creo que son mundos. Mundos que se abren. O mundos que se rompen. Porque, a veces, romper y abrir, abrir y romper, son dos maneras de lo mismo. Y es que yo también llevo grabadas las horas, las interminables horas, de mirar extasiado la mirada de León. Tanto perseguir, hasta en penumbras, esa mirada que saltaba entre las cosas, sin plan ni objeto, salpicando todo. No voy a decir que era como ver el mundo por primera vez, porque no es bueno que la inercia se meta en el pensamiento cuando se quiere pensar cosas que importan, como no es bueno que la rima le gobierne los versos al poeta. Más bien diré que a veces era como ver las cosas por segunda vez, y a veces como por tercera o por cuarta vez. Pero siempre, y cada vez, con la íntima sospecha de que en esa mirada nuevita que, poco a poco, iba organizando un mundo, que ganaba coherencia, ritmo, extensión y sentido, en esa mirada suya se jugaba algo muy mío, algo que yo sabía bien que no era propio, porque aquél era su mundo, pero que tenía mucho que ver conmigo, como si mi mundo ahora fuera el suyo. No es fácil explicarlo, y no creo haberlo logrado. Tal vez con tu ayuda.    

Yo

¿Qué es una mirada propia?, me estoy preguntando apenas acabo de leerte. Esa mirada explosiva, e implosiva, rompía mundos, y los abría. Así como en el mero acto de nacer. Tantos tejidos rotos para que se abra esa nueva mirada, ese nuevo mundo. Le toca el turno a mi apellido: Mondino quiere decir, en italiano, mundito. Mondo es mundo. Y el ino es nuestro ito. ¿Y un mundo propio?, también me pregunté al leerte. “En esa mirada suya se jugaba algo muy mío”, escribiste. Algo así como: el mundo ya no nos pertenece. Pertenece al hijo, a la hija, porque legar la mirada es legar también el mundo. Y no nos pertenece, otra vez, en un sentido cotidiano (¿dónde se ha ido el tiempo en el que podía leer tranquilo una poesía?, ¿dónde está ese mundo que era mío?) y en un sentido trascendente (¿por qué sé que tu mirada es tu mirada, pero se solapa con la mía en límites difusos?). 

¿Sobre-vive mi mirada en su mirada? ¿Mi mundo en su mundo? Hoy los veía correr y reír al mismo tiempo, en la plaza, a Ruth y a Lucio, y se me figuraba ese gesto como siempre inaugural. Pero a la vez, como en esos cuentos que se muerden la cola y terminan como empiezan, un gesto también final. Y no sé distinguir el inicio del cierre. Entonces, más allá de la mirada, más allá del mundo, me termino preguntando: ¿qué es un “yo propio”, después de la llegada del hijo, de la hija?

Nombres

En este juego de palabras encadenadas que venimos jugando hace algunos cuantos días, no son pocos los senderos que sugiere cada nueva intervención. De tus últimas líneas me quedo, por ahora, con el tiempo y con los nombres. Pero como la cuestión del tiempo seguramente volverá a instalarse en nuestra charla, ahora prefiero detenerme en los nombres. /// Hace unos días, tuve una revelación. Sí, así como lo escribo. Estaba bastante contento, volviendo a casa luego de un buen día de trabajo y, de pronto, de la nada, pensé: “mi papá se llamaba Marco y mi mamá se llamaba Norma… Marco y Norma… Norma y Marco.” “¡Una fiesta para el Super Yo!”, me dije. Las siguientes cuatro cuadras fueron una larga carcajada. Y un poco más tarde llegaron preguntas. ¿Cómo es que nunca antes había visto algo tan evidente? ¡Norma  y Marco! ¿Cómo es que recién ahora, con casi cuarenta años, empiezo a entender el peso que, sin ninguna duda, tuvieron y tienen estos nombres sobre mí? ¡Marco y Norma! ¿Y por qué ahora, que ya no los tengo, ni los tendré ya, siento que sus nombres son como pedazos de mi propio ser? Nombres propios. Mi nombre es el de un profeta: Ezequiel. ¿Acaso pesará mi nombre sobre el lomo de mi hijo alguna vez? ¿Descubrirá León una tarde, mientras vuelve a su casa, que algunas de mis palabras iban lanzadas al futuro, divinamente inspiradas, para advertirle y para salvarlo? ¿O pensará más bien otras cosas, menos extravagantes y más simpáticas, como por ejemplo en su novia, un perro o lo mucho que le gusta el mar? ¿Y su nombre? ¿Qué hicimos cuando le pusimos su nombre? 

