La mater filosofía

Diario, ensayos y cartas sobre la angustia y el espacio-tiempo argentino

Por Matías Farías

Introducción

Empecé a escribir este diario en medio de una crisis de angustia. Por algunos meses, reviví síntomas que había experimentado quince años atrás: una intensa y persistente vibración en el pecho, el generalizado desgano corporal y mental, la pérdida extrema de peso. A diferencia de aquella vez, los picos de dolor –los ataques de pánico– eran menos duraderos pero más virulentos. Con asombro, no dejaba de ver en esos días cómo mi cuerpo se abocaba a poner en escena el mecanismo compulsivo de la repetición. 

Quería sin embargo que cesara mi dolor y creía que escribir podía ayudarme. Tomaba notas donde trataba de explicarme qué me pasaba, en general apoyado en algo que me había ocurrido en esos días. Eran, en general, entradas breves, todo lo que podía escribir en esa situación. 

La filosofía y el psicoanálisis otorgan a la angustia cierto prestigio como experiencia reveladora del ser en el mundo. Pero esa aura se desvanecía rápidamente con los picos de dolor. Más prosaicos, mi diagnóstico psiquiátrico aludía a «trastornos de ansiedad». Leía una marca epocal en esa palabra: la ansiedad como la patología de un orden social signado por la inseguridad, la aceleración y el encierro en las redes. En el pasado, en cambio, la angustia se identificaba con la náusea y el absurdo, como un cuchillo que talla una grieta en el macizo cuerpo del ser. En la línea antimanicomial, en cambio, la angustia es considerada como un punto de intersección y de fractura entre el ser social y el sujeto. Una experiencia inequívoca, situada en el cuerpo, de lo insoportable que resulta vivir según la vigente ontología social. 

Esta línea resonaba en «Roberto Arlt, yo mismo», de Oscar Masotta, cuya relectura me provocó una extrañeza que terminó siendo reveladora: la omisión de la figura materna, ocluida por la referencia permanente al padre y enmascarada en la mención a la pareja de Masotta. ¿Por qué su autor asociaba a la angustia exclusivamente con la figura paterna para problematizar sus ideales? A partir de esa pregunta, este diario se orientó hacia el vínculo que constituye al hijo neurótico en relación con su madre. Eso ocurría en el mismo momento en que comenzaba a percibir el marcado envejecimiento de mi mamá. 

En esta dirección, lo que inicialmente tenía la forma de un «diario íntimo» se fue convirtiendo en un «diario filosófico», sin saber del todo qué significaba eso. Visto en retrospectiva, la idea que lo recorre es que la relación singularmente novelada del hijo neurótico con su madre no es dada sino instituida, lo cual supone reconocer que la unidad de ambos cuerpos sólo puede ser alucinada y que ese quiebre implica para el hijo experimentar una detonación. La angustia es señal entonces de la ruptura de la fantasía de todas las fantasías y produce un corte análogo al que la crisis existencial provoca en el hilo de los días, o el estado de excepción en el orden político. Esa detonación, sin embargo, hace posible un descubrimiento: que existe una conexión íntima y a la vez social entre el reconocimiento de la propia finitud y la posibilidad de la revuelta. O dicho a través del poema de Diana Bellesi que se menciona en la tercera entrada de este diario: la constitución de un sujeto político es indisociable de alguna forma de desmadre. 

Por esta razón, la idea de que la politicidad de este vínculo reside en el retorno a la unidad gozosa del hijo con la madre en su cuerpo sexuado y nutriente –es lo que plantea León Rozitchner en Materialismo ensoñado–, constituye una fuga idealista en el corazón de una filosofía materialista. Pues ese retorno no se hace cargo del dolor de la fractura, pero tampoco de la politización que habilita el salirse del cauce materno considerado como lo ya dado. En este sentido, la angustia es indicadora del desmadre, que es el modo en que el propio cuerpo subraya la escisión como dimensión configurante de la subjetividad política. 

