Un diálogo a contrapelo entre “Casi Normales” y las constelaciones familiares
Por Har Inder.
A José Manuel y a María, mis dos hermanes no nacides.
A María Cecilia Doria.
Cara a cara con el dolor
En Enero del año pasado Sara, mi madre, comenzó a manifestar algunos episodios alucinatorios severos. A los pocos días recibió un diagnóstico de demencia. Todo se precipitó muy rápidamente. Desde entonces, todo cambió una vez más y no dejó de cambiar en nuestra vida familiar. Nuevamente, una cita con el gran abismo del dolor, ese que todos llevamos individualmente y en latencia en la “privacidad” de nuestros cuerpos, semejante a una habitación esquiva en la que no se sabe muy bien cómo entrar. Ni cómo salir. Pero que ahí está. Nuevamente, una cita con el tan desnudo amor, que yace detrás de ese abismo, más hondo.
La cita anterior había sido catorce años antes, cuando Francisco, mi padre, supo expresar desde lo más honesto de sí mismo un furibundo cáncer de páncreas, que culminó rápidamente en su muerte al cabo de unos diez meses. En aquel entonces se sacudieron literalmente los cimientos de mis piernas. Los silencios bajo mis pies se colmaron de estremecimiento, y mi aliento profundo digamos que se detuvo elásticamente durante años. Tras la apertura de aquella grieta al gran abismo, francamente fui lanzado en caída libre hacia un viaje poco menos que perenne que me llevó a danzar por toda la eternidad.
En esos años, mi vida entera dio varias veces un giro completo, con aire incierto de espiral. A veces, cayendo hacia abajo, estrepitosamente abajo. Otras veces, girando hacia arriba, dulcemente arriba. Y otras tantas, más allá de toda espacialidad. En puro dolor y abismo. Digamos que en aquel entonces morí y renací una decena de veces, con mis ilusiones y mis creencias, con mis representaciones y con mis células ( sobre todo con mis células). Claro, todo eso al calor de un sin fin de frustraciones y desesperación. Creciendo, sí, sobre un trasfondo texturado de lisa y llana desesperación. Sorprendido, eso sí, ante la apertura de nuevas e insospechadas dimensiones. Si lo resumo, puedo decir que, desde aquel golpe, que no fue estrictamente un golpe, mi cuerpo entero se abrió, y mi mirada hoy es otra.
Mi viejo se fue en enero, en el mes de mi cumple. Murió una semana antes del 12.
Y ahora mi madre (sí, ella), también en enero, comenzó a despertarnos, sin más, uno por uno, a este nuevo misterio. Elijo llamarlo misterio, sí, pues, como todo misterio real, tiembla y llama con afectivo clamor. A través de un abismo. A través de unos ojos sin fondo.
En aquel momento, el de la cita anterior, como el asunto era “el padre”, me lo tomé un poco a pecho y digamos que me metí a fondo en la carne existencial del duelo y mi autotransformación, con toda la metamorfosis que eso conlleva. Me entregué al proceso hasta las tripas y los huesos, como suele suceder en aquellos casos donde el terror, la fascinación y el susto, disparados por un mismo objeto, semejan la vastedad y la intensidad del amor profundo.
No sólo me hice yogi y meditador, sino que me adentré muy seriamente en la línea de las terapias intensivas y el chamanismo. Trabajé asiduamente con ayahuasca, peyote, con aguacoya y micelios de distinto tipo. Seguí la senda de la visión y el canto, el tambor y el fuego. Desde la humedad íntima y oscura, en el vientre del temazcal, hasta la mismísima aurora boreal del cosmos. Desde la portentosa nocturnidad de la danza de espíritus hasta ese indecible amanecer donde uno se une con Dios.
Mi viejo, bum, bum, en cada profundo latido del oscuro tambor. Su presencia entre cada pleno agenciamiento y cada estertor, parecía marcar el pulso del viaje desde algún sitio de la eternidad. Bum, bum, una y otra vez, con insistente verdad y (re)aparición.
Insistí. Continué. Con los años, iba recobrando mi aliento. Seguí retirándome en silencio y en ayunas unas veinticinco veces. Para adentrarme más al abismo, e ir tras él. No ya buscando a mi padre, pero sí en ocasión del abismo que se abrió con él.
En media docena de esas ocasiones, durante el ayuno, me retiré a la montaña, con la certera compañía de la medicina ancestral, que se adentró generosamente hasta mis fondos, y me llevó, sin velos, hacia el corazón antiguo del ser. Fui alojado libremente en aquella abierta morada, donde simplemente parecía ya no haber piel. En otras tantas de esas “retiradas”, me dediqué por entero al entrenamiento sistémico, terapéutico y vincular. Respiré, renací, circulé incansablemente por la ronda, me convertí en un asiduo investigador de los astros y del cielo. Transformé mi alimentación de cabo a rabo una y otra vez, y me dediqué a recorrer, con devoción y paciencia, los innumerables kilómetros de un sin fin de formaciones aquí y allá.
