Por Nicolás Fontana
¿Cómo me enteré de la infidelidad de mi marido? Y, sobre todo: ¿cómo descubrí la traición de Lorena? Fácil, fue gracias a una fuente de vidrio. La fuente había pertenecido a mi madre, creo que también a la abuela, y yo la había heredado sin demasiado entusiasmo genealógico. No me simpatizan los elementos de vidrio, sean ventanas, anteojos o un infame espejo; lo mío es la cerámica. Las imperfecciones saltan a la vista, no se ocultan. Encuentro en la sinceridad del alfarero una doctrina de vida. En cambio, el vidrio distorsiona. Nada es idéntico al otro lado del cristal. El espejo es el máximo estafador desde que comenzó la era de la imagen, hace ya más de ocho mil años en Turquía. El traidor no tuvo mejor idea que preparar lasaña para la ingrata. Caradura, ¿desde cuándo se cree un gourmet? Yo sé que es un inútil en la cocina (lo es también para elegir películas en el cine o cuando tiene que despedir a alguien en la empresa). Juro que vi la foto que Lorena subió a su historia de Instagram y colapsé. A los cinco minutos desapareció. Seguro se dieron cuenta de la metida de pata —ella o él, no lo sé— y la borraron. Era una foto entre muchas, la detecté porque la traición es un disparo en la oscuridad; inesperado, sí, pero inconfundible. Lorena estaba con un vestido negro bien provocador, los labios rojos (ocultando su lengua de reptil) y las tetas de plástico que evidenciaban el grotesco disfraz. En primer plano, ella y la fuente de vidrio con una manija rota. El detalle no era inofensivo, fue producto de un accidente —léase pelea, gritos y llantos— en las vacaciones odiosas del año 2014. Otro dato revelador: la lasaña fue preparada con ingredientes incorrectos. Lo sé porque descubrí en la decoración una repugnante nuez.
Desconfíe de ella desde el día que la conocí. Había algo en su forma de hablar que me inquietaba. Un ceceo insoportable que me generaba ansiedad, irritación y violencia. El otorrino me dijo que era probable que yo sufriera de misofonía. Pero yo, no creo que sea así. En una fiesta de fin de año cuando entré al baño y la vi arreglándose frente al espejo, descubrí sus pupilas verticales. Por eso su adicción a los lentes de contacto y anteojos de sol. Me viene a la memoria la primera vez que la invité a la casa quinta. La atrevida se presentó con un bikini verde Lacoste casi inexistente. Un diminuto triángulo de mal gusto. No demostraba vergüenza ni arrepentimiento. Con su típica cara de lagarto se hacía la desentendida. Cuando se vio rodeada de miradas inquisidoras —principalmente la mía y la de mis amigas casadas—, la muy bicha activó su glándula camaleónica y se mimetizó entre la gente. Dejó de ser el centro de atención. La recuerdo caminando rumbo al quincho. Entonces le perdí el rastro. Dos horas después la volví a ver. Ya era de noche. Estaba sumergida en el centro de la pileta. Solo le sobresalían los ojos, lascivos, en dirección a la entrepierna de mi marido. Maldita víbora.

En aquella época yo confiaba en mis dotes naturales —sobre todo el de atrás — y en la maternidad. No le di importancia a la amenaza. Dejé de lado el instinto territorial y finalmente con el tiempo me hice íntima amiga de Lorena. Por eso, lo insoportable no es asimilar la traición, es convivir con el pasado. Después de llorar toda la noche como una adolescente por la mañana hice la denuncia. En un primer momento no sabía si lo correcto era llamar a la NASA o al Pentágono. Por suerte los norteamericanos se toman las cosas en serio. La fueron a buscar a la casa. El operativo fue impresionante: tanques, helicópteros y jeeps de guerra. Soldados con armas largas y hombres de negro con anteojos de sol en plena medianoche. Lorena intentó escapar por la puerta de atrás. Saltó la pared del fondo, esquivó con relativa agilidad al perro dálmata de la familia Echenique y llegó hasta la esquina. Dudó unos segundos, intuyo que por la alternativa de ir hacia la izquierda o a la derecha, tiempo suficiente para ser interceptada. Hizo caso omiso a la orden de levantar las manos. Un francotirador le disparó un dardo tranquilizante, dio directo en el cuello y cayó sobre el asfalto. Nunca más supe de ella. Aseguran —lo escuché un domingo en la parroquia— que la encerraron en un hangar secreto en medio del desierto, en alguna parte de Albuquerque. Desde entonces los vecinos, sensacionalistas y conspiranoicos, discuten en el bar sobre experimentos, torturas y el verdadero color de las escamas. Habladurías de pueblo chico nomás. En todo caso, no hay nada que me impida dormir como una seda. Cuando se trata de defender el honor de mi familia, me arrastro y tengo sangre fría.


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