por Lucas Ortiz
—¿Y por qué estudiaste trabajo social?
—Porque me llevaba mal con mi papá.
Me reí, pero quise saber más.
—¿Y eso qué tiene que ver?
Es infantil, lo sé. De alguna forma quise ser todo lo que mi papá odiaba, y él odiaba a las trabajadoras ociales. En realidad odiaba a todos los que hacían algo con los pobres o los más vulnerables. Ahora ue lo pienso, quizás mi padre odiaba a los trabajadores sociales porque en realidad detestaba a la ente más rota y olvidada. Él decía que si ellos no hacían nada, ¿por qué alguien debería hacerlo por llos? Como si estuviesen obligados a pagar por su estar en la calle; para él, un homeless es una ei… una deeee…
—DeUUUda —exagero y la ayudo a pronunciar.
—Gracias. Y ahora que lo pienso, yo no es que odie a mi padre, más bien me enoja esa forma de ensar an facilista, tan simple. Es una forma de no ver que uno también es un miserable.
—¿Pero siempre te llevaste mal con tu papá?
No siempre… Bueno, en realidad, sí. Creo que también estudié en la universidad de otro estado para rme de casa. Es difícil estar mucho tiempo en casa para mí. El mundo se me hace chiquito. Es como ue las paredes, los libros, el pasto, el patio de adelante, el de atrás, el perro, mis hermanos, mis adres: es todo lo que hay. Quiero decir, eso es todo. Y no me gusta esa sensación de que lo que hay es lo único que es, porque…
El ruido de los estudiantes saliendo y las puertas que se abren casi a la par interrumpen
la conversación.
Quisiera insistir, pero me tengo que ir. Otra clase más son algunas monedas más. Me despido de Cindi hasta la próxima semana. Ya estoy acostumbrado a cortar conversaciones. El tiempo se escapa. Tengo que dar otra clase en otro instituto. Y tener es más importante que saber. Así que yo prefiero tener unos mangos más que saber el final de esa historia.
Lo siento, estudiante cuyo nombre voy a olvidar después de la clase. Además, qué plato: papá severo, hija universitaria no es algo que no haya escuchado antes. Lo peor que podemos hacer con los conflictos es repetirlos y encima pensar que son únicos.
Camino hasta la estación del subte. Otra clase. Otro día que almuerzo-meriendo en la calle y gasto las horas extras trabajadas y solo pienso en volver a casa. Sin duda hay grandes enigmas de la humanidad; el mío se articula de la siguiente manera: ¿alguna vez tendré una casa?
El alquiler sistemático de viviendas a costos altos para un trabajador asalariado es una mezcla de suerte maldita, una salvación con plomos en los pies. Se habita algo que está siendo tuyo, pero no es tuyo, nunca va a ser tuyo, y es entonces cuando se hacen chistes sobre vivir bajo el puente, en las vidrieras con luz apagada de un Mostaza o en alguna galería de Boedo de esas que no tienen persiana. Aunque dormir en un cajero lo considero insalubre por la falta de ventilación que se produce gracias al cierre —a veces— hermético de sus puertas. Las otras opciones son probables.
Por suerte es viernes.
El fin de semana fue un pestañeo. Otra vez estoy frente a un aula. Detrás de mi espalda, el pizarrón; al costado, una computadora que no tiene teclado. Cindi es, otra vez, la única espectadora de este “yo” que hace el único papel que puede: fingir que sabe algo que el otro necesita.
Las preguntas protocolares para comenzar: ¿cómo estuvo el finde?, ¿hiciste la tarea?, ¿alguna pregunta? La clase avanza a medida que se mueven las hojas del libro y yo anoto palabras en el pizarrón. Y entonces hablo, anoto más cosas y corrijo; lo de siempre, agravado por la pesadez del lunes.
Cindi es flaca, tiene anteojos muy grandes para su cara, un acento marcado cuando pronuncia las erres y mueve mucho las manos, se pone y se saca un gorrito azul; y tiene ganas de hablar.