Y sí, Padre.
Hoy puedo decir, con serenidad algo risueña y bien austera, que la muerte de mi padre me tomó por dentro (muy por dentro), pese a mí, y me llevó de regreso hasta los huesos mismos del dolor. Y desde allí, desde esa interna habitación, hasta el abismo sin fondo. Que vive en mí. Me llevó sin atajos, sin promesas. Sin dilación.
Podría decir, un poco con el poeta, otro poco con el filósofo: “confieso que mi padre ha muerto”. Lo puedo decir por fin.
Nunca lloré tanto a alguien como lo lloré a él. Nunca grité tan desesperadamente una ausencia. Nunca sentí tanto miedo, tanto horror, y tanta culpa. Posteriormente, tanto amor.
Y acá debo decir: Nunca, tras esa desesperación y ese llanto, se había abierto en mí y para mí antes algo tan maravilloso, y tan hermosamente grande. Tan magníficamente celeste, y tan real.
En esos catorce años de mi vida, de duelo profundo, de renacimiento y visión (así como de insondable reparación) se gestó existencialmente en mí “otro yo”. De eso, ni modo que quepan dudas.
En fin, padre, debo al poder de nuestro misterioso vínculo, no sólo el hilo del cual manó mi vida, sino una cabal reestructuración de mi entero prisma interior. Tan visceral y orgánica como abierta a las fuerzas de la Creación.
Gracias, por este hilo dorado de maestría radical. Gracias por este hilo de raíces sin fondo. Es cierto, no pensaba así antes de que te murieras. No porque vos estuvieras vivo, sino porque yo aún no me había transformado. Ni me conocía. Vos me pusiste el puente, primero, a la vida, y luego, con tu muerte, hacia nuevas emanaciones de mí.
¿Y ahora?
Y ahora, Madre. De vuelta al niño interior.
Los linajes son los linajes.
¿Serán otros dos septenios?
Esta vez, el invisible (y no representable) grito sacudió hasta los cimientos de mi vientre. Se coló por debajo, digamos, del cisma umbilical. Y entró.
De vuelta a sentir.
De vuelta a mirar.
De vuelta a entrar en la espiral. Sin demasiados filtros.
Dicen, que la serpiente de la existencia es una sola.
¿Será verdad?
Pienso que nunca dimensionaremos lo suficiente el hecho de que nuestro cuerpo individual se ha engendrado literalmente dentro, y con las sustancias, del cuerpo materno. Del cuerpo de nuestra madre. La de cada uno. Con su materialidad, con su respirabilidad, con su emocionalidad, con su espiritualidad, en ciernes.
Como dije, mi madre entró el pasado Enero en trances alucinatorios. Mezclando lo real con lo irreal. Las “verdades” con los sueños. Quizás algo demasiado humano. Tras una larga serie de entrevistas, revisiones clínicas y algunos tests, la neuróloga dijo: Lo más probable es que sea una demencia de origen vascular.
Sí, yo estoy de acuerdo con ustedes, no deja de ser cierto que siempre podría resultar apresurado, o cuanto menos enjuiciable, sentenciar empíricamente qué es alucinatorio y qué no lo es. No obstante, la clínica es la clínica, y resultaba claro que Sara había empezado a manifestar ciertas errancias en la conducta y divergencias en el discurso que no sólo, en virtud de su edad avanzada, la sumían a ella bajo un inminente peligro, sino que, como quien dice, comenzaban a hackear “el espesor del velo”, y con su amenazante temblor, a desnudar tras la sombra, ciertamente, una historia más profunda.

“Casi normales” – Entre el olvido, la desesperación, y el hilo dorado del ser, que no abandona
Hace unas pocas semanas fuimos con mi compañera al teatro, a ver una nueva versión del célebre musical de rock dramático Next to normal (Casi normales). En esta ocasión, en formato inmersivo. Es decir, dentro de una sala descentralizada, sin escenario, y rodeados de actores, espectadores, y luces y sonidos por doquier. La obra, que se estrenó originalmente en el circuito off de Broadway, allá por 2008, se esparció rápidamente por Europa, América Latina, Australia y Filipinas, siendo oportunamente adaptada y presentada casi ininterrumpidamente en más de 15 países, acompañada por una audiencia de un total de varios millones de espectadores en todo el mundo. Convirtiéndose sin duda en uno de los musicales contemporáneos más populares. Digamos que Casi normales, que explícitamente aborda la ardiente cuestión de las relaciones familiares y la salud mental, es una obra que actualmente “está en la sangre del colectivo”.
¿De qué trata este potente musical? Básicamente, narra la historia de la familia Goodman, una familia de clase media que intenta sostener una vida “normal” mientras convive con una herida profunda: la enfermedad mental de Diana, la madre.