Propiedad

Soy yo ahora el que se ríe. Pero no precisamente a carcajadas. Es más bien una sonrisa instalada en la cara. Una sonrisa que acompaña un silencio y una quietud, propia de aquellos momentos en que se nos revela aquello que supimos desde siempre. O no. Silencio y quietud que reciben (y no quieren dejar de recibir) un guiño cómplice, una mirada entendedora, un “es por acá”. Me había quedado pensando en aquello de las propiedades. Una mirada propia, un mundo propio, un yo propio. Y vengo a leerte para dar, en primer lugar, con aquello que, supondríamos, es nuestra primera propiedad: el nombre propio. ¿Qué hicimos cuando le pusimos su nombre? No deja de impresionarme (y la recepción de este dato también envuelve la sorpresa y la quietud que generó todo tu texto) lo de Norma y Marco, lo de Marco y Norma. No puedo dejar de ver el casi anagrama. Norma y Marco serían un anagrama, salvo por la “N” de Norma y por la “C” de Marco. Salvo esa diferencia, el resto de las letras son las mismas. ¿Qué me hace pensar esto? En los elementos que se ordenan, en si los órdenes distintos de los mismos elementos cambian al fin también los elementos, en aquellos pequeños desvíos. Me estoy queriendo referir, sin duda torpemente, a la posibilidad que les ofrecemos al hijo, a la hija, de buscar aquella “N”, aquella “C”, que le muestre el sendero de lo propio, por fuera de las normas y de los marcos con los que el superyó bailará en su fiesta eterna, por fuera de los (y las) órdenes que se desprenden de parte de aquella conmoción de la mirada: “En esa mirada suya se jugaba algo muy mío”, escribiste. ¡Salud por ese descubrimiento que, más vale tarde que nunca, llega a una edad a la que le estoy empezando a tomar cierto cariño! ¿Será acaso el sobre-nombre aquello que traduzca algo de lo que sobre-vive? No puedo dejar de contarte, amigo, que mi nombre es, a la vez, un nombre de ficción, y un nombre de guerra. Queda hecha la mención para algunas otras líneas. En toda mi escritura no he abandonado el silencio y la quietud con la que terminé de leerte. Tampoco quería irme sin decirlo. Y como ando con rodeos para la despedida, pregunto: ¿Por qué León?

Destino

Las Gaviotas está ubicado en Villa Gesell. Fue allí donde pasamos las últimas vacaciones sin León que fueron, simultáneamente, las primeras vacaciones con León, puesto que él ya estaba en la panza de Andre. Fue allí también que elegimos su nombre, cuando aún faltaban varios meses para que viera la luz. Como con otras elecciones decisivas, resulta extraño reconocer que habíamos considerado otras opciones. ¿Acaso podría haber sido otro el nombre de León? Ahora resulta absurdo incluso suponerlo. Y sin embargo, barajamos otros. Pensamos en “Teo”, en “Tadeo”. Buscábamos nombres cortos porque iba a llevar los dos apellidos. Hubo un nombre en el cual yo insistí bastante: Román. Pero no prosperó. Andre decía que le sonaba igual que Ramón.  ¡Ramón y Román! ¡Román y Ramón! Este sí un anagrama que, como cualquier futbolero sabe, no puede ser más engañoso. También barajamos nombres de mujer. Nuestra hija se hubiese llamado Vera, y más precisamente Vera Camila. ¿Por qué León? Creo que por el modo en que escribiste tu pregunta se pueden vislumbrar dos cuestiones en principio diferentes: una que remite al motivo por el cual elegimos ese nombre y otra, un poco más escondida, agazapada, que apunta al sentido de la existencia. ¿Por qué León? Pero, si es como dice Leopoldo Marechal y quien recibe un nombre recibe un destino, tal vez sean, nuevamente, dos maneras de lo mismo. Para empezar a darte una respuesta tengo que referir el Así habló Zaratustra. “De las tres transformaciones del espíritu” de las que habla Nietzsche en el primero de los discursos, con Andre pusimos el foco en la segunda (por suerte para León, porque debe ser feo llamarse “camello” o “niño”). “En león se transforma el espíritu que quiere conquistar su propia libertad, y ser señor de su propio desierto”. Pero para eso debe vencer al dragón, debe enfrentar y vencer al “tú debes” que conlleva la pretensión de que ya no hay valores por crear porque todo ya está hecho. Pero el León no crea los valores, ni es el último momento de las transformaciones. El León debe transformarse en un niño. Así que León, antes de ser un niño, antes de crear valores, deberá decir su sagrado “no”. ¿Y a quién se lo dirá? No es difícil vislumbrar esta respuesta. Norma y Marco de un lado del puente y, del otro, un León esperando para devorarme. ¡Vaya nombre! ¡Vaya destino! 

