Solo una reflexión

Por Camila Salazar

La familia no existe. No existe como tal. Y no es una conspiranoia ni una locura. Es una verdad que alivia y aterra al mismo tiempo. Nos deja desprotegidos y armados por igual compartiendo tiempo y espacio. Porque no hay una manera de serlo, no hay un modo de cómo serlo, no hay tal cosa. No me convence pensar su existencia en singular porque hay tantas familias que ni siquiera podríamos contar un aproximado. ¿Quién dice qué es o qué no es una? ¿Cómo identificarlas si a veces lo que las describe no es suficiente? ¿Hay tantas como personas en el mundo? ¿O tantas como aquellos que consideran serlo? ¿Y quiénes son aquellos para dar certeza que lo son si a veces no hay certezas pero sí una sensación de serlo? Tantas preguntas me abruman pero también pienso que bueno, que la familia no existe más que en mi mente. Tantas veces quise escaparle que su inexistencia hace que me sienta más libre para jugar con sus guiones. Y a la vez pienso, si no existe como tal, ¿por qué se siente tanto en el cuerpo? Ese modo tan único y característico que lo actúo muchas veces sin darme cuenta? Definitivamente no sé qué es esa cosa tan rara a la que llaman familia pero definitivamente creo que no podríamos vivir la vida sin sentir que ese lugar está, es real. Lugar sin dirección al que no sabemos cómo llegamos y en ocasiones complejísimo salir, pero desde el que partimos, con un soporte, un «yo soy». ¡Qué importante es la familia!, tanto que si no existiese me la inventaría.

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