Desde la escena inicial podemos ver a Diana dialogando con su hijo adolescente, Gabe. Durante un considerable tramo de la obra, las escenas van y vienen, con cierta tensión, y dramatismo recurrente, aunque con naturalidad. El impacto rotundo sobreviene cuando el espectador descubre que Gabe, el hijo de Diana, murió en realidad siendo un bebé años atrás. La presencia del hijo en su versión adolescente no es real, sino una alucinación de su madre, ligada a un duelo no resuelto.
La obra transita airosamente por múltiples dinámicas vinculares típicas del universo familiar moderno. Y en todo su espesor dramatúrgico abundan un sin fin de pormenores y filamentos narrativos que no sólo vale mucho la pena experimentar en vivo, sino que merecerían sin duda ser analizados con detenimiento. No obstante, en esta ocasión me interesa enfocarme exclusivamente en la nervadura central del argumento a los fines de enfatizar sin demasiados preámbulos una notable cuestión: las consecuencias fatales de la negación, la exclusión y el olvido. Así como los evidentes efectos nefastos no del dolor, sino de la estricta falta de amor.
Desde ya, esto no es algo que se explicite para nada en el texto de la obra, sino algo que elijo recoger yo desde una mirada posible a lo que subyace.
¿Qué sucede en la obra ante el creciente desplazamiento “psicótico” de Diana? ¿Cómo reacciona la familia, y cómo se desenvuelve el tratamiento de Diana?
Fiel al imperante paradigma moderno, sin demasiadas vueltas. Diana comienza a asistir a un tratamiento fuertemente apoyado en la medicación psiquiátrica, que irá escalando progresivamente hasta llegar en su extremo a la terapia electroconvulsiva. La intención es clara: estabilizar a Diana, hacerla funcional, que vuelva a ser “normal”. Aparentemente, eso sería “curarla”. Es decir, que Diana sencillamente deje de alucinar con el retorno de su hijo muerto, que parece todo el tiempo investir desde una realidad paralela, desde la cual Diana es convocada perturbadoramente una y otra, y otra vez. Por momentos, el tratamiento parece cumplir su cometido, y Diana olvida. Pero en cuanto Diana recupera algo de su conexión vital, y corre por sí misma tan sólo un poco el velo de la medicación, las alucinaciones se intensifican. Y el pasado vuelve a irrumpir con toda su potencia y novedad.
El hecho innegable y central es que la familia entera se ve sumida en una compleja situación visiblemente indeseada. Se ve compelida por el angustiante cuadro “materno”, en este caso vehiculizado por Diana, a confrontarse con aquello que de una forma u otra negó y evitó afrontar durante largos años: la muerte temprana de Gabe y el impacto devastador que esa pérdida tuvo en los silencios subyacentes de cada uno.
A la larga, tal y como sucede en la realidad, el “tratamiento” (ese tratamiento) no “funciona”. Diana decide marcharse para intentar reconstruirse por fuera de la estructura que la mantiene enferma. Es entonces cuando Dan, su esposo, se quebranta por fin ante su partida, y, al caer rendido, comienza a llorar verdaderamente el dolor de haber perdido a su hijo. ¿será que ahí comienza la cura?
En ese punto, se consumen los rastros de la última escena. La estridencia del rock baja, las artificiosas luces ceden. Con maestría y beneplácito reingresa el silencio. Se desvanece la obra.
Más que “casi” normales, yo diría que demasiado normales.
Si se ha estado suficientemente atento, es notable advertir que el mismo paradigma que oprime y opera sobre el alma de cada uno de los integrantes, demandando en su día a día cumplir con cierta performance de “normalidad” (y locura), es el que dicta y pretende la cura no por la vía íntima del contacto, la elaboración paciente y la escucha (que permitan a los cuerpos integrar los hechos), sino por la violenta avenida de la persuasión farmacológico-química hacia la profundización radical del olvido. El paradigma no sólo reclama normalidad y funcionalidad (sostenida, como bien sabemos, sobre un tipo de familiaridad “mecánico-mercantil”), sino que augura desde sus entrañas profundas el más cruel desoimiento. De allí que cuando arriba el dolor, no lo escuche (ni al dolor, ni al doliente) sino que arremeta contra él. Provocando agudizaciones de todo tipo, menos la cura.
Explícitamente, la obra convida un agudo cuestionamiento al paradigma de la “normalidad” contemporáneo-moderno. Sin duda. Ahora, en un sentido más profundo, desnuda las recias consecuencias de la falta de contacto, de la carencia vital de una real escucha, y de la ausencia galopante y masiva de una elaboración seria de nuestro dolor.
¿Cómo podríamos, entonces, ante el dolor, oír lo que realmente nos habla en él?