Puente

Debe ser feo llamarse “Camello” o “Niño”. Todavía me estoy riendo, ahora sí a carcajadas. Es muy hermoso imaginarte con Andre en Las Gaviotas manteniendo esa conversación. Y con algo de admiración leo los motivos de la elección del nombre, si bien algo me imaginaba en ese sentido. Un destino para León, pero también un destino para Ezequiel, el de ser negado. Y retomo aquí aquello de lo cotidiano y trascendente que trajiste en tu primera entrega. “Ser negado” es una experiencia que empezamos a tener cuando dejamos de ser lo que éramos para pasar a ser, en general, el papá de. Como si ser padre, o ser papi, revistiera toda esa otra identidad que posiblemente con sudor habíamos intentado forjar (también negando). Para los demás empieza a ser así, y entonces para uno un poco también, porque el superyó baila muy bien en esos límites. Estoy pensando mientras escribo ahora que Lucio tiene cuatro y que casi pasó la pandemia, acometo la tarea de negar la negación para reencontrarme en algo de aquello. No sé si me explico. Comparto esta cuestión, porque no puedo acometer esa tarea sin acoger aquella conmoción, la que inicia este intercambio. // Mi nombre, te había dicho, es un nombre de ficción y un nombre de guerra. “El cumpleaños de Juan Ángel” es el libro que mi papá estaba leyendo cuando mi mamá estaba embarazada de mi. Es una novela escrita en verso por Mario Benedetti. Es la historia de Osvaldo Puente, que anda buscando el sentido del ser (se pregunta ¿Por qué Osvaldo Puente? en el sentido que vislumbraste en mi ¿Por qué León?). La novela termina poco después del episodio crucial: Osvaldo Puente ingresa en una organización guerrillera, clandestina, buscando tal vez una respuesta a la pregunta. Tiene una cita en una casa. Cuando llega, toca el timbre. Le abre una chica que, antes de mirarlo a los ojos, le dice: Te llamás Juan Ángel. Y pienso siempre en ese Puente. Y no puede dejar de conmoverme tu metáfora en este contexto: No es difícil vislumbrar esta respuesta. Norma y Marco de un lado del puente y, del otro, un León esperando para devorarme. ¡Vaya nombre! ¡Vaya destino! ¿Alguna vez pensarán mis hijxs en estos puentes? 

Túnel 

Esta vez voy a alterar un poco la lógica de nuestro intercambio, Juan Ángel, ya que comparto unos versos que escribí hace algunos años, poquito antes de quedarme sin mi viejo. Como verás, también allí se vislumbra un puente. Aunque quiero, desde hace ya tiempo, que me cuentes sobre los nombres de tus hijos, sobre esa elección, sospecho que esta lluvia finita infinita que ahora convoco tal vez obligue a meterse en un túnel, un poco oscuro y bastante frío. Vos sabrás si conviene demorarse en él o si, en cambio, es mejor salir pronto a ver la luz de Lucio junto con la de su aliada, Ruth.  

La lluvia finita infinita


Hoy
por primera vez
sentí la muerte

y aunque no era mi muerte, lo sé
la sentí por todo el cuerpo 
viboreando
por tu cuerpo


en algún lugar 
la lluvia 
finita infinita 
ya empezó a caer
y no va a terminar 
porque será, 
como el amor, 
lo que niega casi todo el tiempo el tiempo


que donde vayas, viejo, entendí 
vas a tener que llevarte este amor 
este que demuestro 
¡hijo e tigre!
tan poco
tan mal
pero que está
hace tanto 
enredado 
con el miedo 
y la bronca 
y la vergüenza 
y que crece 
sabiamente 
entre sobre contra todo
hasta ganarles la luz el aire el alimento 
para quedar solitario
en la cima 
el amor