En ese estar en el mundo, el sujeto histórico desmadrado se encuentra ante la encrucijada de la caída, que suele transitarse con el darse para sí algunas de las variantes de idealismos que consideran a la existencia como un puente hacia la redención, proveyendo al sujeto que experimenta desesperación y desamparo por su condición de estar yecto en el mundo el ansiado refugio prometido por las ideologías del Padre, esas mismas que racionalizan ese dolor a cambio de obediencia. Sin embargo, existe otra posibilidad histórica para el desmadrado: reconocer el carácter político de toda ontología, incluso la fundada en el amor a la madre. Para ello es necesario experimentar este vínculo como lo no dado, es decir, como lo amorosamente investido tras reconocer el extravío de la unidad idealizada. En este sentido, la angustia revela que lo tenido de manera inmediata como verdadero –que la madre es lo dado justamente en tanto dadora del ser– es sin embargo también producida como tal por quien hasta allí sólo ha podido pensarse como donado por ella. Desde la perspectiva del hijo, entonces, la madre es una marca o huella doliente que fractura y lo arroja a la historicidad, tal como puede interpretarse del extraordinario libro de Tamara Kamenszain, El eco de mi madre. 

Ese eco, o esa marca, es la historia misma, considerada como espacio de conflicto donde es posible darse un mundo desde el resonar o la huella de lo que, habiendo sido amado como unidad, sólo puede ser existencialmente reconocido como fracturado. Ese resonar o esa huella puja hacia el encuentro de la cosa con su nombre, sin dejar de exhibir el quiebre del concepto con su significado y por ende la imposibilidad de sellar el nexo entre el nombre y lo nombrado. Ese hiato entre la cosa y su nombre es ciertamente otra manera de referirse a la historia, en tanto discordancia ineliminable entre lo finito y lo infinito, pero también en tanto grieta que hace posible la creación colectiva. En suma, el eco o la huella es el existenciario que anuncia el dolor por haber sido arrojados al mundo, pero también la fuente que mueve a la imaginación política a forjar un destino en la historia.

En este sentido, es en la madre revolucionaria donde convergen la fractura de lo natural y  la imaginación política más radical. En el caso argentino, ello acontece con Madres de Plaza de Mayo, así paridas por sus hijos, quienes exhiben como ningún otro sujeto histórico en nuestro país el carácter político del vínculo filial, y a la vez conservan, con su militancia, la llama de lo absoluto, la revolución. En nuestro continente, la madre perdida como natural puede transfigurarse, en la línea martiana, en el poder ser colectivo de la «Madre América». Su asunción conforma el núcleo del drama que media entre el estar yecto en el mundo y la posibilidad de trascender colectivamente lo finito desde esta región del mundo.

¿Por qué, entonces, llamar a este diario, que retoma los temas del existencialismo, en especial del argentino, «La mater filosofía»? De Sócrates a Derrida la filosofía ha hecho todo un asunto del amor de los amores, la madre, desde asignarle un lugar de verdad como «alumbramiento» hasta admitirlo como la única vía en que lo personal pueda alcanzar dignidad teórica. La «madre» es quizás el gran «fallido» de la filosofía, la «mancha temática» por la cual un discurso tan afín a asociar la verdad con lo impersonal debe reconocer, sin embargo, que la dimensión íntima de la verdad es también una preocupación suya.

Como sea, en este diario la filosofía es «mater» en un sentido muy distinto al que se aludía cuando se la presentaba como «madre de las ciencias». En tiempos en que el desierto avanza sobre la «Madre América», y el pueblo se repliega en las diversas formas de «ayuno» señaladas por Kusch, la filosofía es pensada aquí como esa madre que se dan a sí mismos lxs desmadradxs para acomunarse en la intemperie. Un punto de reparo para sostenerse en la existencia en tiempos de reagrupamiento popular. 

Para quien escribió este diario, la «mater filosofía» significa, también, el hallazgo de que existe un lugar común, hecho de conversaciones, amistades, amores, escrituras y mucha escucha, donde la vida es posible, incluso cuando la madre reconocida como verdadera o propia abandona este mundo.  

Verano 2023-4

Entrada 3

Navidad. En La Rebelión del instante las estaciones del año se asemejan a existenciarios que trascienden largamente la existencia humana, pero que encuentran en ella, a través del poema, un instante de revelación de sentido fugaz y verdadero. El “glorioso desmadre húmedo y verde” de “Fin del verano” es un punto de suspenso entre lo que ya ha sido arrojado a la historia y lo que está próximo a apagarse, como si marzo fuera para Bellessi ese afán de “atarse a la vida” en un último aliento, entre el desmadre de la multiplicación de la hierba y el desmadre de su descomposición. Desmadrarse: salirse del cauce, del lazo materno –quizás imposible– fantaseado como unidad, hacerse historia en la trama ineluctable del ciclo natural. Marzo sería el instante en que se vislumbra que las condiciones de posibilidad del desmadre, incluso de la rebelión, son las mismas que las del reconocimiento de la propia finitud. Queda abierta entonces la pregunta del poema:

¿Qué brilla más, el siena

oscuro de la tierra

donde el verde sortilegio

halla sosiego

y se apronta a empujar

en silencio otra marea

o brillan más

los gusanos de piel

luciente y delicada

carne nuestra

que puja en abandono

de un oro hacia otro

donde al dar nos dimos

moteados de rojo

y sin cauce

en glorioso desmadre

lanzado así

al límite del verano?

