Esta es mi sangre

Por Josefina Massot

ACCIDENTE DE CAZA

A veces soy la bala
que nadie oyó en el bosque;
de tanto en tanto, el ciervo
que vive para ver
un plomo hecho otra carne desplomada, una máquina
vaciándose de espectros.

En mis noches de bala, no quiero hundirte el cráneo;
busco errar pero acierto, y me cargo
de odio.

En mis noches de ciervo, quiero ser sacrificio.
Rumio el consuelo
de aplastar a los gusanos
que germinan en las cuencas de tus ojos.

A veces (las menos) soy vos.

Entonces quiero ser
un dedo que recula,
una mano que cae,
abierta, junto al muslo
para que también caiga
el acero y no caiga
el cuerpo,
una piel
que tirita de alivio.

De día,
el bosque sigue siendo un escenario
y el ciervo una quimera
y la bala tuya.

No lo sé por mi padre, cultor de fábulas,
ni el juez que firmó por decoro
un accidente de caza.

Lo sé porque tu sangre,
la que queda, me empapa
cada canto del cuerpo,
y en mis noches más negras
la escucho.

Por favor,
me dice,
por favor.

Solo quiero
correr.



VADE RETROVIRAL

Te abominó en un libro.
En otro (o era el mismo, o eran todos)
mandó que honrases tu semilla,
que no la derrocharas
en un polvo
infértil.

Entonces te copó las venas
y dos de las tres partes que la vergüenza calla.
Vos también callaste por vergüenza
o lealtad: temiste infectar
un nombre que no era solo tuyo.

Se hizo chico y se hizo el muerto,
y te empezó a achicar y te empezó a morir
a imagen y semejanza.
No matan los acrónimos,
confiaste,
pero este era uno y trino
y a veces la palabra se hace carne.

Siete años más y lo habrías visto
cambiar de antiguo a nuevo:
llamarse vida, como en Juan.
Siete más y me habrías visto, y habrías visto
que el amor
solo mata si es metáfora.



NERVOSA

En el principio fuiste
dos muslos pataleando entre los muslos de mamá.
No hay cabeza, anunciaron,
ni tiempo, ni pulso, ni nada
que hacer. Ella hizo fuerza.
En el principio fuiste
tres kilos de fe.

A los ocho, tus muslos
volvieron a apurarse, parieron
sangre de luna.
No adores falsos ídolos,
te dijo tras la reja,
pero vos te adoraste cada noche.
Ya no usabas las manos
para rezar.
Metías el dedo que insulta en la llaga,
y con el otro, el índice, trazabas
un círculo infinito,
más y más húmedo,
y te latía la muerte.

Es débil, te dijo, el cuerpo
es el lastre del alma, y vos fuiste
mil kilos de culpa.
Hundiste en otra llaga los mismos dedos
y de a poco fueron dándote sus frutos —
los peces, los panes, la bilis —
multiplicadas veces,
en chorros tibios
como a quien vomita Dios.

Flotaste.

Ahora estás tan cerca de irte lejos:
ya casi sos victoria,
ya casi veintiún gramos,
ya casi la que no.

Un comentario

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