Acaso nuestros lazos familiares sean el vehículo más incómodo, es cierto, el más persistente, el más viral y viscoso, pero también el más poderoso, para recibir este esencial impacto, y poder abrir en nuestro cuerpo entonces una cabal re-consideración de cómo estamos viviendo hoy. Bajo qué paradigma vincular y vital. Y empezar a responsabilizarnos.
En el caso de los Goodman, el mensaje es insoportablemente claro: si consideramos que amor es la fuerza que une e integra cada vez que circula, y nos permitimos llamar cura a la restitución vital de la armonía y la circulación; entonces, la senda (ciega, sorda y sin escucha) que puja simplemente por erradicar el dolor por la prepotente vía de la negación y el olvido, no trae ni cura ni amor, sino que escala sin temblor hacia la locura, y hacia la lisa y llana destrucción.
Los “Órdenes del amor”: del grito de la constelación a la escucha
El sacerdote que oficiaba la misa anunció, con la claridad ritual de un gesto, que era el momento de la eucaristía. La música, que ahora poblaba nuevamente la atmósfera del templo, asintió con entusiasmo esa casi orgánica directiva, y supo darle énfasis. Los cuerpos de los fieles, como si fueran la imagen implícita de aquel coro, comenzaron a acercarse a los pies del altar para consagrar su comunión. Era el momento cúlmine de la ceremonia. Decidí dejar que mi madre se acercara sola y de a pie al altar para recibir el sacramento, como tantas otras veces lo había hecho. Yo la esperaría justo allí, en el banco de la sexta fila, del lado izquierdo del altar, donde habíamos transcurrido todo el evento. La vi partir. Mi corazón se posó dulcemente sobre sus espaldas. La acompañaría de ese modo hasta el final. Ella se acercó afablemente al sacerdote, recibió, como siempre, el pan que simbolizaba la resurrección en Cristo, y prosiguió, un poco errante y lenta. Su movimiento se diluyó cómodamente entre los bancos del ala derecha del templo. Jamás volvió a su lugar.
Cuando advertí que Sara, mi madre, ya no volvería a su tan confortable para mí manera de “ser normal”, no sólo me estremecí hasta los huesos, al darme cuenta de que cierto tipo de “familiaridad” entre ella y yo ya no existiría (zas!), sino que comprendí, estupefacto, que una nueva y entera “capa familiar” había emergido, súbitamente, y se encontraba ya entre nosotros, actualizando la modalización del fractal. Digo “nosotros”, la familia. Sin duda, a juzgar por el temblor de mis tejidos, la irrupción de algo que llegaba desde lo profundo.
En esta ocasión, digamos que tras los dos septenios de “reacomodamiento” ya cosechados y maduros de mi “ciclo paterno” de transformación, mi cuerpo respondió con cierta destreza. No sé si con suficiente inteligencia, pues el vientre es el vientre y el temblor es temblor, pero sí con la certeza de quien recibe un llamado para el cual se ha preparado durante un largo y pormenorizado tiempo, a sabiendas de que el signo oculto que viaja en semejante llamado, simplemente ha llegado a puerto. Y es hora.
Esa respuesta de mi cuerpo, visceral y sesuda al mismo tiempo, me llevó en esta enigmática hilera de la espiral a sumergirme en el universo sistémico de las constelaciones familiares. Sin menos ni más. Ahí fui, me sumergí en un nuevo proceso, de (re)aprendizaje, de atestiguar y sentir, de (re)visión, de sentido. De volver a mirar con nuevos ojos, más hondo. ¿Otra vez familia? Sí, otra vez. Literalmente, me entregué a una nueva bisagra de respiración y entrenamiento. Bien sensible, atento y sobre mis pies. Esta vez con asecho de simiente y de raíz. Era mi madre, sí, pero no sólo mi madre. Me entregué honda y sinceramente, yendo despierto y erguido, tras la luz y tras la sombra. Tras el velo, y su conflagración, ya recurrente.
¿A qué? A hacer contacto. A prestar escucha, a elaborar (y ser elaborado) pacientemente. Por la vía amorosa de la intimidad.
La mirada sistémica de las constelaciones propone básicamente que existe una continuidad inconsciente entre las generaciones de una familia. Una continuidad de códigos, de patrones reincidentes, vinculados principalmente a traumas y desórdenes no resueltos, tan autárquicos como compulsivos. Al modo de un verdadero hilo rojo que sujeta desde el interior del tiempo el complejo campo de las conductas y de los cuerpos.
Desde esta mirada el inconsciente no sería principalmente un mero depósito psíquico de las materialidades propias de nuestras represiones personales, o de las inflexiones traumáticas de nuestras experiencias temprano-infantiles, sino una red inteligente, una red transpersonal que entreteje las generaciones y las desborda, para transcribir sobre las escuetas novedades del presente, los ricos afluentes de la memoria.