por eso, viejo, te aviso
vas a tener que llevarte este amor
aunque pueda que sea él quien te lleve
hacia donde sea que estés yendo


porque hoy sentí la muerte
asomando a través tus ojos
y no era una dama cruel 
ni parca
ni nada 
sino una bruma densa
inapelable


entonces tomé tu mano
y vos empezaste a acariciar la mía 
con el dedo gordo
despacito
como yo hago 
con mi León 
esas pocas veces que se queda quieto
arrojado en mis brazos
y yo pienso
abismado
todo gira, sí
probablemente afuera hay un mundo con ruido proyectos y gente que gira, sí 
pero no 
más bien no
¿cómo va a existir un mundo por fuera de esta caricia?
en verdad 
nada ocurre ahora 
en ninguna parte 
salvo estas manos
esta caricia pulgar
estas palabras que amontono
como puedo 
para conjurar 
otros fantasmas 
otras palabras
tal vez más precisas
que permitan contar
este amor de hombres 
que atraviesa el tiempo
¿si yo fuera el eslabón que lleva desde vos hasta León?
¿apenas el puente que junta torpemente tu mano y su mano?
No sería poco…
No estaría mal…


Hoy sentí la muerte
por primera vez 
en toda mi vida 
y era tu muerte, viejo 
y dolía 
como tu cuerpo 
que duele tanto
y tan absurdamente


desde ese momento 
me llené de esta lluvia 
finita infinita
que se me salta a chorros por los ojos 
de a ratos
y de a ratos no
que me inunda el pensamiento 
este río
de a ratos 
y de a ratos no 
este río 
sin orillas 
de vientos tenues 
de a ratos 
violentos
de horizontes
y esperar
esperar
pero esperar qué


Habrá que aprender a vivir 
me digo 
tecleando triste en el medio de la noche
repitiendo algo que creo haber leído alguna vez 
en algún lugar ya no sé cuál
aprender habrá que ahora
a mirar la vida a través de esta lluvia
finita infinita


La vida no fue como esperabas, viejo, ya sé
pero qué esperabas
qué mierda 
es 
lo que esperabas


Con esta pregunta que me quema el alma
con toda esta lluvia que me inunda el pecho
con toda esta niebla de tus ojos en mis ojos 
y tu dedo gordo en mi mano acariciando a León
me digo 
tranquilo 
hay que aprender a vivir 
te digo 
tranquilo, viejo
llevate este amor porque es tuyo
llevátelo atado al talón como una sombra de luz 
para alumbrar tu camino dónde sea que estés yendo
y llevalo tranquilo, viejo
sin culpa
porque es tuyo


no, viejo, no
nadie merece el amor
ni vos ni yo ni nadie merece el amor que recibe 
porque el amor no se merece
tan sólo llega y golpea
como la muerte
en nuestras manos sólo queda 
ver qué hacer frente a esa puerta




19/07/19

Lluvia

Es difícil escribir después de la poesía. Estoy leyendo una antología de poemas de Enrique Banchs, un poeta argentino de principios del Siglo XX que desconocía. Además de sus poemas hay una breve introducción en la que se analiza su breve obra y se exponen algunos de sus testimonios sobre el hecho de escribir. Me ha quedado resonando lo siguiente: el poema viene después de la poesía. La poesía es una experiencia vital. El poema es una manifestación lingüística de esa experiencia, cual sea. Siento que este poema que leí ya muchas veces, tal vez diez, el que compartiste, el que ofreciste a este ruedo, es un poco eso varias veces. Experiencias, me quedo sobre todo con dos, la del pulgar caricia, la de por primera vez sentir la muerte. Experiencias expresadas en palabras que producen el poema. En este caso, la belleza del poema que fueron encadenando tus palabras, amigo querido. Y que no hacen mucho más que (riesgo de cursilería mediante) sentir la necesidad de atravesar la pantalla y darte un abrazo. Después sí leí muchas veces, y cada vez que leí fui encontrando una música, una canción. // ¿Por qué será que en esto de andar compartiendo pensares sobre esta conmoción de ser papis se nos viene revelando la necesidad de referirnos al ser hijos? Suelto la pregunta como un globo sin helio. Y te cuento algo más, que vino directo cuando leí aquello de la lluvia finita infinita. Era esa lluvia, finita infinita, la que caía sobre el cementerio aquel día. Era la primera vez que iba con mi papá a ver la tumba de mi mamá, que había muerto hacía seis meses. Mis papás están separados desde que tengo dos años y medio. Y allí estábamos mi papá y yo, en ese octubre, dos mil quince, cinco de la tarde, paraditos frente a la sepultura, en silencio, lluvia finita infinita. Estábamos ahí, mi papá y yo. Entonces, en un momento, yo fui a buscar mi cuadernito. Mi cuadernito rojo, que estaba en la mochila, tres pasos hacia atrás. Y dije: “voy a leer una poesía”. Y leí un poema que había escrito el día anterior (que había sido el Día de la Madre) a Ruth, que aún estaba dentro de la panza: se le estaban empezando a endurecer los huesos, esos huesos que luego, allí, son lo que perdura. Apenas leí eso (cada semana leía los avances de su formación) rompí a llorar. Y me fui a escribir estos versos:

