Los misterios de la lluvia

Variaciones familiares en algunos cuentos de Daniel Moyano

Por Juan Cruz Carrique

I

Febrero, domingo a la mañana. Dejé el libro de Moyano bajo la lluvia durante toda la noche. Grito al cielo. Después, le paso el secador durante un buen rato; someto las hojas a la presión improvisada de los volúmenes más pesados que encuentro; espero. Algunas páginas se desprenden, la portada también. Hay algo en esta escena, doméstica e involuntaria, que bien podría conversar con los cuentos del libro: casas, objetos y familias que se sostienen como pueden, siempre expuestos a una intemperie difícil de controlar.

El libro deshojado es la primera edición de El estuche del cocodrilo, publicado por Ediciones del Sol en 1974. Son catorce cuentos que, leídos en serie, dejan ver una insistencia: no tanto un tema único como una serie de figuras, escenas y personajes que retornan. Abuelos, tías, tíos, niños huérfanos o separados de sus padres. Familias que no responden a la forma “completa” y que, sin embargo, se organizan, persisten, improvisan sus modos de durar. Dentro de ese conjunto, “Para que no entre la muerte” –el séptimo– ocupa un lugar central.

El cuento empieza con una escena mínima: el Viejo mira el arroyo y advierte, antes que nadie, que va a llegar una creciente. Esa mirada define al personaje. El Viejo, que es en realidad el abuelo, no actúa de inmediato ni explica demasiado: observa, espera, mide. Lee el agua, las plantas, los bichos debajo de las piedras, el movimiento del sol, la orientación de las sombras. Cuando anuncia la creciente no habla como quien formula una hipótesis, sino como alguien que ha aprendido a leer los misterios de la lluvia y a convertir ese saber en una práctica concreta de supervivencia.

La familia vive desplazándose hacia las afueras del pueblo, empujada por el avance de los hoteles para turistas. Ya hizo varias casas con troncos y cañas, pero ahora no queda nada, sólo pedregal y orilla. En ese contexto, la decisión del abuelo de quedarse no es una simple obstinación. Es una forma de descubrir una posibilidad allí donde los demás solo ven escasez. “Nos quedaremos”, dice después de estudiar el arroyo. A partir de entonces, el río deja de ser una amenaza o un accidente del paisaje; se vuelve fuente de recursos, casi un aliado imprevisible. La casa –dice el narrador– fue hecha con el río.

Esa fórmula condensa buena parte del cuento. La casa no se levanta con materiales propios, sino con lo que el agua trae: piedras, ladrillos redondeados, adoquines, latas, tarros de duraznos convertidos en techo y canaletas. Todo ha sido rescatado, interceptado, vuelto a poner en uso antes de seguir viaje hacia las “ciudades ricas y poderosas”. 

El saber del abuelo, sin embargo, tiene un costo. Comprender envejece. El cuento insiste en esa relación entre conocimiento y desgaste: descubrir los misterios de la lluvia es también acercarse a “todas las cosas de la vida y de la muerte”. Por eso el abuelo no enseña de manera ordenada. Deja frases sueltas, advertencias, silencios. No domina la naturaleza: la escucha. Pero aquello que escucha no siempre puede transmitirse sin daño. La sabiduría, en Moyano, no aparece como una acumulación tranquila, sino como una forma de carga.

II

Algo parecido, aunque desplazado, ocurre en el cuento “Los mil días”, incluido en La lombriz diez años antes. Allí también hay un niño y un abuelo, pero la relación con el mundo es distinta. Ya no se trata de descifrar el arroyo ni de anticipar la creciente, sino de administrar la escasez. El abuelo cuenta el dinero, calcula la comida, reparte el tiempo. Si en “Para que no entre la muerte” el viejo interviene sobre el espacio (orienta la casa, calcula el cauce, imagina una defensa), en “Los mil días” administra la duración: día por día, peso por peso. En un cuento, el saber parece casi visionario; en el otro, seco y contable. Pero en ambos persiste la misma tarea: sostener la vida de la familia cuando todo alrededor empuja en sentido contrario.

A partir de ese contraste se deja ver una trama familiar que vuelve en varios cuentos de Moyano. Un niño desplazado entra en relación con un núcleo ampliado que lo recoge sin ofrecerle nunca una estabilidad plena. Hay abuelos, tías, tíos, bebés. No hay padres. O, mejor dicho, en el lugar de los padres hay una ausencia a partir de la cual se reorganizan todos los vínculos.