Claro, una gran trama viva e inteligente, hecha de hilos invisibles y dinámicos de energía resiliente, nutrida nada menos que con el espesor semántico de un sin fin de historias, así como de poblaciones enteras de insospechadas raíces. Un verdadero y poderoso río de vida en proceso, de informacionales vertientes, y potencias, de significados y significación. Un río envolvente. Un río trama. Trama en el doble sentido del término, de entretejido y de relato en prosecución.
De modo que la totalidad prácticamente innúmera de las fibras energéticas que componen nuestro arbolado cuerpo, no sólo ramifican hacia la concavidad del tiempo el receptivo adentro de nuestro diseño individual, tan íntimo; sino que, con discreción omnisciente, nos nutren con la afluencia postrera de narrativas stricto sensu. Narrativas, por lo general, secretas. Y en su mayor parte, no conclusas e irredentas. Sí, verdaderas tramas inteligentes, de relatos que asoman a la emotividad presente de nuestra tan vívida como personal vida de superficie, pero que en rigor reverberan el tintineo profundo de una dramática de fondo.
Esa continuidad, ese inconsciente transpersonal, intergeneracional y profundo, prolifera, debemos decirlo, asiduamente y a diario, bajo la formación escénica de configuraciones materiales de realidad y sentido (cotidiano). Esto muy bien lo sabemos, y no precisamente por el atractivo de su encanto teórico, siempre hipotético, sino por su temible impacto.
Ningún individuo existe aislado. Y nada de lo que nos sucede individualmente nos ocurre “estando solos”. Dicho de otro modo: la materia misma de nuestra individualidad es ancestral y comunitaria en todo sentido. Y acontece apenas como emergente de un sistema mayor al cual pertenece, al cual se halla inequívocamente interconectado, y sólo en virtud de cuya coherencia cobra finalmente una cabal significación.
De modo que las constelaciones familiares básicamente destronan (esta vez, en el contexto sistémico-familiar) lo que podríamos llamar, con eco marxista, el contemporáneo y ferviente fetichismo de la individualidad.
En mis consultas, siempre digo: el pasado está adentro, no “atrás”.
El pasado, como metáfora viva de nuestra siempre abierta asimilación del tiempo, semeja a una red inmanente, dinámica e interna, a ser comprendida, y no a una línea trascendente de algo a “dejar atrás”. El pasado se transforma en lo vivo como tal, o bien retorna. En efecto, cuando se transforma, ya no “pasa” más, pues se integra bajo la modalidad de lo abierto al presente, con toda su evolución potencial, con toda su fuerza creadora de verdadero manantial.
Pero la punzada más impactante, la más fértil y conmovedora, que las constelaciones familiares asestan a nuestra comunidad, no consiste en la mera revelación genealógica de una persistente continuidad significativa e intergeneracional, sino en algo más. No en el hecho de haber postulado transversalmente un inconsciente sistémico y transgeneracional, sino en el aserto que asevera que en esa continuidad existe un orden. Según esta segunda tesis no sólo existe una red inteligente que nos une sistémicamente, sino que esa red está tejida por principios. No obligatorios, pero tampoco opcionales.
Bert Hellinger, el creador de las constelaciones, denominó a esos principios los “órdenes del amor”. Más allá de su posible especificidad ontológica y categorial, digamos a modo introductorio que estos “órdenes” refieren a una suerte de principios internos de vincularidad, que no se pueden no acatar sin pagar al mismo tiempo un elevado costo. De ello bien podría valernos de elocuente ejemplo la familia Goodman, aunque no solamente.
¿En qué consisten estos principios de vincularidad?
Para la mirada sistémica, permítanme la redundancia, toda familia conforma un verdadero sistema. Es decir, las familias no son una mera sumatoria o conjunto de individualidades independientes, sino específicamente una totalidad de sentido, que sigue su propia legalidad. Tal legalidad, inmanente a los sistemas vinculares mismos, oficia de salvaguarda vital para la conservación del equilibrio sistémico. Vale decir, si los “órdenes” que rigen esa legalidad son atendidos, y se prosigue su curso, entonces hay equilibrio, y las relaciones, así como la salud global de los individuos, florecen.
A ese estado, de fluidez vincular, que supone la observancia de un cierto orden, Hellinger lo llama amor. Dicho de otro modo, en un sistema familiar sólo puede circular el amor, si previamente hay orden. Hay una preeminencia del orden respecto del amor. Así como hay una necesidad de la circulación del amor para la buena salud de los vínculos.
Si no hay orden, el amor no circula, aunque lo hubiera. Si no circula el amor, se propicia el desequilibrio, por la falta real de contacto, y entonces sobrevienen las compensaciones, que, ejecutadas y fortalecidas por la reactividad de mecanismos defensivos de todo tipo, empiezan a superpoblar el entero espacio vincular. Y a hacerse pasar por “las cosas de la vida”. Por ese camino, la energía tarde o temprano se enreda. Se anuda. Y no sólo hay dolor, sino sufrimiento real.