Algunos de sus huesos

están empezando a endurecerse

Esto es lo que hoy

te quiero regalar

El poema sigue. Y yo lo leí entero con una voz que saqué, amigo, a cada verso, no sé de dónde. Se lo leí a mi mamá, que estaba ahí abajo, o quién sabe dónde, y se lo leí a mi papá, que estaba ahí, al lado mío. Cuando terminé, tengo el recuerdo de haberme casi desplomado en los brazos de mi papá, supongo que como cuando era apenas un bebé, y lloré, y lloramos, y luego no dijimos nada, sólo nos dejamos mojar un rato por la lluvia, finita infinita, que no sé si nos mojaba. Celebro este poema tuyo, que es -pienso- también un puente entre nosotros-hijos. Lo celebro, además, por su belleza en sí.

Historia

De padres e hijos en el ciclo del tiempo se llama un pequeño libro de Rozitchner (hijo). Son muchos los pasajes en los cuales parece, no sólo que está hablando de lo mismo que nosotros, sino de un modo que bien podría ser el nuestro. 

por qué voy a estar triste

porque son chiquitos y van a dejar de serlo

mariposos breves

y los quiero tanto

me puede

esa emoción

y tiene también algo de triste

un presente que sé irrecuperable

aunque aún no esté perdido

¿No parecen sacados de nuestros primeros intercambios estos versos? Esa mirada cursi, enamorada, que se asoma al enigma del tiempo a través del enigma aún mayor de los hijos, y sorprende de pronto un haz de sombra incrustado en medio del día más luminoso. La coincidencia puede sonar un poco rara. ¿Vos y yo hablando como el mismísimo “filósofo del entusiasmo”? Y tal vez te preguntes cómo es que conozco su libro. Te cuento. De paso así se aclara un poco por qué lo traigo a la conversación. // Desde hace tiempo quiero escribir un artículo, o un libro, o algo, sobre la relación entre los Rozitchner, entre León y Alejandro. (Sí, otra vez un León, solo que ahora es el padre.) Siempre me inquietó la relación entre un padre y un hijo que parecen encontrarse, políticamente al menos, en las antípodas. ¿Cómo será tener un hijo que decide, ya no pensar sino más bien destruir los puentes que se han dispuesto? ¿Un heredero que no quiere tu legado sino el de tus enemigos, que sabés que no va a contar tu historia sino la de ellos? Y sobre todo: ¿Es posible, por alguna razón, dejar de amar a un hijo? La respuesta de León a estas estas preguntas son -como lo que yo escribí para mi viejo y como lo que vos escribiste para tu mamá- a la vez poema y poesía. Se trata de un texto escrito después de ver a su hijo, Alejandro, como panelista en el programa de Mariano Grondona. La desilusión, la vergüenza, la ira y el dolor, incluso el dolor físico, atraviesan cada uno de los versos de la primera parte del poema, que se llama “Mal de ojo”. Se trata de un mal que irrumpe cuando la mirada del padre descubre que la del hijo mira complaciente, o cómplice más bien, la de quienes, no sólo habían querido matar a León sino que habían matado efectivamente a muchos de sus compañeros y de sus amigos. En menos palabras, el padre miraba cómo la mirada de su hijo se compenetraba en la de sus enemigos, los asesinos. 