A esta altura, algunas referencias de la vida de Moyano importan, aunque no pretendan explicar los cuentos. Nació en Buenos Aires en 1930 y, a los siete años, tras la muerte violenta de su madre, inició junto con su hermana una infancia errante, a veces juntos y a veces separados, en casas de distintos familiares. Pasó por Alta Gracia, Cosquín y La Falda; más tarde por Córdoba capital y por La Rioja, donde escribió una parte decisiva de su obra y trabajó como periodista, músico, profesor de música y corresponsal de Clarín. En 1976 fue detenido por la dictadura y, poco después de ser liberado, partió al exilio en España, donde murió en 1992. Nada de esto se traduce de manera directa en los relatos, pero deja ver cómo ciertos materiales de vida –la infancia desplazada, la casa ajena, los abuelos, los tíos, la partida– reaparecen transformados por la escritura.

En Los pájaros exóticos, esa trama ya empieza a tomar forma. La primera novela de Moyano, escrita alrededor de 1965 y publicada de manera póstuma en 2022, reúne varios elementos que después volverán más concentrados en sus cuentos: un niño que vive con sus abuelos, un pueblo de provincia, una percepción infantil que registra el mundo adulto con extrañeza. No se trata de una correspondencia exacta, sino de una zona de ensayo: allí ciertas escenas todavía aparecen abiertas, mezcladas con la vida del pueblo; en los cuentos, en cambio, parecen condensarse.

Más que por sus coincidencias argumentales, la novela resulta significativa por la figura del abuelo. Hacia el final, le dice al niño: “Y cuando te vayas, no debes pensar nunca que el abuelo era mentiroso. (…) Cuando te vayas y estés bien sano, tratá de ver las cosas como yo las descubrí estos últimos años”. La frase ilumina también “Para que no entre la muerte”. Lo que pasa de una generación a otra no es solamente un conocimiento práctico, sino una manera de mirar.

III

Ese movimiento se repite en buena parte de la narrativa de este autor. Sus relatos no duplican la realidad ni la reducen a una explicación cerrada. Trabajan con materiales reconocibles y los disponen de tal manera que empiezan a mostrar otra profundidad. Moyano decía que una de sus constantes había sido “modificar lo real”: volver más humanas las cosas para poder verlas de cerca. En estos cuentos, esa operación no embellece la pobreza ni vuelve pintoresca la intemperie; abre, más bien, una zona donde los vínculos, aún precarios, pueden ser pensados de otro modo. 

Por eso la voz infantil resulta clave. No es la mirada adulta la que ordena y explica ese mundo, sino una percepción que observa, acompaña y registra sin fijar del todo lo que ve. El niño no entiende todo, y esa incomprensión es parte de la fuerza narrativa. Ve los gestos del abuelo, los vestidos de las tías, los materiales que trae el río, los bebés que nacen, los chicos que mueren, los hombres que cantan serenatas del otro lado del arroyo. El relato se sostiene en esa mezcla de precisión y extrañeza: una mirada que no reduce la experiencia a una explicación, pero tampoco la vuelve opaca.

En esa trama, las tías ocupan un lugar central. Si el abuelo concentra el saber, ellas encarnan otra expansión de la vida: los vestidos, las salidas nocturnas, las canciones de Libertad Lamarque, las serenatas, los embarazos, los niños. El abuelo no se opone a esa proliferación; por el contrario, la legitima: “Que nazcan. Ellos son la única alegría que podemos tener en la vida”. La frase no niega la escasez, pero tampoco deja que la escasez sea la única verdad del mundo. La vida se sostiene tanto en la previsión del abuelo como en esa multiplicación obstinada.

El final de “Para que no entre la muerte” confirma y a la vez modifica ese legado. El abuelo muere, pero deja una forma de mirar. El narrador sabe advertir cambios en el color y el sonido del agua; sabe que, de algún modo, el viejo sigue viendo por sus ojos. Sin embargo, cuando una arañita se descuelga del sombrero heredado, no la conserva: la toma por el hilo y la arroja al río. El gesto es mínimo, pero crucial. El nieto recibe la herencia y se aparta de ella. Quiere y no quiere. Permanece, pero imagina la partida.

IV

Así son las cosas: en los cuentos de Moyano no hay reparación definitiva ni regreso al paraíso perdido. Hay, más bien, variaciones: modos de recomponer lo que se rompió, de levantar una casa con restos, de escuchar en el agua una señal, de sostener la vida un poco más. Y tal vez por eso la lluvia nunca es solo lluvia. Es amenaza, recurso, misterio: aquello que puede arrasar una casa –o un libro–, pero también traer los materiales para empezar de nuevo.

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