¿Cómo se deshace el sufrimiento (esa tremenda y crepitante coagulación del dolor)? Vaya pregunta.
Restableciendo el buen funcionamiento de los principios. Sí, la mirada sistémica es al mismo tiempo una mirada funcional. Si hay verdadero orden, el sistema funciona. Si no lo hay, entonces sencillamente no. No se trata tanto de “normalidad” o “ausencia de normalidad”, (categoría sujeta a consideraciones externas) sino de orden o desorden interno. No de cualquier orden, desde ya, sino del orden del amor, y su específica legalidad. Insisto, dicha premisa no refiere aquí al cumplimiento de un orden (trascendente y externo) para el alcance ulterior de una supuesta “normalidad”, sino a un aprendizaje (interno) de maduración emocional, para la liberación amorosa de nuestra energía vital.
Para Bert Hellinger los “órdenes del amor” son fundamentalmente tres: El orden de la pertenencia, el orden de la jerarquía, y el orden del equilibrio entre el dar y el tomar.

La inclusividad radical: es hora de amar
De los tres órdenes del amor postulados por Hellinger, voy a enfocarme sólo en el primero de ellos: el orden de la pertenencia. Como dijimos, toda familia es un verdadero sistema, y, según este primer principio, todos los miembros del sistema poseen igual derecho a pertenecer a él. Y como tales pertenecientes, poseen derecho a ser reconocidos. Dicho de otra manera: Resulta clave para el buen equilibrio del sistema familiar (y para la salud de cada uno de sus integrantes así como de sus vínculos) que cada miembro del sistema sea reconocido y tenga un lugar propio. No cualquier lugar, sino el lugar que le corresponde en el sistema a él y sólo a él.
Está claro que los “lugares” de la exclusión, el rechazo, el menosprecio, o el olvido, no son propiamente “lugares”. Pues no hay allí un verdadero y consciente reconocimiento, y si no lo hay, no se refrenda la pertenencia, y no hay verdadera integración. Ergo, en tales casos el sistema queda partido. Marcado por el estigma de una escisión interna, que coagula de ahí en más la libre circulación de la energía afectiva en su red, y lo inocula de separatividad. El sistema se anuda. Eso, en el inconsciente sistémico no sólo duele, sino que en la trama familiar ya no circula el amor.
Todos los miembros han de ser honrados y reconocidos. ¿Por qué? Demos, en principio, la respuesta sistémica y más obvia: Porque el sistema (familiar) posee una unidad dinámica de sentido, específica y propia. Y esa unidad está dada por la singular presencia, sea cual sea, de cada uno de los miembros que componen a ese sistema y no otro. En otros términos, el equilibrio de un sistema familiar está dado sólo por la libre circulación de energía entre sus miembros, y no advendrá en ningún caso en virtud de juicio moral alguno por parte de ellos. Digámoslo negativamente: nadie posee el derecho de excluir a otro (por más juicio moral o herida emocional, o presunta “indiferencia”, o “dolor insoportable,” que le pese). Incluso, más agudamente: Si todos poseen el derecho de ser recordados e incluidos, nadie posee el derecho de olvidar. Ni de negar a otro. Ni al enfermo, ni al “discapacitado”, ni al muerto accidental o prematuro. Ni al que fue abortado, ni al delincuente. Ni al vergonzante, ni al adicto. Ni al que traicionó, ni al violento. A nadie.
Sí, es fuerte la ley del amor. No se puede excluir a nadie. No se puede dilapidar dolor hacia otro porque no se tolera el propio, o porque no se sabe qué hacer con él para procesarlo, y dejar de sufrir. El camino no puede ser “dar la espalda al otro” en mi propio sistema. Al otro diferente de mí. Al otro que patentiza la incomodidad, la vergüenza propia, o el dolor. Al otro que anhelo simplemente “dejar atrás”. Pues no hay “atrás” sino sólo adentro, y el adentro se procesa, se elabora. Y ello requiere coraje, paciencia, contacto. Requiere tiempo e intimidad.
Para integrar nuestras relaciones (las relaciones que dan o dieron vida a nuestro sistema), no se puede “sacarnos esto o aquello de encima”. Eso lo único que hace es profundizar el rechazo, y enredar más. Pues profundiza la herida (del sistema). Y lo que profundiza la herida, por definición, no la disolverá (ni emocional, ni farmacológicamente) sino que la hará retornar.
¿Para qué? ¿Para qué la hará retornar si nuestro inconsciente sistémico es una red inteligente? Para repararla. Pues en rigor toda herida de contexto familiar es una herida sistémica, aunque se trasluzca en la superficie como “herida personal”. Y el sistema, como es precisamente una red inteligente de memorias y energía vital, hará lo que tenga que hacer para reparar lo que se ha dañado, y retornar al equilibrio. De allí que resulte clave no intentar expulsar o acallar violentamente los síntomas que el sistema produce y nos trae con cada escenario familiar. Sino, hacer contacto, y escuchar. Para elaborar inteligentemente una respuesta a la altura. A la altura del dolor real. Y no de nuestra reacción asustada y emocional ante él. A la altura del amor, que, en verdad, sentimos muy profundamente.