Otoño 2024

Entrada 8

Masotta dejó de leer y de escribir, se entregó por entero a la enfermedad. Pero ahora narra su angustia sin estar angustiado (“a veces, cuando miro a ciertos ojos, me parece saber de qué se trata. Pero ya no es mi caso”). La enfermedad se vuelve alusiva, se exhibe y a la vez se oculta. Hace las veces de la “carta robada”, es su ingreso anticipado al lacanismo. 

La angustia es definida como una experiencia desestructurante, un efecto de superficie de esa estructura llamada, laxamente, “sociedad”. Del lado de la “ciencia”, el enfermo mental es el iceberg o el punto de explicitación de contradicciones sociales. Del lado del sujeto, lo que se dibuja es el intento inútil de resolver esas contradicciones con el propio pensamiento. Son actos de desesperado logicismo que hacen las veces de un abracadabra. 

Lo que en el título del libro van de la mano, en “Roberto Arlt, yo mismo” se transforma en una disyunción: “¿conciencia o estructura?”. Ese dilema auspicia otros que le siguen: “¿violencia o comunicación”?, ¿“baranda o barandilla”?, “¿pitas o cipreses?”. No hay posibilidad de síntesis o de absorción que amortigüe la parálisis que provocan estos dilemas. Pero si conciencia y estructura se disocian, entonces la hipótesis de la enfermedad como campo subjetivo de conflictos sociales se vuelve inabordable. Sujeto y sociedad quedan tan distanciados que se torna vano imaginar algún cruce. 

¿No es la angustia misma la raíz de esta polarización? Podría pensarse que el entendimiento es la forma intelectual de la angustia. Como plantea Hegel, el entendimiento separa, distingue, abstrae y luego se muestra impotente para reunir lo disociado. La angustia es el afecto de la separación, el intelecto su sublimación y el dilema la estructura categorial que reúne al concepto con su intuición pura.

Si esta hipótesis fuera verdadera, podría leerse a “Roberto Arlt, yo mismo” como el texto en que la angustia inicialmente se mueve, enmascarada, hacia el intelecto. La escritura misma se transforma en un experimento de la operación de “distinción” –y el propio Masotta subraya que su tono “distinguido” es similar al de Merleau Ponty. Con todo, también dice que está hecho de la salsa de Roberto Arlt; y por esa vía, picaresca, la angustia, que es una cuestión universal, se argentiniza.

En ese enmascaramiento, el doliente hace suyo un discurso de pasaje, de transformación identitaria y de modernización disciplinar: está ahora en condiciones de hablar de la enfermedad, pues ya no está enfermo. Cuando la angustia se desplaza (como producto de la represión que la mueve a lo inconsciente), su pensamiento se vuelve síntoma. 

Así, el pasaje de la enfermedad a la cura es lo suficientemente ambiguo como para instituir a la salud, pero también a la enfermedad, como un lugar de verdad. La verdad misma se vuelve ambigua, como si fuera el inconsciente del entendimiento. 

Entrada 11

D:

He ido a San Ramón a elevar una plegaria por los nuestros. 

En estos días estoy leyendo mucho a León Rozitchner, un filósofo que sabe odiar cosas grandes. Cada libro suyo es un loop dramático: morder una única idea hasta la médula, masticarla una y otra vez con dientes filosos. 

Llega al cuerpo su escritura porque desde el cuerpo ha brotado. 

Empecé con La cosa y la cruz, una tarea odiosa para un creyente como yo. Lo taimado que es para leer las Confesiones de San Agustín no tiene nombre. Recordé que siendo joven, y mucho antes de saber que iba a estudiar filosofía, me enteré del escándalo que se armó por este libro, que el CONICET no aceptaba por falta de “método”, algo así. Me imagino a los evaluadores ante tamaño monstruo.