Casi por el final de la hora deja de poner la mirada en el libro y sin vueltas vuelve a conectar con el tema de la semana pasada:
—No alcanzó con irme de mi casa cuando comencé la universidad, tuve que irme a vivir en medio del Pacífico.
—¿Under the sea como Homero?
—No, a Filipinas.
—¿Por qué Filipinas?
—Porque a veces los lugares que creemos lejanos tienen nombres raros, como Filipinas. Y yo me quería ir lejos. Porque el vínculo con mi familia, en especial con mi padre, se había vuelto insoportable.
—¿Por qué?
—Porque les dije que era lesbiana.
—¿Sos lesbiana?
—No.
Los últimos 10 minutos de la clase son los peores. Justo donde no hay más tiempo para hacer algo, justo donde es demasiado para irse antes. Por eso era una suerte que ella hablara tanto: así yo podía dejar de pensar en el rumbo de la clase.
Afuera hace un frío terrible, yo escapo rápido al subte. Suena el teléfono, atiendo. Últimamente mi mamá me llama bastante seguido para contarme cómo está mi tía, que está bajo observación porque su cabeza decidió comenzar a desconectar todos los caminos neuronales que a lo largo de su vida había hecho. Eso significa que a veces olvida mi nombre, cómo usar una cuchara y el orden en que tiene que mover las piernas para poder caminar.
Durante 10 minutos hablo con mi madre, escucho sus palabras, intento devolverle un panorama no tan desolador. Sé que este fin de semana debo volver a mi casa, no a la casa que alquilo, sino a mi casa de verdad —que queda en la zona oeste del conurbano—, ese lugar donde antes había un tiempo detenido y yo podía soñar en medio de la oscuridad.
Mi madre me pregunta —o, más bien, me lo vuelve a preguntar; siempre me lo vuelve a preguntar:
—Sí, má, terminé la carrera. Lo que dejé es la maestría. No, si no hubiese terminado no podría trabajar acá en el instituto. No, no te estoy mintiendo. Y no, no soy monotributista; hace cinco años que trabajo en relación de dependencia.
Me despido, corto la llamada. Ya casi llego.
¿Qué hace una familia? ¿Qué es eso que se suele resolver de forma tan trillada con imágenes de gente sonriente donde hay espacios prediseñados y ocupados por un personaje que es el padre, la madre y los hijos, desprovistos de todo conflicto? ¿Las personas que construyen una familia dejan de tener historia? Es extraña la idea de familia, de la sangre, las herencias y el vínculo más allá de todo. Sobre todo el papel que se exige al enfrentarse a los familiares: ser el mismo, siempre el mismo…
Y siento que no podemos evitar volvernos extraños para el otro; a veces pienso que somos más como desconocidos que insisten en compartir algo que ya no hay.
Sin embargo, el avance de la enfermedad de mi tía me duele. Me siento unido a ella por algo inmaterial pero profundo y denso. Mi tía, que se vuelve extraña también para ella misma y en unos días o meses olvidará quién soy. Y me da terror, pero hablo y escribo sobre ella. Porque pienso que eso extraño que avanza es, de alguna forma, lo que evita que nos gobierne la estupidez de esta época bruta que reduce todo a imágenes vacuas en alguna red social y que solo vale la pena tener cerca lo que funciona y obedece.
Siento que la enfermedad de ella, su ser debilitado, insuficiente —como el mío, aunque de otra manera—, me obliga a pensar la vida de otra manera con otras imágenes, más complejas o borrosas y desconocidas. Me obliga a algo para lo que no estoy preparado: ser diferente. Verla así… a veces yo tampoco la reconozco.
Entonces no es volvernos extraños para separarnos y perdernos mientras nos transformamos en usuarios anónimos como seres producidos en serie y aburridos de nosotros mismos, sino que se trata de volvernos extraños para encontrarnos en lo que no somos, en lo que no pudimos ser, en lo que no esperábamos, para que tal vez así tenga sentido volver a vernos sin pedir nada, vernos simplemente llegar a casa, sonreír y estar por fin juntos. ¿Es esto una familia? No lo sé…
Fuera del subte veo la oferta de 3 empanadas y gaseosa por 4500 pesos, solo efectivo.