Diana no podía olvidar a su hijo Gabe. No sólo no podía de facto, sino tampoco de iure. No estaba en su derecho el poder hacerlo. Es su hijo. Por eso, el caso de la familia Goodman es lapidariamente claro. No hay fármaco, negación vincular, ni tratamiento, que nos pueda obviar el procesamiento de nuestro dolor. No hay “electroshock”, distracción televisiva, o “cirugía cultural”, que nos pueda eximir de nuestra tarea de adultos responsables de honrar y de amar a todos los miembros de nuestra familia.
El pasaje a la tarea real
Todo estaba listo en la sala. La mayor parte de los presentes se hallaban sentados en ronda. Cecilia, la facilitadora, guiaba con suavidad y certeza cada movimiento. Julia, estaba allí junto a Cecilia, lista para constelar.
Julia padecía desde hacía tiempo un cuadro bastante severo de glaucoma. Su vista se veía cada vez más afectada. Su temor actual era quedarse ciega. Se lo podía sentir en el espesor emotivo del ambiente que se había creado, Julia estaba sufriendo realmente. No tardó más que unos segundos en soltar un llanto desgarrador y, en apariencia, sin consuelo.
La constelación avanzó gradualmente. Con los minutos, algo se destrabó en la interioridad más profunda de Julia, y recordó súbitamente que había tenido tres abortos. Tres hijos a los cuales no podía ni quería mirar. Su cuerpo se hallaba literalmente envuelto por un enjambre de dolor.
Cecilia colocó en el espacio a tres representantes, uno por cada hijo. Julia no los quería mirar. Parecía estar atenazada y frente a un abismo. De espaldas a sus hijos. Sus lágrimas se apretaban y sin embargo no podían dejar de fluir desde adentro, con negación y estremecimiento.
La consteladora le explicó que hasta que no viera a sus hijos, y los reconociera, el dolor la iba a estar llamando, con síntomas, sí. A través de su salud. Pues ese dolor es algo que habita en ella misma. Lo quisiese o no.
Nuevamente, parecía cobrar cuerpo el fantasma de Diana Goodman, y su hijo Gabe.
Unos días más tarde, volví a viajar a Tandil, para visitar a mi madre. Eran los primeros meses desde que habían aflorado por primera vez los síntomas de su demencia de aparente origen vascular. Los médicos habían diagnosticado que muy probablemente su afección cerebral se debiera al largo deterioro de su situación cardiovascular. Mi madre está anticoagulada y medicada desde hace más de treinta años, y lleva consigo, entre sus músculos y bajo la piel de su pecho, un “marcapasos” adherido, desde hace un cuarto de siglo. Ambas cosas, la medicación y el “aparato”, debido a un cuadro temprano de cardiopatía. Su corazón había comenzado por esgrimir su llamado con una “arritmia”, disparada a su vez por un contexto interno de elevación de la “presión”.
Mientras viajaba para encontrarme una vez más con ella, toda la información y las energías daban vueltas en mí, y sentía que poco a poco se iban entreabriendo algunas compuertas. Me di cuenta en aquel momento de que nunca me había cerrado del todo el hecho de que Sara, mi madre, tuviera sencillamente “problemas de corazón”, y lo naturalizara, sin más explicación. Así lo decía, como si tal cosa. No era la primera vez que yo tocaba el asombro, o que sostenía hondo esa pregunta. Pero ahora la acucia retornaba con un nuevo poder: «¿de dónde viene eso, che?».
Recuerdo que a medida que iba creciendo, allá por mi primera juventud y post-adolescencia, me daba cuenta de que pasaban los años y me enojaba mucho que mi mamá siguiera yendo sistemáticamente al cardiólogo y tomando medicamentos sin indagar profundamente qué le pasaba. ¿Por qué la afección del corazón?
Pero ahí quedaban mis enojos. No quería pecar de soberbia, ni inmiscuirme donde aparentemente “no correspondía”. Acababa por “dejarla en paz”. Sin embargo, mi impotencia crecía, porque sentía que algo profundo tenía que haber. Sobre todo, en una mujer tan espiritual como mi madre. Me preguntaba ¿Qué es ese dolor? ¿De dónde viene? No tanto buscando una aparente “causa última”, pero sí los nexos, sí el diálogo vital que la sabiduría de la vida estaba dejando florecer de ese singular modo. Porque atestiguaba que los años pasaban y pasaban, con marcapasos incluido, y con todo tipo de medicamentos, y las recurrentes consultas médicas, y la afección no cejaba. Por el contrario, cada vez, amenazaba con multiplicarse en nuevos síntomas.