Este diario se va a llamar La mater filosofía un poco a causa de estas lecturas. Pienso particularmente en Materialismo ensoñado. Me interesa un libro que conecta al materialismo con ese estado de ensoñación preconceptual e incluso pre vincular –pues aún no hay separación– entre la madre y el hijo que está gestando. También como una ironía a la idea de la filosofía como “madre” de las ciencias. Y claro, por mi madre. De todos modos, del Timeo de Platón a Circonfesión de Derrida, pasando por las Confesiones de Agustín y Rousseau, la madre es un tema filosófico, un lugar donde permitirse llorar y con(fe)sarse. 

Aún así, es claro que Rozitchner busca salirse de esta historia, o al menos conmoverla. Quiere llevar a la madre a otro lugar filosófico, el de la Revolución. Tengo muchas preguntas y desde luego un horizonte existencial muy distinto al de Rozitchner: soy un católico enojado con el catolicismo. Creo que la existencia es escisión y ruptura desde el vamos: esa es simplemente la verdad producida por Cristo. 

En cambio, Rozitchner proyecta una dimensión ensoñada de regocijo entre el niño y la madre que es necesario rememorar como condición de posibilidad de toda ruptura. Para mí, la rebeldía es una figura del desmadre; para León, no hay posibilidad de Revolución sin retorno a ese momento fundante de todos los momentos –el reencuentro con la mater del materialismo– que ha sido reprimido y olvidado por las ideologías del Padre. Para Rozitchner, el lazo materno es lo único natural y todo lo demás, es decir lo social, es artificioso; en cambio yo creo que la existencia es la interrupción de cualquier ensoñación, incluso una materialista. 

Existir, en suma, es el largo aprendizaje de saberse desde el inicio caduco; y todo el problema es cómo hacer de eso un arma de combate y no una razón para la sumisión.

No creo, por lo tanto, que las ideologías del Padre produzcan la escisión pero sí que algunas de ese tipo se montan sobre ella para brindar protección a cambio de obediencia. Ello supone, ciertamente, inducir o mejor, in-culcar, bajo amenaza de muerte, que es mejor deshacerse del deseo de transformar la historia en la odisea de la recuperación del Paraíso Perdido. Para las ideologías del Padre, la unidad sólo se consigue después de la muerte. Pero León cree que esa unidad es previa: se funda en el nutricio cuerpo sexuado de la madre, como si todo estuviera de algún modo cifrado en el útero. Yo no puedo pensar esa ensoñación sino como una fuga idealista en el corazón de una filosofía materialista. Una robinsonada. 

Me pregunto cómo un filósofo tan sagaz como Rozitchner puede obviar los dolores del cuerpo de un infante al nacer, anticipatorio de todos los desgarros. ¿Qué ensoñación se une al cuerpo sufriente de un niño que no puede calmar el dolor que le provocan los cólicos ni en los brazos de la madre o el padre? Sobre ese dolor que cada cuerpo conoce se monta todo el poder de la filosofía idealista, es decir, de toda filosofía, en términos nietzscheanos, que desprecia la vida. Contradecir al idealismo, sin embargo, exige hacerse cargo de ese dolor. Que es el dolor de la separación.

De todos modos, la de Rozitchner es una bella filosofía, que asocia la caída con la represión de ese momento ensoñado. Todos somos prematuros; y en haberlo olvidado reside la causa de nuestra desconexión con la Revolución.

Si la verdad de la filosofía reside en la mater del materialismo: ¿ser padre consistiría, contra todo iluminismo, en recuperar la verdad del hijo? Para un católico, te imaginarás, es toda una pregunta. 

Tu amigo, hermano.

Invierno 2024

Entrada 16

La madre: un eco o una huella. 

La angustia revela como alucinado al sonido y como verdadero a su eco; como fantasmal a la cosa y como verdadera a su huella. Es también la experiencia de mi cuerpo absorbido por ese eco, subrayado violentamente por esa huella. Existo: soy esta caligrafía doliente. 

¿Cómo es posible que duela más el rastro que lo rastreado? Este cuerpo retumbado por un eco se siente y se escucha –escribe Tamara Kamenszain– como una detonación: 

“no es no es nos decimos a nosotros mismos

no es nada no es nada agrega la madre ausente

eco de un fantasma que por fuera del tiempo

detona la alarma del despertador”

Entrada 17

Leo El texto silencioso, de Tamara Kamenszain. 

Los recuerdos de mi abuela R se precipitan. Mi infancia se tejió, cocinó y bordó en el perímetro de sus habladurías. La angustia es el temblor que aún acusa mi cuerpo al oírlas. 

Navego en ese texto silencioso que la mitología occidental llama “inconsciente”.  

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