Llego a mi casa, y caigo pesado como si anticipara el cansancio de toda la semana.
Me despierto, es martes; otra vez, me esperan el aula y Cindy.
—El problema es que todos en mi familia son policías. Menos mi mamá, pero ella está realmente a favor de la policía. Usó una vez la palabra «esencial». «Ellos son esenciales, vos ¡no!». Y me señaló así con el dedo.
—Y obvio, Cindi, si me contaste que su marido también es policía. Es decir, dejó a tu papá por otro policía y tu hermano también es policía.
—Y mi hermana, que tuvo mi papá con el otro matrimonio, también.
—También. Entonces me parece que tiene sentido que…
—Sí, sí, pero es aburrido, todos piensan igual, es como la misma persona desparramada por toda la casa. Veo a uno y veo a todos, es como un monstruo con muchas caras que repiten lo mismo. ¡Y las cosas que decía mi papá!
—Bueno, pero es tu papá y a veces los peores policías son los que no tienen gorra ni placa, como algunos amigos. Mirá, yo tengo una amiga que… Tu papá, en todo caso, juega con reglas claras, eso está bien. El problema son los que se dicen amigos y que, en vez de ayudarte, te juzgan como el peor de los jueces y gratis.
Cindi se saca el gorrito azul, me mira con sus ojos grandes y soltamos el aire al mismo tiempo.
—Vivir juntos es siempre una pregunta que vuelve —me dice mientras ahora mira a una de las esquinas del aula—. Pero está bien, vivir solo, realmente solo, es una fantasía, una locura. I mean, solo en el mundo y que no te pase nada. Porque vivir tiene que ver con cansarse, lastimarse y a veces hacer cosas que son inútiles.
—¿Inútiles? —la miro con atención mientras ella ahora me mira de frente y mueve su mano dentro de su mochila.
—Sí, ejemplo —saca el celular y me muestra unas fotos.
Ahí veo como una roca gigante o la ladera de una montaña, ramas que salen y quiebran el paisaje rocoso. Mi impresión es la de ver la corteza de un árbol gigante petrificado, donde las rocas son nudos y asoman algunas hojas verdes. Pero lo más extraño no es eso, no es la indefinición que aparece entre los reinos vegetal o animal, sino los extraños frutos que cuelgan en el vacío: cajones de madera que aparecen incrustados en la roca o sostenidos de forma aparentemente muy precaria con cuerdas y estacas.
También se pueden ver cruces sostenidas en el vacío de forma horizontal e inscripciones que no entiendo sobre la madera y la roca. Miro detrás y el paisaje es una vegetación espesa. Da la sensación de que ese lugar es realmente grande, construido por un gigante que puso los cajones a una altura muy elevada.
Cindi procede a contarme que en Filipinas hay una pequeña cordillera donde hay un cementerio colgante. Es todo obra de los Igorot, un grupo milenario que continúa hasta el día de hoy con este extraño ritual funerario, que consiste en llevar a sus muertos hasta lo más alto posible. De hecho, es fácil ver dónde hay muertos que fueron el último eslabón de una familia, ya que cuelgan solos —o con escasa compañía—, y otros que, al formar un racimo de uvas de cajones, muestran una familia numerosa. Los ancestros son siempre los que están más arriba porque son los que tienen que recibir la mayor cantidad de luz solar.
Resulta que para los Igorot el muerto necesita de un último favor: ser llevado lo más alto posible para que no sea tan difícil alcanzar el cielo, la luz eterna.
—¿Hay algo más inútil que llevar a un muerto tan alto? ¡Y encima en una montaña! —me dice ella, cortando el trance que me producía mirar las fotos y escuchar su historia.


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