No podía creer que era verdad 

aunque me lo había contado 

y yo le había dicho suavemente: 

te pasaste del lado de los asesinos.

“¿Sobrevive mi mirada en su mirada? ¿Mi mundo en su mundo?”, escribiste. Está claro que ni vos ni yo atravesamos los setenta, y que no tenemos enemigos que se hayan cargado amigos, ni nada por el estilo… Por eso, en más de un sentido, no tenemos nada que ver con la historia de los Rozitchner. Sin embargo, no puedo evitar que me interpelen esas palabras: “te pasaste al lado de los asesinos”. Siempre me pregunté si existen palabras definitivas, quiero decir, cosas que si uno las dice ya no queda nada más para decir. ¿No son estas las “últimas palabras” de León? ¿Cómo se sigue hablando después de decir algo así? Y otra vez: ¿Es posible dejar de amar a un hijo? // La segunda parte del poema es emocionante. Allí el padre hace hasta lo imposible por salvar el puente, para seguir hablando después de haber escrito sus últimas palabras. 

¿Y si mi hijo está solo en su combate

porque eligió hacerlo por “líneas interiores”

como táctica de guerra enamorada

después de haber vivido el horror del genocidio

cuando la izquierda

aceptó dar la vida

al grito de Perón o muerte

y así la recibieron

y se la dieron a veces a sí mismos

pese a sentir, como Paco Urondo decía,

que la vida era lo más valioso que tenemos?

Poco a poco, León abandona la ira y la vergüenza, y avanza con algunos recuerdos suyos tratando de evocar el inmenso amor que (supone) aún sigue latiendo en el espacio infinito de adentro. Y es como si con cada verso quisiera despertar una parte suya, entonces dormida, anestesiada, o acaso ya muerta, indispensable para producir el milagro de seguir hablando después de haber dicho las últimas palabras: ¿la imagen del niño en la cuna? ¿el hijo jugando en la plaza?. Como si León, el padre, quisiera encontrar un haz de luz incrustado en medio de la noche más oscura, para poder ver asomar entonces el rostro del hijo en la cara de Alejandro. Yo creo que al final, de algún modo, lo consigue. Pero León no se conforma con la salida “fácil” que sería abandonar el terreno de la política para empezar a hablar de otra cosa, sino que se propone alterar (y tan solo él sabrá si lo logró, y cuánto) su mirada política a través de la mirada amorosa dirigida a su hijo, hijo que se ha convertido en padre.       

Porque al fin de cuentas

me doy cuenta

lo he amado siempre

y lo seguiré amando siempre

como mi madre decía que me amaba.

Pero recién ahora también lo comprendo

y lo llamo por teléfono

en esta tarde espesa y calurosa

para decirle

así de pronto

y como si no pasara nada

que lo quiero mucho

y que nunca dejé 

ni dejaré de amarlo.

Padre y Vida

contra el 

Patria o Muerte

–ahora que él también es padre. 

Ya es hora de retomar el hilo de la conversación (si es que lo abandoné, cosa que no tengo del todo clara) porque va quedando demasiado larga esta vez mi intervención. // En realidad, no fue aquél pasaje de Alejandro sobre los hijos lo que me llevó a su libro. Lo que me trajo en esta dirección fue que preguntaste “¿Por qué será que en esto de andar compartiendo pensares sobre esta conmoción de ser papis se nos viene revelando la necesidad de referirnos al ser hijos?”. Yo también me lo pregunto. Muy seguido. Tal vez sea, como me dijo una vez un caro amico, Francesco, que la historia empieza cuando hay tres: abuelo, padre, hijo. La idea es simple y tiene mucho sentido. La historia es, ante todo, transmisión de sentido, una posta que va pasando de generación en generación, y también y probablemente sobre todo un teléfono descompuesto. Una cuestión de padres y de hijos en el ciclo del tiempo, al parecer. Legar una mirada, un mundo, es un acto que solo se completa cuando alguien hereda esa mirada, ese mundo que ya es (de) otro. Las últimas palabras de Alejandro, las del hijo que ya es padre, son estas: 

este no era 

un texto sobre vos

ni sobre la muerte de un padre

pero te metiste adentro 

y saliste de mi vida

y quedó así 

las cosas salen como salen

o al menos salió bien esta

para mí

creo

Y entonces me pregunto, y te pregunto: ¿Ya sabemos sobre qué trata este texto? 

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