No parecía que esa vía estuviese ayudando a desatar el “nudo” que sujetaba la salud de mi madre, sea éste cual fuere, sino empujándolo más profundo. Y es sabido que, cuando en vez de procesar un dolor debidamente, lo empujamos más profundo, los síntomas crecen. Pues el dolor sencillamente está allí, y proseguirá llamando. Hasta que hayamos logrado dejarnos alcanzar por la verdad que late en él sin dejarnos dormir.
¿Había en mi madre un dolor más profundo que yo no podía alcanzar a ver ni reconocer? ¿Algo que, por alguna razón, ella no pudiera haber dicho? Pero lo dejaba ahí, como una sensación. Como un hueco, sin respuesta.
Sara siempre dijo a viva voz y a cuatro vientos: “mis hijos son lo más importante para mí”. Y era cierto. Siempre fue una madre, a su modo, incondicional. Con cada uno de nosotros. Si bien resulta poco menos que obvio que el “sentir de madre” ha de tener un lugar central para cada madre que lo es, en Sara ese sentir parecía ser algo naturalmente esencial, y extraordinariamente prioritario.
Esa misma tarde, cuando llegué a Tandil, mi madre pudo contarme por primera vez que había abortado a uno de sus hijos, casi cincuenta años atrás. Una vez que lo dijo, el dolor la absorbió y no quiso hablar más de eso. Expresó que era algo que le hacía muy mal. Rápidamente el enojo acudió en su ayuda. Se cerró y no quiso hablar más.
Con el correr de las semanas, de los meses, y también en virtud de un sistema de cuidados especialmente estimulante y afectivo que diseñamos para ella, así como del tratamiento global de su recuperación, Sara fue mejorando su salud a pasos agigantados. Los síntomas más severos retrocedieron llamativamente, y ella pareció “volver en sí”. En una de mis siguientes visitas, cuando Sara se encontraba mucho más estable y despierta, volvió a abrirse, ya más lúcida, y me contó que los abortos habían sido dos. Le agradecí profundamente que me lo haya contado, y agradecí al Cielo el hecho de que ella lo haya podido decir, después de haber guardado ese dolor en el silencio durante casi cincuenta años.
Hoy se abren en mí nuevas preguntas. No sólo preguntas de hijo, de hermano, sino preguntas de ser humano. ¿Acaso habrá sido ese dolor de madre (muy probablemente, un dolor inconsciente, deliberadamente soterrado, profundo) el que halló una puerta para el llamado en los latidos de su corazón? ¿El dolor de no haber podido reconocer en su momento a dos hijos? ¿El de no haber podido hacerles un lugar en la vida?
¿Cómo saberlo?
Diana Goodman pasó de las alucinaciones con su hijo muerto a la desesperación de la locura. Julia llegó a bordear su propia ceguera, y aún así no lo quiso ver. Yo mismo he visto pasar a mi madre de su afección del corazón a un cuadro de demencia que golpea con saña los cristales emotivos de toda mi familia. En los tres casos, la no inclusión, el no reconocimiento amoroso de un hijo. En los tres casos, destinos postreros de dolor, ceguera o locura. ¿Puedo yo aseverar que hay allí una raíz común?
No, estrictamente no puedo. Y tal vez no me corresponda hacerlo. Pero lo que veo lo puedo ver. Lo que siento lo puedo sentir. Y sea como sea, puedo decir que honro a mi madre y a mi padre por ser los que son y han sido. Honro sus decisiones y sus caminos. Y abrazo su ser con todo mi amor. Desde ahí es que dedico estas líneas tan sinceramente sentidas a María, y a José Manuel, mis dos hermanos que no llegaron a nacer en esta vida, pero que hoy vuelven a estar conmigo.
Somos vínculo. Somos “parte” de relaciones dinámicas, vivientes, e intrínsecas, de un sistema mayor. Familia. Y diría que mucho tenemos aún por aprender del orden profundo que guarda y conserva su verdadero equilibrio. Desde lo más sincero de mí, diría que aún no sabemos cómo vincularnos, cómo vivir, sin enfermar, sin lastimarnos. Y que ahí están nuestros “sistemas”, nuestras familias, para que aprendamos a ver lo que aún cabalmente no hemos visto, y a sentir lo que aún no hemos sentido suficientemente. Ahí están, en cada uno, para mostrarnos con descarnada actualidad, dónde estamos verdaderamente situados, y qué es lo que nos toca aprender del otro, y de nosotros mismos, hoy.
Somos seres de amor. Y habremos de indagar aún lo que eso realmente significa. Sin escaparnos. Sin tapar. Sin violencia. Esa es, después de todo esto, mi premisa. Mi ontológica apuesta. También mi acto de fe.
Marzo de 2026


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